La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torre..
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En problemas
La noche no avanzaba.
Se arrastraba.
Pesada.
Densa.
Como si cada segundo dentro de la casa tuviera más peso que el anterior.
Ella no podía dormir.
Había intentado.
Se había acostado.
Había cerrado los ojos.
Había tratado de ordenar sus pensamientos.
Pero todo volvía al mismo lugar.
A la misma escena.
A la misma voz.
A la misma mirada.
Se giró en la cama por tercera vez.
La sábana rozó su piel, fría al principio, pero enseguida cálida por su propio cuerpo inquieto. El aroma suave del detergente se mezclaba con el de su perfume, aún presente en la almohada, pero nada lograba tranquilizarla.
—Esto no está bien… —susurró, apenas moviendo los labios.
Se incorporó lentamente.
El silencio de la habitación era tan profundo que podía escuchar su propia respiración.
Su corazón.
Ese latido constante que no bajaba.
Que no obedecía.
Caminó descalza hacia la ventana.
El suelo frío bajo sus pies le hizo cerrar los ojos un segundo.
La noche afuera era oscura.
El viento movía los árboles.
Las ramas rozaban suavemente el vidrio, creando un sonido irregular, casi hipnótico.
Pero no la calmaba.
Nada lo hacía.
Apoyó la frente contra el cristal.
—¿Qué me está pasando…?
Porque no era miedo.
No era solo incomodidad.
Era algo más.
Algo que crecía.
Algo que no quería nombrar.
Cerró los ojos.
Y lo vio.
Su mirada.
Su voz.
"Estás conmigo."
Abrió los ojos de golpe.
—No…
Se apartó de la ventana.
Se pasó una mano por el rostro.
—No puedo empezar a pensar así.
No después de todo.
No con él.
No en esa casa.
Pero su cuerpo no parecía entender razones.
Porque cada vez que él se acercaba…
todo cambiaba.
Todo se desordenaba.
Todo se volvía… intenso.
Demasiado.
Respiró hondo.
—Necesito agua.
Salió de la habitación.
El pasillo estaba en penumbra.
Las luces bajas proyectaban sombras largas sobre las paredes.
El silencio de la casa era distinto al de antes.
Más vivo.
Más consciente.
Cada paso suyo se escuchaba.
Suavemente.
Pero lo suficiente.
Cuando llegó a la cocina, encendió la luz.
El cambio fue inmediato.
Todo se volvió claro.
Real.
Abrió la nevera.
El aire frío salió de golpe, erizándole la piel.
Tomó una botella de agua.
Bebió directamente.
Largo.
Sin pensar.
El líquido frío recorrió su garganta.
Pero no apagó lo que sentía dentro.
Cerró la puerta.
Se apoyó en la encimera.
Cerró los ojos.
Y entonces lo sintió.
Antes de escucharlo.
Antes de verlo.
Lo sintió.
Esa presencia.
Esa forma en que el aire cambiaba cuando él estaba cerca.
Abrió los ojos lentamente.
No estaba sola.
Él estaba en la entrada de la cocina.
Apoyado contra el marco de la puerta.
Observándola.
En silencio.
Su respiración se detuvo un segundo.
—No sabía que estabas despierto.
Su voz salió más baja de lo que quería.
Él no se movió.
—Podría decir lo mismo.
Hubo un pequeño silencio.
Ella dejó la botella sobre la mesa.
—No podía dormir.
Él asintió levemente.
—Yo tampoco.
Se miraron.
Y ese simple intercambio se sintió más largo de lo que era.
Más cargado.
Más… peligroso.
Ella cruzó los brazos inconscientemente.
—Supongo que fue por lo de hoy.
Él no respondió de inmediato.
Pero su mirada no se apartó de ella.
—No solo por eso.
El corazón de ella dio un golpe.
—¿Entonces?
Él se enderezó.
Caminó hacia ella.
Paso a paso.
Sin prisa.
Sin dudar.
Ella no se movió.
Pero su cuerpo se tensó.
Podía oír sus pasos.
Podía sentir cómo el espacio entre ellos se acortaba.
Podía percibir su aroma antes de que estuviera cerca.
Ese olor profundo, limpio, con algo oscuro debajo.
—Hay cosas que están cambiando —dijo él finalmente.
Se detuvo frente a ella.
Demasiado cerca.
