Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Trabajo 1
Cuando Regina cruzó la puerta de la oficina en el pueblo, se preparó mentalmente para lo peor.
Ambientes tensos.
Miradas desconfiadas.
Personas evaluándola por ser joven… y mujer.
Estaba lista para tener que demostrarlo todo desde cero.
Pero lo que encontró… fue distinto.
El interior del edificio no tenía lujos innecesarios. Era práctico, ordenado, con escritorios ocupados por hombres y mujeres de mayor edad, rostros marcados por la experiencia, manos acostumbradas al trabajo real.
Nadie levantó la voz.
Nadie se acercó con curiosidad excesiva.
Solo miradas breves.
Evaluadoras… pero no hostiles.
Regina lo entendió de inmediato.
Ahí no importaban los títulos.
Importaba el trabajo.
Eso… le resultó cómodo.
Se acercó al escritorio que le habían asignado, dejó sus cosas y sin perder tiempo comenzó.
No hubo ceremonia.
No hubo introducciones largas.
Solo tareas.
Registros que revisar.
Cuentas que cuadrar.
Informes que analizar.
Y Regina… entró en ello sin dudar.
Al principio, observó.
Cómo se organizaban.
Quién tomaba decisiones.
Cómo fluía la información.
Y pronto lo vio.
Ese lugar funcionaba bien… porque estaba sostenido por personas que sabían lo que hacían.
Trabajadores mayores.
Responsables.
Silenciosos.
No había competencia innecesaria.
Había compromiso.
Y detrás de todo eso… estaba el duque.
El duque Declan no era solo un hombre de título.
Era un hombre de negocios.
Uno que conocía cada parte de su ducado, que entendía sus números, que confiaba en su gente… pero también exigía resultados.
Justo.
Pero firme.
Eso se reflejaba en todos.
Regina comenzó con tareas pequeñas.
Pero no las trató como algo menor.
Cada cifra era revisada con atención.
Cada documento, comprendido antes de ser archivado.
No cometía errores… y si dudaba, preguntaba lo necesario.
Sin orgullo.
Sin inseguridad.
Solo precisión.
Los primeros días pasaron así.
Trabajo constante.
Silencio compartido.
No hubo grandes conversaciones.
No hubo intentos de acercamiento innecesarios.
Pero poco a poco… algo cambió.
Un trabajador dejó de revisar por segunda vez lo que ella hacía.
Otro comenzó a pasarle documentos directamente, sin intermediarios.
Alguien más le explicó un procedimiento… sin que ella tuviera que pedirlo.
Pequeños gestos.
Pero claros.
Respeto.
No por quién era.
Sino por cómo trabajaba.
Regina lo notó.
Y no lo celebró en voz alta.
Pero lo valoró.
Porque ese tipo de reconocimiento… era el que realmente importaba.
Un día, mientras organizaba unos registros más complejos, uno de los trabajadores.. un hombre mayor, de manos firmes y voz grave.. dejó un documento sobre su escritorio.
—Revisa esto —dijo simplemente.
Regina asintió.
Lo hizo.
Y lo resolvió.
Cuando se lo devolvió, él lo miró, asintió apenas… y no dijo nada más.
Pero no hacía falta.
Porque en ese gesto… había aceptación.
El trabajo con el duque no era fácil.
Era exigente.
Los problemas eran reales.
Las decisiones, importantes.
Pero Regina no retrocedió.
Al contrario.
Se sostuvo.
Y día a día, se volvió parte de ese sistema.
No como alguien que estaba de paso.
Sino como alguien que comenzaba a encajar.
No hablaban mucho.
No compartían historias.
Pero en ese silencio lleno de trabajo… Regina encontró algo inesperado..
Un lugar donde no tenía que demostrar quién era.
Solo lo que hacía.
Y eso… le bastaba.
Porque por primera vez, su valor no estaba en lo que otros esperaban de ella.
Sino en lo que ella era capaz de construir.
Y en ese mundo de números, decisiones y responsabilidad… Regina Sallow comenzaba a hacerse un nombre.
Uno que nadie podría quitarle.
Los meses comenzaron a pasar sin que Regina se diera cuenta.
No porque fueran ligeros… sino porque estaban llenos.
Cada día tenía propósito.
Cada tarea, peso.
Y en ese ritmo constante, su lugar dentro de las oficinas del ducado empezó a cambiar.
Al principio había sido “la joven nueva”.
La que observaban con cautela.
La que recibía tareas simples para medir su capacidad.
Pero eso no duró mucho.
Regina no hablaba más de lo necesario.
No buscaba destacar con palabras.
Lo hacía con resultados.
Los informes que revisaba volvían sin errores.
Los problemas que analizaba… encontraban solución.
Las decisiones que proponía… eran útiles.
Y poco a poco, sin que nadie lo anunciara en voz alta…
Dejó de ser “la joven a prueba”.
Se convirtió en alguien confiable.
El cambio fue sutil, pero evidente.
Ya no le daban tareas menores.
Ahora llegaban a su escritorio asuntos más complejos.
Casos que requerían criterio.
Situaciones donde un error podía costar dinero… o confianza.
Y Regina respondía.
Siempre.
No con perfección absoluta.
Pero sí con solidez.
Y eso… en un lugar como ese, valía más.
El respeto de los trabajadores se asentó de la misma manera en que había comenzado..
En silencio.
Un gesto al pasar.
Un documento entregado sin duda.
Una opinión pedida… y considerada.
No eran palabras.
Pero eran reconocimiento.
Y Regina lo entendía.
Pero lo más importante… fue el duque.
El duque Declan no elogiaba sin razón.
No hacía comentarios innecesarios.
Pero observaba.
Siempre.
Regina lo sabía.
Y también sabía cuándo algo cambiaba.
Un día, al finalizar una revisión particularmente compleja, él dejó el documento sobre la mesa y dijo simplemente..
—Continúe así.
Nada más.
Pero en esas dos palabras… había algo distinto.
Confianza.
A partir de entonces, comenzó a incluirla más.
En discusiones.
En decisiones.
En problemas que antes no habrían llegado a sus manos.
No como una aprendiz.
Sino como alguien que aportaba.
Y Regina no falló.