Reencarné en un mundo omegaverse medieval… como un omega masculino.
Todo iba más o menos bien hasta que descubrí dos problemas: 1️⃣ El alfa más atractivo del reino puede escuchar mis pensamientos.
2️⃣ Yo pienso demasiadas tonterías, especialmente cuando está cerca.
Mientras intento fingir que nada pasa (leyendo libros con mucha concentración), él no solo escucha TODO… sino que además me molesta a propósito, con una sonrisa molesta, voz peligrosa y una paciencia sospechosa.
Entre reencarnación, nobles aterradores, padres alfa sobreprotectores, política, proyectos sociales y pensamientos que jamás debieron ser escuchados…
¿Cómo se supone que un omega sobreviva sin pensar cosas como:
“¿Por qué este alfa es tan sexy?”
💭
Comedia, romance, omegaverse y malentendidos garantizados.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 19 El rumor que camina más rápido que yo
Elio Renard Valemont descubrió una verdad incómoda del castillo:
los rumores no caminaban.
Corrían.
Y no corrían en línea recta. Saltaban de pasillo en pasillo, se colaban por debajo de las puertas, trepaban por las escaleras de servicio y aparecían donde menos se los esperaba, siempre con versiones ligeramente peores de la historia original.
Elio lo supo en cuanto puso un pie fuera de su habitación esa mañana.
—¿Es verdad que ayer organizaste tú solo los turnos de guardia?
—Dicen que el capitán te pidió consejo directo.
—Escuché que lo hiciste sin querer.
Elio levantó las manos como si intentara defenderse de un ataque invisible.
—No organicé nada.
—Solo… dije una cosa.
Los criados se miraron entre ellos con la expresión de quien acaba de confirmar una leyenda urbana.
—Eso cuenta como organizar —dijo uno, muy serio.
💭 No, no cuenta. Eso cuenta como abrir la boca.
Caminó por el corredor con la sensación de que cada pared tenía oídos. El castillo parecía más ruidoso que de costumbre: el roce de telas, el eco de pasos, las risas contenidas que se apagaban cuando él pasaba cerca. Todo sonaba como una conversación a medio volumen, siempre a punto de convertirse en un susurro dirigido a su espalda.
Se encontró con Seraphiel cerca de la escalera principal.
—Ya empezó, ¿verdad? —preguntó Seraphiel, sin preámbulos.
—No sé qué empezó, pero siento que me persigue —respondió Elio—.
—Es como si mi nombre se hubiera vuelto un tema de conversación obligatorio.
Seraphiel ladeó la cabeza.
—Lo fue desde que abriste la boca en el Consejo.
—Yo pensé que ese episodio ya había pasado.
—En el castillo, nada “pasa”.
—Solo cambia de forma.
Elio suspiró.
—Quiero ser una nota al pie de la historia, no el capítulo completo.
—
El primer rumor formal del día llegó antes del desayuno.
En el comedor, dos nobles jóvenes discutían en voz baja, lo suficientemente baja como para que Elio escuchara cada palabra.
—Dicen que el joven Valemont ve patrones donde nadie más los ve.
—Que es como si anticipara los problemas.
—Eso suena a exageración.
—Bueno… ayer acertó.
Elio carraspeó, incómodo.
—Perdón —interrumpió—.
—No anticipo nada.
—Solo tengo mala suerte con los cuellos de botella.
Los nobles se miraron, desconcertados.
—Eso… no ayuda a desmentir el rumor —dijo uno.
Elio se dejó caer en su asiento.
—¿Ves?
—Yo intento normalizar las cosas y el castillo responde con mística innecesaria.
Seraphiel, sentado frente a él, tomó un sorbo de té.
—No puedes controlar cómo la gente interpreta lo que haces.
—Solo puedes controlar lo que haces después.
—Entonces mi plan será hacer cosas muy aburridas.
—Eres pésimo en eso.
—
La mañana avanzó con pequeñas escenas que se acumulaban como una comedia de errores sociales.
En la biblioteca, un grupo de aprendices se quedó observándolo como si fuera una especie de oráculo.
—No tengo respuestas místicas —les dijo Elio—.
—Solo leo rápido.
—Eso ya suena místico —susurró uno de ellos.
En el patio, un guardia le pidió “opinión rápida” sobre una formación. Elio se limitó a decir que el viento venía de costado y que quizá eso afectaría a los arqueros.
Media hora después, alguien lo felicitó por “optimizar la disposición defensiva del ala oeste”.
—Yo solo comenté el clima —murmuró Elio, derrotado.
Seraphiel lo observaba con una mezcla de diversión contenida y preocupación ligera.
—Te estás convirtiendo en una anécdota ambulante.
—No es mi aspiración de vida.
—
El momento más incómodo llegó al mediodía, cuando un noble de expresión demasiado confiada se acercó a Elio con una sonrisa calculada.
—Joven Valemont —dijo—.
—He oído que tienes buen ojo para detectar problemas.
—¿Te importaría revisar un pequeño asunto de mis tierras?
Elio lo miró con desconfianza.
—¿Qué tipo de asunto?
—Pequeño —repitió el noble—.
—Administrativo.
Seraphiel frunció el ceño apenas.
—No es el momento —intervino—.
El noble sonrió, como si no hubiera escuchado.
—Solo una mirada rápida.
Elio respiró hondo.
—No soy asesor —dijo—.
—Y aunque lo fuera, no trabajo gratis.
El noble parpadeó, sorprendido.
—Ah… claro.
—No quise ofender.
Se retiró con rapidez.
Elio soltó el aire que había estado conteniendo.
—Acabo de crearme un enemigo administrativo, ¿verdad?
—O evitaste crear uno más grande —respondió Seraphiel—.
—Aprender a decir que no también es una habilidad política.
Elio lo miró con aprecio.
—¿Siempre tienes respuestas razonables para mis crisis sociales?
—No —dijo Seraphiel—.
—Pero intento que no te hundas solo.
—
Por la tarde, el rumor había mutado. Ya no era solo “Elio ve patrones”. Ahora era “Elio arregla cosas”.
Un grupo de criados discutía cerca del almacén.
—Dicen que si le cuentas un problema, lo resuelve.
—¿De verdad?
Elio pasó junto a ellos con cara de absoluta negación existencial.
—No resuelvo personas —murmuró—.
—Eso sería demasiado poder.
Se refugió en el balcón del ala oeste, donde el viento fresco parecía dispersar un poco el murmullo del castillo. Apoyó los codos en la baranda, mirando el cielo.
—Me convertí en rumor —dijo, sin dramatismo, solo cansancio.
Seraphiel se apoyó a su lado.
—Los rumores se cansan —dijo—.
—Las personas no.
—Eso no es tranquilizador.
—Es honesto.
Elio rió por lo bajo.
—¿Crees que algún día caminaré por aquí sin que nadie piense nada raro?
Seraphiel lo pensó un momento.
—No.
—Pero quizá caminarás sin que te importe tanto lo que piensen.
Elio guardó silencio, mirando cómo las nubes se movían lentas.
Tal vez no podía controlar la velocidad de los rumores.
Tal vez su nombre ya estaba atado a expectativas que no había pedido.
Pero mientras tuviera a alguien que caminara a su lado cuando el ruido se volvía demasiado fuerte,
podía seguir avanzando sin perderse dentro de la historia que otros contaban sobre él.