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La Última Mujer Vampiro

La Última Mujer Vampiro

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Dominación / Amor prohibido / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Edgar Romero

Una epidemia mortífera provocada por un fármaco que corrompió la sangre humana, extermina por completo a todos los vampiros del mundo. Tan solo sobrevive una mujer, Claudia Dumitrache, debido a que ella fue engendrada antes que estallara la fatídica pandemia. Claudia descubrirá que es una mujer vampiro por sus incontrolables deseos de beber sangre y hacer el amor sin contenerse. Así se inicia toda suerte de riesgos, aventuras, romances y peligros para Claudia en su afán de encontrar a otros vampiros, como ella, recuperar el abolengo y ser feliz con los suyos. Claudia, en efecto, buscará prolongar la estirpe y a la especie engendrando otros vampiros, empero debido a la sangre corrompida de los humanos, ya no surtirá efecto, no solo en sus deseos de embarazarse ni tampoco habrá transformación al morderles el cuello y beberle la sangre a sus víctimas. Claudia es capitana de policía y deberá evitar ser descubierta aunque su naturaleza de mujer vampiro la hará buscar, en forma vehemente y febril, la sangre humana por la ciudad, provocando todo tipo de situaciones y enredos que harán las delicias de los lectores. Claudia buscará igualmente el verdadero amor y en esos afanes, conocerá a muchas personas tratando de hallar la felicidad.

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Capítulo 24

  Fue cuando me ocurrió un serio incidente con un par de ladrones de poca monta y que complicó aún más mi azarosa existencia. Yo tuve la culpa, además porque actué como una tonta y me dejé llevar por mis instintos violentos vampirescos.

   Como la esposa del agente Parker se aprestaba a dar a luz, lo reemplacé en las calles. Richards obviamente se molestó con mi decisión. -Tú eres capitana,  Claudia, estás al mando de un pelotón de oficiales, tu lugar es dirigir las operaciones desde tu oficina y no estar jugando a perseguir ladrones-, me regañó con severidad, pero ustedes ya se habrán dado cuenta de que yo soy una mujer de acción, que no me gusta estar atada a una silla y por el contrario, estaba entusiasmado con la idea de volver a mis raíces cuando patrullaba las calles apenas salí egresada de la academia de policía, convertida en alférez.

    - Solo será un par de días-, le dije, divertida a Richards, poniendo mi pistola en la cartuchera y calzando mi chaleco antibalas. A mí me encanta el uniforme policial. Es mi pasión en realidad. Me gustan sus colores intensos, el tintineo de las esposas, la placa brillando arriba del pecho, el comunicador de radio bien sujeto al hombro, mi pelo amarrado en cola, los zapatos relucientes y mi tablet con todos los apuntes del día. ¡Me encanta!

   La sargento Watson manejaba la patrulla. Esa mujer  nunca dejaba de hablar. Yo ya me conocía de memoria toda su vida, sus amantes, sus sueños de ser generala y que había detenido a hombres grandazos como mastodontes tumbándolos a patadas. Watson habla, habla y habla, como cotorra. Ahora me contaba que estaba enamorada de un teniente que la sacaba de quicio. -Si les vieras el trasero, Claudia, ayyyyyyy, me mata ese hombre-, me decía ella acaramelada, relamiéndose los labios. Yo la escuchaba entre embobada, incrédula y distraída. Toda en una.

     Chequeando el centro de la ciudad, noté, entonces, que dos hampones estaban siguiendo a una mujer que llevaba un celular de alta gama. Ya les conté que mi sexto instinto está muy desarrollado. De inmediato detecté que eran delincuentes y adiviné fácil que le iban arrebatar el móvil a la chica. -Prende la sirena-, le ordené a la sargento Watson y el intenso ulular de la patrulla alarmó a los rateros esos que se dieron a correr, escapando a toda prisa.  Yo salí en persecución de uno y Watson dobló por la calle para dar caza a su cómplice. Por el comunicador llamé  refuerzos -Oficial persiguiendo a un ladrón por la avenida Ocho-, avisé.

   Y ocurrió que me volví vampiro por la excitación, la adrenalina y el estar esquivando a la gente, gritando eufórica ¡Policía! ¡Policía! ¡Policía! Se afilaron entonces mis colmillos, me dejé llevar en un intenso deseos de morder y ¡pum! de un brinco le caí encima al tipo, rodando por el suelo. El hombre trató de darme un puñete pero yo lo esquivé a tiempo y ¡zas! le metí tal patadón que le hizo pedazos la nariz, cayendo al suelo inconsciente, bañado en sangre.

   ¡¡¡Sangre!!! ¡¡¡Sangre!!! ¡¡¡Sangre!!! El tipo estaba tumbado en el suelo, noqueado, inerte, muchas personas me rodeaban, atraídas por la pelea y estábamos en plena avenida principal de la ciudad, sin embargo yo estaba obnubilada por tantísima sangre.  Y llevada por mis impulsos vampiros, lamí la cara del sujeto sin importarme la mirada absorta de la multitud. ¡¡¡Qué delicia!!!

  -Capitana, el otro sujeto, escapó por la Trece-, me avisó Watson. -Vente aquí y esposa a éste malandrín, yo voy por el otro tipo-, le ordené.

   Después que Watson me hizo el relevo, fui trepando por las cornisas igual a una araña, usando mis manos y tobillos como una consumada acróbata y fui brincando techo tras techo tratando de oler al ladrón. Y lo vi a lo lejos, escapando por un callejón muy oscuro. Di un gigantesco y colosal brinco y le caí delante. Para el  tipo fue igual que si se apareciera el demonio de repente, cortándole el paso.

    -¿Qué cosa eres?-, se espantó viéndome emerger de la nada como un espectro efluvio, riendo, mostrándole mis colmillos, con la mirada incendiada, mis pelos que se habían habían desbordado del moño que los sujetaba, y mi corazón tamborileando eufórico y entusiasmado en el pecho. Yo me sentía en una nube, eclipsada, ansiosa de más sangre y ¡¡¡lo mordí!!! en el cuello con ferocidad y euforia. El sujeto gritó y ¡pum! se desmayó de pronto, cayendo a mis pies.

  -Ay, qué aguafiestas ese hombre-, soplé mi desencanto por no seguir mordiendo al pobre sujeto.

   En las leyendas de vampiros, se decía que si mordíamos a un ser humano, éste se transformaba, de inmediato, en vampiro. Yo ya llevaba mordiendo a más de una treintena de hombres y mujeres y no pasaba nada. Era cierto, entonces que la sangre humana se había corrompido y era inmune a la saliva mía. Eso me desesperaba. Sentía la necesidad de recuperar nuestro abolengo, pero ni las mordidas ni mis desesperados intentos por quedar embarazada, daban resultado y eso me agobiaba y me sumía en angustia. Me sentía sola, absolutamente sola y pensaba en papá. ¡¡¡Cuánta falta me hacía él!!!

   Aterrada como estaba, no hice otra cosa más que ponerme a llorar.

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