Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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nacimiento
El día del nacimiento de mi hijo llegó como llegan todas las cosas importantes en mi vida, sin pedir permiso y sin la persona que, en teoría, debía estar a mi lado.
Elías estaba de viaje de negocios.
No me sorprendió, tampoco me dolió.
O eso me repetí mientras las contracciones comenzaban a marcar el tiempo con una crueldad matemática. Cada una era más intensa que la anterior, como si mi cuerpo se empeñara en recordarme que, por más planes que una trace, hay dolores que no se negocian.
No soy tonta y esta ausencia no se la iba a perdonar.
En la sala de espera estaban mis padres y los de Elías, un cuadro perfecto de apariencias tensas y silencios incómodos. Mi madre, Carola, caminaba de un lado a otro con el porte de una reina ofendida. Marta Divas estaba sentada, erguida, controlándolo todo con la mirada. Alvaro Montenegro revisaba su teléfono, fingiendo calma.
—Es inadmisible —decía mi madre, sin bajar la voz—. Que Elías no esté presente en un momento tan especial habla muy mal de esta familia.—
Marta respondió con una sonrisa rígida, ensayada.
—Los negocios no esperan, Carola. Elías está asegurando el futuro de su hijo.—
Futuro, siempre futuro, nunca presente.
Yo no escuchaba desde la camilla, pero sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Conocía esas voces, esos tonos, esa guerra disfrazada de cortesía. Y sinceramente, no me hacía falta Elías.
¿Por qué?
Porque ahí estaba Diego.
Sosteniendo mi mano cuando el dolor se volvió insoportable. Mirándome a los ojos cuando mi respiración se desordenó. Repitiéndome que podía hacerlo, que ya faltaba poco, que no estaba sola.
No estaba sola.
Las contracciones llegaron como olas salvajes. Mi cuerpo se partía en dos, el dolor no era elegante ni digno. Era animal, primario, grité, lloré, maldije. Por momentos sentí que perdía el control, que todo se volvía negro.
Y justo cuando pensé que no podía más… lo escuché.
El llanto.
Fuerte. Claro. Desafiante.
Como si dijera: acá estoy.
He llegado.
Cuando lo pusieron sobre mi pecho, el mundo se detuvo. No vi médicos, no vi luces, no vi poder ni apellidos. Solo vi a ese pequeño ser, rojo, tembloroso, vivo. Y entonces levanté la mirada.
Diego estaba ahí.
Llorando.
No disimuló, no se avergonzó, sus lágrimas cayeron libres, como si ese niño también fuera suyo, como si ese momento le perteneciera. Y algo en mi pecho se quebró, apenas, lo suficiente como para dejar pasar el aire.
—Bienvenido, Maximus —dije, frente a todos.
El nombre resonó en la sala como un acto de rebeldía silenciosa.
Maximus.
El más grande.
Al salir de la sala de partos, tuve que volver a ponerme la máscara. La conozco bien, es cómoda, protege, la Araceli dura, la que no siente, la que no ama, la que no se quiebra frente a nadie.
Los padres de Elías se acercaron a ver al bebé.
—Es idéntico a su padre —dijo Alvaro Montenegro, con una mueca de satisfacción—. No hay duda.—
Mi padre estaba emocionado, lo vi en sus ojos húmedos, en la forma en que extendió la mano con torpeza, como si temiera romperlo. Para él, yo volvía a ser su niña por un segundo.
Mi madre, en cambio, solo miraba.
Y yo sabía exactamente qué pensaba.
El primogénito.
El heredero.
El vínculo definitivo.
—Este hermoso niño —dijo Marta, con voz firme— se llamará como su padre.—
La sangre me hirvió.
No fue un arrebato, fue una decisión.
—No —respondí, clara—. Mi hijo se llama Maximus.—
El silencio fue inmediato, todas las miradas cayeron sobre mí, Marta frunció los labios, Alvaro Montenegro tensó la mandíbula. Mi madre levantó una ceja, interesada, yo conocía ese escenario, sabía exactamente qué hacer.
Volví la mirada hacia mi padre.
Dejé que mis ojos se llenaran de lágrimas, las correctas, las necesarias.
—Elías nos dejó —dije, con la voz rota—. Se fue sabiendo que nuestro hijo nacería hoy… y ahora ni siquiera me permiten elegir su nombre.—
No mentí, solo acomodé la verdad, mi padre dio un paso al frente.
—Mi nieto se llama Maximus —declaró—. Y no hay nada más que discutir.—
Los padres de Elías bajaron la mirada, Marta apretó los labios, mi madre sonrió, no una sonrisa dulce, una sonrisa de reconocimiento.
Lo sabía.
Yo los estaba manipulando.
Y esta vez, frente a todos, no me importó, porque mientras ellos jugaban al poder, yo sostenía a Maximus en mis brazos. Y por primera vez, entendí algo con claridad brutal:
Puedo ser villana.
