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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

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Capítulo VI

El despacho había recuperado su quietud artificial, un silencio sepulcral que contrastaba con la tormenta que acababa de desatarse. La conversación había trascendido los formalismos vacíos; ahora, ambos hombres hablaban en el idioma real, el que no dejaba constancia en actas ni contratos firmados. Kennedy Douglas permanecía de pie junto al ventanal, contemplando la ciudad con una mirada gélida, como si pudiera diseccionarla con la agudeza de un cirujano. Jeremy Beckham, en cambio, permanecía sentado en su imponente silla de cuero, con los codos apoyados sobre el escritorio y la voz baja, precisa, como si estuviera recitando un mantra secreto.

—Las rutas del este están despejadas —informaba Jeremy, con un tono que sugería que estaba revelando una información valiosa—. Los sindicatos locales siguen creyendo que están negociando conmigo, no contigo. Eso nos da cierto margen de maniobra.

—El margen de maniobra siempre es efímero —respondió Kennedy sin siquiera girarse, su voz sonando como el roce del acero contra el acero—. Nueva York devora a los ingenuos y a los lentos. Y yo no soy ninguna de las dos cosas.

Jeremy esbozó una sonrisa apenas perceptible, una mueca tensa que revelaba su admiración a regañadientes.

—Por eso acepté hacer negocios contigo, Kennedy.

Hablaron de cargamentos que no figuraban en ningún manifiesto oficial, de nombres que solo existían en llamadas encriptadas, de jueces con deudas antiguas y policías corruptos con ambiciones renovadas. Era un intercambio quirúrgico, desprovisto de adornos y sentimentalismos. Kennedy sentía el ritmo familiar de ese mundo oscuro: peligro controlado, poder en estado puro. Eso sí lo entendía. Eso no le exigía sonreír ni pretender ser alguien que no era.

—El matrimonio consolida todo lo que hemos construido hasta ahora —afirmó Jeremy, con una insistencia casi desesperada—. Una familia unida. Un frente común ante nuestros rivales.

Kennedy soltó una exhalación lenta, cargada de fastidio, como si estuviera conteniendo un insulto.

—No vuelvas a utilizar esa palabra cuando estemos a solas, Jeremy. Esto es una alianza estratégica, no una comedia romántica. Lo otro es simplemente propaganda barata.

Antes de que Jeremy pudiera responder, la puerta del despacho se abrió de golpe, interrumpiendo la conversación con una brutalidad inesperada.

No fue una entrada elegante ni calculada; fue una irrupción violenta, cargada de una furia contenida que amenazaba con desbordarse.

—¡Esto es una maldita broma de mal gusto! —exclamó una voz femenina que cortó el aire como un disparo certero.

Madison Beckham irrumpió en el despacho sin previo aviso, su abrigo de diseñador abierto de par en par, su cabello rubio platino ligeramente desordenado por la prisa, sus ojos encendidos por una rabia incandescente que no se molestaba en ocultar. Caminó directamente hacia el escritorio de su padre y azotó un periódico contra la superficie de madera con tal fuerza que los papeles se deslizaron al suelo.

Kennedy giró lentamente, observando la escena con una curiosidad contenida.

El titular del periódico gritaba desde la portada con letras mayúsculas: “Accidente nocturno deja dos heridos graves: el joven Beckham involucrado en escándalo”.

—¿Tienes idea de lo que tuve que hacer esta vez, padre? —escupió Madison, respirando con dificultad, su voz temblando de indignación—. ¿Sabes cuántas llamadas tuve que hacer, cuántos favores tuve que rogar, cuántas mentiras tuve que inventar para evitar que tu hijo mimado terminara encerrado en una celda?

Jeremy se puso de pie de inmediato, su rostro enrojecido por la ira.

—Baja la voz, Madison. Estás fuera de lugar.

—¡No me da la gana de bajar la voz! —replicó ella, dando un paso más cerca de su padre, desafiando su autoridad—. Porque siempre es lo mismo. Él destroza cosas, personas, vidas enteras… y yo me encargo de limpiar su desastre. Yo sonrío ante las cámaras, yo doy explicaciones a la prensa, yo hago desaparecer el escándalo como por arte de magia.

Kennedy observaba la confrontación en silencio, como si fuera un espectador privilegiado en una obra de teatro. No intervenía, no porque no pudiera hacerlo, sino porque sentía que no le correspondía hacerlo. Aun así, no pasó por alto la forma en que Madison ocupaba el espacio: sin pedir permiso, sin medir las consecuencias de sus actos, peligrosamente viva en su rebeldía. En ningún momento dirigió su mirada hacia él, ni siquiera de reojo.

Jeremy apretó la mandíbula con furia.

—Estás cruzando la línea, Madison.