Ella levantó la mirada.
—¿A qué te refieres?
Él bajó la mirada un segundo.
Hacia sus labios.
Luego volvió a sus ojos.
—A esto.
El aire entre ellos se volvió más pesado.0
Ella sintió el calor subirle por el cuello.
—Esto no debería pasar.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Esto —repitió, señalando el espacio entre ambos—. Esta… tensión.
Él no negó.
No lo minimizó.
—No.
Ella frunció el ceño.
—Entonces deberíamos poner límites.
Él dio un pequeño paso más.
Ahora no había espacio.
—¿De verdad quieres hacerlo?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—¿Qué?
—Poner distancia.
Su voz era más baja.
Más lenta.
Más… intensa.
Ella tragó saliva.
—Es lo correcto.
Él la observó unos segundos.
Como si analizara cada palabra.
Cada reacción.
Cada respiración.
—Pero no es lo que quieres.
La afirmación la dejó sin aire.
—No puedes decidir eso por mí.
Él levantó una mano.
Despacio.
Sin tocarla.
Pero deteniéndose muy cerca de su rostro.
Lo suficiente para que ella sintiera el calor de su piel.
—Tu cuerpo ya decidió.
El corazón de ella se descontroló.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
El silencio cayó.
Pesado.
Vivo.
Ella podía escuchar su propia respiración.
La de él.
Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
La cercanía.
La tensión.
—Esto es un error —susurró.
Pero no se movió.
Él tampoco.
—Entonces deténlo.
Sus ojos se encontraron.
Y ninguno de los dos hizo nada.
Ni un paso atrás.
Ni una distancia.
Nada.
El tiempo pareció detenerse.
Ella sintió cómo su mano temblaba ligeramente.
Él lo notó.
Y esta vez sí la tocó.
Suavemente.
Tomó su muñeca.
Solo un poco.
Pero fue suficiente.
El contacto envió un escalofrío directo a su pecho.
A su respiración.
A todo.
Ella cerró los ojos un segundo.
—No hagas eso…
Pero no apartó la mano.
Él se inclinó un poco más.
—Dime que pare.
Su voz estaba cerca.
Demasiado cerca.
Ella abrió los ojos.
Lo miró.
Y por primera vez…
no supo qué responder.
Porque una parte de ella quería que se detuviera.
Pero otra…
no.
Y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.
—No puedo…
La confesión salió sin querer.
Él la sostuvo con la mirada.
—Lo sé.
Su mano subió un poco más.
Hasta rozar sus dedos.
Lento.
Casi con cuidado.
Como si probara algo por primera vez.
—Esto no estaba en el contrato —dijo ella, apenas respirando.
Él respondió sin dudar.
—Hace rato dejó de ser solo un contrato.
El aire se volvió más denso.
Más caliente.
Más difícil de ignorar.
Ella sintió cómo su cuerpo reaccionaba.
Cómo su mente perdía fuerza.
Cómo todo se reducía a ese momento.
A esa cercanía.
A él.
—Esto va a salir mal… —susurró.
Él negó suavemente.
—Ya empezó.
Sus rostros estaban demasiado cerca ahora.
Podía sentir su respiración.
El calor.
La tensión.
Todo.
Ella cerró los ojos.
Por un segundo.
Solo uno.
Y en ese segundo…
todo estuvo a punto de romperse.
Pero no pasó.
Un sonido.
Seco.
Repentino.
Desde el pasillo.
Ambos se separaron apenas.
El momento se rompió.
Como un cristal.
Ella abrió los ojos.
Su respiración agitada.
Su corazón descontrolado.
Él retrocedió medio paso.
Pero su mirada seguía sobre ella.
Intensa.
Fija.
—Ve a dormir.
Su voz volvió a ser firme.
Controlada.
Pero no completamente.
Ella asintió.
Sin decir nada.
Pasó a su lado.
Pero al hacerlo…
sus brazos rozaron.
Y ese pequeño contacto…
fue peor que todo lo anterior.
Subió por su piel como fuego.
Cuando llegó al pasillo, se detuvo un segundo.
Sin girarse.
—Esto no puede volver a pasar.
Silencio.
Luego su voz.
Más baja.
Más grave.
—No prometo eso.
Ella cerró los ojos.
—Entonces estamos en problemas.
—Sí.
Y esta vez…
ninguno de los dos lo negó.