Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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Con el corazón roto.
POV CARLA
No lo podía creer. Me pasé la siguiente hora leyendo una y otra vez esa noticia, revisando hasta el mínimo detalle de la única fotografía adjunta al archivo. La inspeccioné con lupa, tratando de sacarme las dudas que me devoraban por dentro. Tal vez Ian tenía un hermano gemelo, me dije a mí misma. Después de todo, yo di a luz a trillizos, y en mi familia nunca hubo antecedentes de embarazos múltiples. Pero estaban ahí… todas y cada una de las cicatrices que recordaba hasta la médula. Ese rostro me lo sé de memoria. Lucía saludable, bien afeitado, impecablemente vestido… y, por si fuera poco, bien acompañado.
¿Pero qué significaba todo esto? ¿Acaso nunca había estado equivocada, y en realidad existía una mujer, una esposa legítima… y no una mentira como yo?
No logré pegar un solo ojo en toda la noche. Agradecí al cielo que mis hijos no estuvieran conmigo en ese momento, porque me sentía hundirme de nuevo en la más profunda miseria, como hacía tres años atrás.
La mañana llegó con las dulces risas de mis pequeños. Aunque intenté mantenerme firme por ellos, el dolor que sentía era tan evidente que se leía en cada línea de mi rostro.
—Carla, ¿qué te sucede? No me digas que trabajaste sin descanso otra vez.
La suave mano de mi hermana Paty ajustó mi cabello, descubriendo mis ojeras profundas, casi negras.
—¡CARLA!
—Lo encontré, Paty… Encontré a mi Ian. Y lo que descubrí me está matando por dentro.
—¿Ian? ¿De qué estás hablando, hermana mía?
Con dificultad le entregué el reporte. Ella se desplomó sobre el sillón, muda y pálida como un fantasma.
—Hermana… Hermana, esto no puede ser verdad… _ su voz entrecortada me dejo saber que no estaba loca y que esto era real.
—Yo tampoco lo creo, Paty. Es imposible que sea cierto… pero al mismo tiempo, todo encaja a la perfección. Ian nunca existió. Mi esposo…
—¡Calla! No digas nada más, Carla. ¿Qué piensas hacer ahora? Eso es lo que nos importa justo en este momento.
—Quiero ir a verlo con mis propios ojos. Necesito saber que es él… y que me dé explicaciones de lo sucedido. Si todo fue una mentira, si él estuvo jugando conmigo todo el tiempo … entonces que sea hombre y me lo diga en la cara.
—Bien. Ve, yo cuidaré a los niños. Ve, hermana, y exige las explicaciones que tanto necesitas. _ su mano firme en mi hombro me devolvió las fuerzas que creí perdidas.
Eso mismo pensaba hacer. Tomé algunas cosas con prisa, y sin más, conseguí un vuelo a la ciudad M mientras besaba las cabezas de mis pequeños, tratando de transmitirles calma a pesar del torbellino que me consumía por dentro.
—No te preocupes por nada, hermana. Yo cuido de los niños y buscaré más información —gritó Paty desde la puerta mientras subía al auto y aceleraba hasta perder de vista la casa.
Ojalá llegue a tiempo. Tenía que hablar con él, saber los verdaderos motivos que lo llevaron a abandonarme de esa manera tan cruel… que me dejó abatida durante tres largos años. Ian, por favor, te lo suplico, espera un poco más por mí. No me dejes perdida en la oscuridad más tiempo.
El vuelo saldría en un par de horas, y cada segundo se sintió como si algo me arrancara el alma misma. Busqué más información en internet, pero ese tal Salvador era todo un misterio. Lo único que se sabía era que era inmensamente rico, con múltiples negocios exitosos: hoteles, fábricas, industrias de desarrollo… todo un imperio que parecía ajeno al hombre humilde y sencillo que un día suplicó por un poco de comida en la calle. Un hombre cuyas manos estaban callosas por trabajar la madera día tras día. Este hombre de las fotografías no era mi Ian. ¡No era mi esposo!
Pensé que al llegar a la ciudad sería fácil dar con su paradero, pero me llevó un día completo… y solo fue gracias a la ayuda de contactos periodísticos que logré encontrar la iglesia. De pie frente a ella, un mar de preguntas me inundó.