—Estoy harta de cruzar la línea —corrigió Madison, con un sarcasmo amargo que revelaba su hartazgo—. Harta de que lo consientas y lo protejas como si fuera una pieza de cristal que se romperá al menor contacto. Harta de tener que ser la adulta responsable mientras él se dedica a jugar a ser intocable.

Tomó el periódico de nuevo y lo señaló con rabia.

—Dos personas están en el hospital, padre. Dos vidas destrozadas por su irresponsabilidad. ¿Y sabes qué es lo peor de todo? Que tú ya estás llamando a tus abogados, a tus contactos en la prensa, a cualquiera que pueda borrar su nombre de la escena del crimen. Como siempre.

Jeremy rodeó el escritorio con paso firme, acercándose a su hija de manera amenazante.

—Todo esto se arreglará, Madison. No te preocupes.

—¡Claro que todo se arregla con dinero! —rió ella, sin alegría, con una amargura que calaba hasta los huesos—. ¿Sabes qué es lo único que no se puede arreglar, padre? La podredumbre que corroe los cimientos de esta familia.

El silencio cayó sobre la habitación como una losa de plomo, pesado, denso, casi violento en su intensidad. Kennedy sintió cómo la tensión se enroscaba en el aire, haciéndolo casi irrespirable. Jeremy respiró hondo, conteniéndose a duras penas.

—Madison —dijo con una voz controlada que apenas ocultaba su ira—, hay cosas que debes saber. Decisiones que ya están tomadas y que no pueden ser cambiadas.

Ella lo miró con una expresión desafiante, sus ojos centelleando con una mezcla de rabia y decepción.

—¿Más decisiones sobre mi vida que tomas a mis espaldas?

Jeremy vaciló por un instante, revelando una duda momentánea.

—Tu futuro esposo está aquí presente, Madison.

Madison siguió la dirección de su mirada… pero se negó a dirigir sus ojos hacia Kennedy. No lo miró ni siquiera de reojo. Lo ignoró por completo, como si fuera una pieza de mobiliario sin importancia.

—No me interesa lo que tenga que decir —afirmó, clavando sus ojos en los de su padre con una determinación inquebrantable—. No hoy. No ahora. Estoy hablando contigo, padre.

Kennedy alzó una ceja, imperceptiblemente divertido por la situación. No era que fuera invisible para ella; simplemente estaba siendo descartado de forma deliberada. Y aquello, lejos de irritarlo, le resultó… revelador.

—Este matrimonio es importante, Madison —insistió Jeremy, tratando de suavizar su tono—. Es importante para todos nosotros.

—Es importante para ti, padre —corrigió Madison, con un desprecio mordaz que le atravesó como un puñal—. Para tus negocios turbios. Para tus pecados ocultos. Pero no para mí.

Se giró por primera vez desde su llegada… y pasó junto a Kennedy como si no existiera. Ni una mirada, ni una palabra, ni un gesto de reconocimiento. Solo el leve roce del aire cuando avanzó hacia la puerta con paso decidido.

—Arregla a tu hijo, padre —añadió antes de salir del despacho, con una voz cargada de veneno—. Yo ya no pienso seguir haciéndolo.

La puerta se cerró con un golpe seco que resonó en el silencio tenso.

El despacho quedó en silencio una vez más, pero ya no era el mismo silencio de antes. Jeremy se llevó una mano al rostro, masajeando sus sienes con gesto cansado. Kennedy caminó despacio hasta el escritorio, tomó el periódico que yacía arrugado sobre la superficie y lo dejó en su sitio con una precisión meticulosa.

—Carácter —dijo finalmente, rompiendo el silencio con una voz grave y tranquila—. Tiene mucho carácter, Jeremy.

Jeremy no respondió.

Kennedy se colocó el abrigo con una calma absoluta, como si nada hubiera sucedido.

—Esto será interesante —añadió, con una sonrisa enigmática que no revelaba sus verdaderas intenciones—. Su hija no parece saber cómo obedecer las órdenes, Jeremy.

Jeremy levantó la vista, con los ojos encendidos por una furia contenida.

—Aprenderá a hacerlo —afirmó, con una determinación que sonaba hueca.

Kennedy sostuvo su mirada, con sus ojos oscuros e impenetrables que parecían leer su alma.

—O tal vez no —respondió, con una voz que helaba la sangre—. Y entonces… nada de esto será tan sencillo como usted había planeado, Jeremy.

Se dirigió hacia la puerta con paso firme, llevándose consigo algo más que información valiosa. Afuera, la ciudad seguía rugiendo, ajena a la tormenta que se había desatado en el despacho. Y por primera vez desde que había llegado a Nueva York, Kennedy Douglas tuvo la certeza de que el verdadero conflicto no estaba en los negocios turbios ni en las alianzas estratégicas.

Estaba en Madison Beckham.

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Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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