Puedo ser calculadora.
Puedo ser todo lo que el mundo diga.
Pero este niño…
Este niño es mío.
Y por él, si hace falta, el tablero entero arderá.
La puerta se abrió de golpe.
No fue un gesto heroico ni una entrada triunfal, fue torpe, apresurada, fuera de tiempo. Como todo lo que Elías hacía conmigo, lo vi entrar con el traje aún puesto, el nudo de la corbata flojo, el rostro cansado, ojeroso, cargando una culpa que llegaba demasiado tarde.
Se acercó despacio, como si temiera interrumpir algo sagrado.
—Perdón… —dijo, con la voz baja, mirando al bebé.
No lo miró a él.
Me miró a mí.
—Maximus —corregí, sin levantar la voz, sin apartar al niño de mi pecho.
El nombre cayó entre nosotros como una sentencia. Vi cómo Elías tensó la mandíbula, cómo sus hombros parecieron cargarse con un peso nuevo, más pesado que cualquier contrato, más real que cualquier obligación. Ahí estaba, por fin comprendiendo que había llegado tarde a algo que no volvería a repetirse.
No me importó, porque ese niño es mío, wolo mío y por él soy capaz de todo.
Elías extendió la mano, dudó un segundo y luego la dejó caer. No supo qué hacer con ese cuerpo tan pequeño, con ese llanto ya apagado, con esa vida que no pidió permiso para existir. Yo lo observé en silencio, estudiándolo. Siempre lo hacía, incluso ahora.
—Lo siento, Araceli —dijo al fin—. Debí estar presente.—
Debí.
Las palabras que llegan cuando el daño ya está hecho cuando el dolor ya pasó, cuando el vínculo ya se creó sin él.
Lo miré entonces, de verdad, vi al hombre que había atrapado, al esposo por honor, al padre ausente incluso antes de empezar. Vi su culpa, sí, pero también su distancia, esa incapacidad crónica de elegir.
—Ya pasó —respondí—. Maximus está bien.—
No dije te necesita, no dije te extrañó, no le regalé un lugar que no se ganó.
El bebé se movió en mis brazos y Elías dio un paso atrás, como si ese pequeño gesto lo intimidara. Me di cuenta de algo en ese instante: él nunca sabría qué hacer con nosotros. Nunca entendería este vínculo que no nació del amor, sino de la sangre, del dolor, de la resistencia.
Y eso me dio poder.
—¿Puedo…? —preguntó, señalando al niño.
Negué apenas con la cabeza.
—Está dormido.—
No era verdad, pero no importaba.
Elías asintió, derrotado, y se quedó allí parado, sin saber si acercarse o irse. Yo acomodé a Maximus con cuidado, besé su frente y sentí esa certeza instalarse en mi pecho, firme, definitiva.
Este niño no es un medio.
No es un error.
No es una excusa.
Es mi punto de no retorno.
Elías podrá sentir culpa, podrá intentar redimirse, podrá creer que aún tiene un lugar, pero la verdad es simple y brutal, y yo ya la acepté:
Él llegó tarde.
Y yo no pienso esperar a nadie nunca más.
Porque ahora tengo algo que proteger.
Y cuando una mujer decide proteger lo que ama, el mundo entero debería tener miedo.
además de que fortuna habla si ella no tiene dendo caerse muerta será la fortuna de La familia de Elias y eso dudo que los padres del permitan eso y menos la acepten a ella y a esa niña ya que para ellos su único nieto es Máximo y su único heredero y ellos no creo que caigan en la manipulación de una niña en cambio Elias yo creo que si ya que su hijo no la ve como padre más bien como un extraño así que este si caerá en la trampa de Yubitza
lastima que esta mujer use asu hija y le enseño de pequeña a manipular solo la usa como una herramienta para subir de estrato y habría camino
a diferencia de Aracelis ella no utiliza a su hijo ni lo obliga a estar con su padre ella solo deja que su hijo sea feliz y tenga una vida normal como un niño mientras ella lo protege y además no solo tiene a la mamá si a los abuelos maternos y paternos que lo quieren y a un padrino que lo quiere lo protege y es capaz de hacer cualquier cosa por el incluso destruir a quellos qué quieran acelerar daño o a destruir su paz
así que Yubitza no la tendrá fácil y espero que Aracelis no caiga en su trampa y mas bien le haga creer a la Yubitza que sus planes están saliendo bien y ojalá ella descubra que en su casa hay una espía una traicionera que se vendio
que no es la persona que el cree solo espero Araceli no caiga en sus juegos si ella no necesito a Elías en el momento que debía ser no lo necesitará ahora
solo espero sea correspondido por Araceli
que se vaya con su gran amor y será la peor Araceli ahora tiene algo que proteger y no dejar que sea Tratado como a ella la trataron