Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
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Culpa y Duda
—¡Tu invitada! Ha venido otra vez. No entiendo por qué tienes que involucrarte en los problemas de personas que ni siquiera son de nuestra familia. ¡Solo es la hija de tu amigo!
Harryson frunció el ceño.
—Basta. No vuelvas a hablarle de esa manera.
—¿Cómo puedes defenderla? ¡No tienes ninguna obligación con ella!
—He dicho que basta.
Su tono fue tan firme que ella guardó silencio, aunque continuó mirándome con evidente desaprobación.
Harryson se volvió hacia mí.
—Anastacia, ven conmigo.
Entré detrás de él, sujetando la maleta con tanta fuerza que me dolían los dedos. Cuando llegamos a su despacho, la dejé en el suelo. El dinero estaba allí, dentro de aquella maleta, y de pronto me pareció imposible soportar su presencia.
Harryson cerró la puerta y me miró.
—¿Qué pasa, hija?
Aquella pregunta terminó de quebrarme.
Me llevé las manos al rostro y comencé a llorar. Había intentado mantenerme fuerte desde que salí de casa, pero ya no podía más.
—Lo siento mucho… —conseguí decir entre sollozos.
Él se acercó de inmediato.
—Anastacia…
Negué con la cabeza, incapaz de continuar. Entonces Harryson me rodeó con sus brazos.
Y yo me derrumbé contra su pecho.
Lloré desconsoladamente, aferrándome a él mientras el peso de todo lo que había hecho caía sobre mí. No sabía por dónde empezar ni cómo encontrar las palabras para confesarle algo que me avergonzaba tanto.
Pero, finalmente, lo hice.
Le conté que el dinero no había venido de él. Le confesé lo que había ocurrido, la desesperación que había sentido al ver a mi padre enfermo y el miedo que me había llevado a aceptar aquella situación. También le expliqué por qué había utilizado su nombre cuando regresé a casa.
No omití nada.
Cuando terminé, apenas podía sostenerme en pie. Esperaba que se apartara, que me mirara con decepción o que me preguntara cómo había podido hacer algo semejante.
Pero Harryson no dijo nada.
Solo me abrazó con más fuerza.
Apoyé el rostro contra su pecho y continué llorando. Él permaneció allí, sosteniéndome en silencio, sin exigirme explicaciones ni apartarse de mí.
No me juzgó. No me reprochó lo que había hecho. No intentó obligarme a justificarme.
Simplemente me dejó llorar.
Después de un largo rato, me separé un poco y lo miré con los ojos enrojecidos.
—No sé cómo agradecerle esto —susurré.
Él no respondió. Se limitó a estrecharme nuevamente entre sus brazos.
Y aquel silencio, en lugar de hacerme sentir sola, me ofreció el consuelo que tanto necesitaba.
—Mamá…
Mi propia voz me devolvió al presente.
Mi madre seguía sentada a mi lado, secándose las lágrimas mientras recordaba al hombre que había ayudado a nuestra familia en el momento más difícil.
—Siempre le estaré agradecida —dijo—. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de volver a verlo y darle las gracias una vez más.
Bajé la mirada.
—Estoy segura de que sabía cuánto lo apreciabas.
Ella asintió y me abrazó.
Correspondí a su abrazo, cerrando los ojos mientras las lágrimas volvían a deslizarse por mis mejillas.
Mi madre lloraba por la pérdida de un hombre generoso que había ayudado a su esposo a sobrevivir.
Yo lloraba por el hombre que había conocido mi peor secreto y que, aun así, había elegido abrazarme en lugar de condenarme.
Harryson había sido la única persona a la que me atreví a contarle la verdad. La única que había visto cuánto sufría y que nunca me hizo sentir que debía ganarme su compasión.
Y ahora ya no estaba.
Llegué a casa sintiéndome agotada. Lo único que quería era acostarme y olvidarme del mundo durante unas horas. Me quité los zapatos, dejé el bolso sobre una silla y me dirigí a mi habitación.
Después de cambiarme de ropa, me metí en la cama y me abracé a una almohada. Todavía tenía en la mente el recuerdo del señor Harryson y la tristeza que había visto en los ojos de mi madre. Necesitaba descansar, aunque fuera un poco.
Sin embargo, mi teléfono comenzó a sonar una y otra vez sobre la mesita de noche.
Lo ignoré al principio, esperando que quienquiera que fuera se cansara de llamar. Pero, cuando volvió a sonar, suspiré y me incorporé para contestar.
—¿Hola?
—¡Ana! —exclamó Silvia al otro lado de la línea—. Oye, ¿por qué no me dijiste que vendrías?
Fruncí el ceño.
—¿A dónde?
—¡A la discoteca! Te vi aquí, disfrutando con Edmund.
Me incorporé por completo, confundida.
—Silvia, ¿de qué estás hablando? Estoy en mi casa.
—Vamos, no bromees conmigo. Acabo de ver a Edmund subir contigo al segundo piso.
Sentí que algo se me revolvía en el estómago.
—¿Qué dices? Yo estoy en mi apartamento. Debes estar confundida.
—No, Ana. Sé perfectamente lo que vi.
Me quedé en silencio unos segundos, tratando de comprender sus palabras.
—Silvia, no estoy allí —insistí—. Quizá viste a alguien que se parecía a mí.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Ana, no voy a obligarte a acercarte a nosotros ni tienes que darme explicaciones sobre lo que haces con Edmund. Si estás pasando tiempo con él, está bien. Solo me sorprendió verte aquí sin que me lo dijeras.
—¡Pero si no estoy contigo! —respondí, empezando a desesperarme—. Estoy en mi casa. ¿Cómo puede estar Edmund contigo?
Silvia guardó silencio.
—Espera… —murmuró finalmente—. ¿De verdad estás en tu apartamento?
—Sí, Silvia. Llevo aquí un buen rato.
—Entonces… ¿cómo es posible que haya visto a Edmund entrar con otra chica?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Otra chica?
—Sí. Vi a un hombre que estoy casi segura de que era Edmund. Subió al segundo piso acompañado de una mujer. Desde donde estaba no pude verle bien el rostro a ella, pero pensé que eras tú.
Durante unos segundos no conseguí responder.
Edmund.
Mi prometido.
La idea de que estuviera en una discoteca con otra mujer me resultaba absurda. Edmund me amaba. Yo confiaba en él. No tenía motivos para pensar que estuviera haciendo algo a mis espaldas.
Pero entonces, ¿a quién había visto Silvia?
—Pásame la dirección —dije finalmente.
—Claro, pero, Ana, yo…
—Silvia, por favor. Envíamela. Quiero comprobar algo.
—Está bien. Te la mando ahora mismo, pero no quiero que saques conclusiones precipitadas.
—Nos vemos allí.
Colgué antes de que pudiera responder.
Me quedé sentada en la cama, mirando la pantalla del teléfono. Unos segundos después llegó el mensaje de Silvia con la dirección de la discoteca.
No sabía qué estaba ocurriendo. Tal vez Silvia se había equivocado. Tal vez aquel hombre no era Edmund. Quizá existía una explicación perfectamente razonable para todo aquello.
Pero necesitaba saberlo.
Aparté las sábanas, me levanté y fui directamente al armario para buscar algo que ponerme.
No iba a acusar a Edmund sin tener pruebas.
Solo quería verlo con mis propios ojos.