Dentro de nosotros hay una batalla entre dos fuerzas. Unos le llaman el bien contra el mal. Otros en cambio le llaman destino. Pero para Saulo Di Ángelo de Abner esa eterna contienda estaba en las páginas gastadas de un antiguo libro. De pronto sentía el peso de todos sus ancestros a sus espaldas. Pedían sin voz que escuchará y estuviera quieto porque era el resultado del amor de miles antes que él.
¿Podrá cambiar lo que está escrito? ¿Quién triunfará en su alma? El bien, el mal... Acompañame en esta nueva obra y descubrirás si el destino puede torcerse.
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El despertar de Clara
Existen días normales, días terribles y días extraordinarios. Te levantas de la cama y nada te prepara para enfrentar lo que está por venir. Sigues tu rutina diaria. Te duchas, te peinas, te miras al espejo hasta estar satisfecho con tu atuendo. Con la imagen que quieres proyectar al mundo. Después el estómago te recuerda que está ahí y obediente sales en busca de algo para alimentarlo. Hasta ese momento tu día se mantiene normal. Todo perfecto, todo rutinario, agradable. Porque lo cierto es que somos animales de costumbres afianzadas, que soñamos con "romper la rutina". Pero la verdad es que no es cierto. Es el autoengaño más cruel que empleamos contra nosotros mismos. Deseamos algo que realmente no queremos, no necesitamos. Porque nuestra vida ya es perfecta así como la tenemos, solo que no lo apreciamos.
Si por azar del destino algo interrumpe nuestra rutina nos estresamos. Ya no lo vemos como algo que deseamos a rabiar anteriormente. Y hasta te preguntas. ¿Por qué a mí". Quieres que el tiempo retroceda para que todo vuelva a ser como antes. A que todo vuelva a ser simple. De pronto te encuentras quejándote. Alegas que lo único que quieres es "vivir tranquilo". A esa hora ya no reconoces que has pasado media vida deseando lo contrario. Cuestionas precisamente a la "vida" por ponerte semejantes pruebas. Tú ahora no eres el culpable, porque el "culpable es el destino" y entonces llegan los días terribles y tienes que establecer nuevas rutinas para resolverlos, vivirlos y soportarlos, pero ahora ya no quieres aventuras. Aspiras a momentos tranquilos y sosegados. Aspiras a olvidar lo que has vivido.
Los días extraordinarios son diferentes. Esos llegan sin previo aviso. Esos no los has deseado y solo le suceden a unas pocas personas capaces de sostener en sus manos el destino de reinos y millones de personas. Los días extraordinarios no son para todos y eso está bien. Porque si no soportamos los días normales y manejamos mal los terribles. ¿Cómo podríamos soportar los extraordinarios? Pero el día avanza y tú sigues ajeno a que en algún punto todo va a cambiar y no puedes hacer absolutamente nada para detenerlo. Porque los días extraordinarios te escogen. Y tú ignorante sigues ahí tan calmado como siempre. Ves a los amigos, los enemigos y comienzas las actividades planificadas el día anterior.
Todavía no lo notas. No lo sabes, pero algo ha cambiado para siempre. Así se encontraba Clara. Tenía dieciséis años. Su vida suave como un pétalo de rosas. Era el inicio del fin de semana. Ella amaneció con fiebre. Por lo que declinó la invitación de Ian y Alicia de ir al teatro. Cuando se quedó sola fue a la enfermería. Le dieron una tizana y le dijeron que hiciera reposo. Si continuaba sintiéndose mal entonces se procedería con otros medicamentos. Se fue de allí. El remedio pareció hacer efecto por lo que la fiebre dejó de agobiarla. Se sentía bien nuevamente, pero estaba mortalmente aburrida. Eso de hacer reposo no era lo suyo. No siguió el consejo del médico.
Envió el reposo de paseo a Plutón. Se vistió para salir. Iría a dar un recorrido por la ciudad. Ya era muy tarde para incorporarse a la función de teatro. La escuela estaba despierta. Los alumnos al parecer tuvieron su mismo pensamiento. Salir a divertirse. Bueno, ella no necesitaba a nadie. Saldría sola. Sugey era bastante segura y ella sabía defenderse. La ciudad hoy parecía más activa y vibrante. Comió deliciosas brochetas de los puestos callejeros. Participó en un juego de tiro al blanco y se ganó un juguete que regaló al primer chiquillo que se cruzó en su camino. Estaba feliz. Pasó frente a una vitrina. Se exponían objetos interesantes. Entró.
El lugar era llamado tienda de Antigüedades. Miró por aquí y por allá. Compró un par de tonterías para regalar a Caden y a Alicia. Pagó y ya salía cuando el bajo de su vestido se enredó y perdió el equilibrio. Cerró los ojos esperando la caída y en efecto cayó. ¿Pero por qué no había dolor? Este piso era duro sin dudas pero... Abrió los ojos. No era el piso donde había caído. Cuando hacía un momento perdió el equilibrio se llevó consigo al suelo a la persona que tenía delante. Estaba apoyada literalmente en la fuerte espalda de un joven al que no veía la cara. Este le pidió bruscamente que le saliera de encima para poder pararse. Ella lo hizo sin prisa. No había nacido el hombre que pudiera ordenarle nada, pero tampoco podía quedarse ahí. Esa espalda era fuerte. A ella le gustaban las cosas fuertes. Apoyó deliberadamente su peso en ella y presionó para levantarse.