¿Qué estaba haciendo yo ahí? Lista para armar un escándalo frente a una pareja que estaba a punto de unir sus vidas ante Dios y todos los presentes. Si estaba equivocada arruinaría una boda, y si estaba en lo cierto eso rompería mi corazón... Y entonces… lo vi salir.
Era él. De eso no tenía la menor duda. Estaba mirando para todos lados, esos ojos eran los mismos que yo recordaba a la perfección. Quise acercarme de inmediato, pero un hombre corpulento se interpuso en mi camino.
—Señora, si no tiene invitación, no puede estar aquí —ordenó, sujetándome del brazo con fuerza.
—Yo lo conozco. Tengo que hablar con él… —supliqué entre lágrimas que ya no lograba contener.
Supongo que el alboroto fue lo suficiente para que ese hombre imponente volviera la vista hacia mí, siquiera por un instante.
—¡IAN! ¡IAN, SOY YO! —grité con todas mis fuerzas. Lo vi dar unos pasos hacia mí, pero su expresión estaba más endurecida que una roca.
Y antes de llegar a mi lado, esa mujer… la futura novia… lo detuvo en seco.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es esa mujer que grita como una loca delante de la casa del señor? —declaró, aferrada a su brazo como si temiera perderlo.
—Ian… Ian, soy yo, mi amor. ¡Soy Carla! —seguía suplicando, pero en sus ojos no me vi reflejada. Solo encontraba disgusto… y enojo.
—¿Carla? No conozco a ninguna Carla. Y seguro que usted también me está confundiendo con alguien más. Ahora, si es tan amable, retírese.
Su voz fría como el hielo me paralizó por completo.
—Ja, ja… ¡Claro que sí! De seguro es alguna de tus ex amantes que al ver que te casas conmigo vino a buscar algo más de dinero —esa mujer comenzó a humillarme sin la menor compasión delante de todos los invitados que se acercaban a ver el espectáculo— ¡Pero escúchame bien, zorra! Aquí no se te ha perdido nada, así que lárgate ahora mismo que te lo permito.
—Ian, por favor… no me hagas esto, mi amor —no me importaba nada ni nadie. Ya estaba ahí, y sin respuestas no me iba a ir— Por favor, Ian, no seas un desgraciado. Ven y dime a la cara que todo fue una mentira…
Sentí un fuerte golpe en mi rostro. Esa mujer me había pegado con toda su fuerza.
—¿Eres sorda o solo estúpida? ¡Este es mi hombre, y no dejaré que una sucia como tú arruine mi día! —gritó— ¡Díselo, mi amor! Dile a esta zorra que se largue ahora mismo.
Él se agachó hasta mi altura, y sus manos se posaron sobre mi piel con una expresión de asco tan palpable que me cortó el aliento.
—Ya escuchaste a mi mujer. Agradezca que estamos de buenas y la dejamos ir sin más. Si tuvimos algo… fue solo un momento de calentura. Nada más. No te creas tan importante porque compartimos la misma cama.
Las lágrimas no dejaban de caer al verme tan humillada. ¿Cómo podía decirme esas palabras tan duras sin siquiera pestañear?
—Ya lo escuchaste, lárgate ahora mismo, mugrosa, y deja de ensuciar esta catedral con tu presencia. ¡TEN DIGNIDAD!
La risa de esa mujer sonó como látigos golpeando mi piel, y la mirada ajena de ese hombre frente a mí fue un disparo directo a mi corazón.
Esto me pasó por no seguir mi intuición. Siempre lo supe, muy en el fondo de mi corazón… y aún así lo amé con toda mi alma.
—Está bien. Ya encontré todas las respuestas que vine a buscar. Adiós, Ian… o como se llame. Ojalá nunca te hubiera conocido. ¡Ojalá nunca te hubiera ayudado esa noche!.
Grité esas palabras con toda la fuerza que me quedaba y salí de ese lugar sosteniendo lo poco de dignidad que aún me quedaba. Tengo que ser fuerte por mis hijos… que desde ahora y para siempre solo me tendrán a mí. Jamás volveré a buscarlo. Ian… o Salvador… nunca sabrás que perdiste una familia, que te amaba con locura y que te esperó cada día, sin falta.