Al sentirse libre él ágilmente se puso en pie. Clara vio erguirse aquella magnífica espalda como si fuera una torre que brotará de repente de la tierra ante sus ojos. Él se giró un poco mortificado con evidentes ganas de discutir, pero se tragó las palabras. Ella lo reconoció inmediatamente. Era Reinerio Costa Rivera. El chico la miraba desconcertado. Era bonito y ahora que no tenía el ceño fruncido más, pero algo le molestaba. Rei la miraba como si ella fuera una cosa rara. Clara era muy vanidosa. Sabía que era hermosa y los hombres la miraban con deseo y admiración siempre. Excepto este. Él la miraba como si fuera un problema de matemáticas complicado. Mortificada le espetó.
- ¿Qué? ¿Acaso tengo algo raro en la cara?- la respuesta de Rei la descolocó.
- Eso depende. ¿De qué color son sus ojos?
- ¿Es que eres ciego o te golpeaste la cabeza muy fuerte con la caída?
- No a las dos cosas. Por favor. Es en serio. ¿De qué color son tus ojos? - Clara comenzó a preocuparse. ¿Sería el joven Costa Rivera alguna especie de trastornado? Si fuera así, sería mejor seguirle la corriente y salir pitando de allí. Así que respondió concisa.
- Azules. - nunca esperó lo que sucedió después. Él no le dio tiempo ni a protestar. La había cogido de la mano y la arrastró literalmente por media tienda y la plató ante un espejo y le ordenó.
- Mira. - ella para ese entonces estaba bastante enfadada. ¿Este hombre había sido criado en un corral acaso? ¡Mira que tratar así a una dama! Como ella no hacía lo que le pidió Rei perdió la poca paciencia que le quedaba. Rápido como el rayo le agarró la cabeza por el pelo y se la giró sin miramiento hacia el espejo. A Clara no le salían las palabras de tanto enfado, pero todo eso pasó a segundo plano. Contempló primero curiosa y después alarmada que sus ojos habían adquirido una tonalidad amarilla dorada. Alzó su mano y tocó su rostro. Buscaba una explicación racional como por ejemplo que era una pintura de alguien que se parecía a ella, pero se diferenciaban por el color de los ojos, pero desafortunadamente no era una pintura. Estaba ante su reflejo.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué sus hermosos ojos azules ahora eran dorados? Y entonces lo recordó. Estaba en grandes problemas. Dios tenía que salir de aquí urgentemente. Rei percibió primero el desconcierto de la chica, después asistió al reconocimiento y finalmente a la alarma. Era evidente que ella sabía qué le estaba pasando. Rei era muy curioso. Aunque todos decían que él era igual a su padre y que no había sacado nada de su madre. Eso no era cierto. Rei había heredado de Amarilis el don de la impertinencia. Cuando algo llamaba su atención no pedía permiso y no desistía hasta dejar satisfecha su curiosidad. Clara le pidió algo insólito frente a aquel espejo.
- Por favor llévame de inmediato a una posada. Pide una habitación para mí que no tenga ventanas y enciérrame allí. Al tercer día ven a buscarme. Toma para los gastos. Solo no preguntes. No ahora. No tengo mucho tiempo.- Rei la miró calculando si cumplir o no el extraño pedido, pero luego dijo:
- Solo con una condición.
- ¿Cuál? - dijo ella ya desesperada.
- Que después de que te saque me cuentes el misterio de todo esto. - Clara dudó. Era un secreto de su familia de Abner. No le pertenecía del todo. ¿Tenía el derecho de contarlo a un desconocido? Bueno, eso ahora no importaba. Respondió con firmeza.
- Trato.
Él no dijo nada. La volvió a tomar de la mano y la condujo por las calles de la ciudad. Para ese entonces Clara estaba muy mal. Al fin logró alquilar un lugar con las características que la chica solicitó. El último tramo antes de llegar a la habitación tuvo que cargarla incluso, pues apenas podía sostenerse con sus pies. Era evidente que luchaba por no perder el control sobre sí misma. Su piel ardía. Rei estaba preocupado. Ella estaba enferma de gravedad. ¿Entonces por qué no ir a un Doctor en vez de quedarse encerrada en un lugar desconocido, en esa situación tan vulnerable? Todo era tan raro y confuso. Él sabía que Clara era mestiza. Era la hija del antiguo Duque Flamme y de una Princesa extranjera de Abner. Quizás lo que tenía era una enfermedad por parte de su madre.
Ya había dejado a la muchacha que parecía a punto de delirar en la cama, cuando ella lo haló hacia sí y le mordió con fuerza exagerada el cuello. Rei sintió un dolor atroz. Quedó como paralizado. Luego ella se había separado de él con sus labios llenos de su sangre. Sus ojos eran ahora seductoramente dorados. Él salió huyendo de ahí. La encerró como ella le había pedido. Eso iba a cumplírselo. Era una loca peligrosa. La sintió detrás de la puerta asechándolo. La mordida en su cuello ardía y quemaba. Se alejó consternado. Se echó la llave de la habitación en el bolsillo y salió a buscar un médico que le curara y vendara la herida.
Lo que había pasado a Clara era el despertar de la Maldición Real de Abner. No siempre esta se manifestaba, pero cada niño descendiente de la realeza en ese Reino crecía oyendo hablar de ella y de lo que debía hacerse en caso de que se activara.
...
Clara Flamme de Abner...