Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena
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Capítulo 2: Fracturas en frío
El zumbido sordo del motor rúnico del deslizador personal cortó la quietud de la madrugada a las tres y media. Elena no estaba dormida. Tendida sobre las sábanas de seda de la enorme cama matrimonial —un lecho tan frío y vasto como una estepa—, vio a través del ventanal cómo las estelas azul cobalto de la nave de Dorian se disolvían en la niebla que cubría los rascacielos de la metrópoli.
El ático quedó sumergido en ese silencio espeso que siempre dejaba su marcha. Elena se incorporó despacio, descalza, y caminó hacia el estudio de Dorian. La puerta que él había azotado horas antes estaba entornada. El aire aún olía a su colonia de cedro y a la estática metálica que desprendía su magia cuando perdía los estribos. Sobre el escritorio de caoba relucía una copa vacía y, en una esquina, un par de gemelos de plata con el blasón de los Sterling. Elena los tomó entre los dedos, apretándolos con fuerza contra la palma de su mano hasta sentir el dolor del metal hundiéndose en su piel.
—¿Por qué es tan fácil odiarme, Dorian? —susurró a la penumbra, antes de dejarlos en su lugar y obligarse a vestirse para el día.
A las ocho de la mañana, la mujer que bajó al laboratorio subterráneo del consorcio ya no tenía nada que ver con la aristócrata del vestido medianoche. Con el cabello recogido en una trenza práctica, pantalones oscuros de trabajo y una bata de lino resistente a las quemaduras de éter, Elena se sentía más viva frente a las mesas de dibujo y las piezas desarmadas que en cualquier banquete imperial.
—Dormiste dos horas como mucho —la recriminó Celia, entrando al taller con dos termos humeantes de infusión amarga—. Y no me mires con esa cara de diseñadora ofendida, Elena. Tienes la palidez de quien acaba de ver a un muerto.
—Dorian salió antes de las cuatro para las instalaciones de la cordillera —dijo Elena, tomando uno de los termos sin levantar la vista de los planos del chasis—. Es mejor así. El aire en esta ciudad se vuelve irrespirable cuando él camina por los mismos pasillos que yo.
—La prensa no opina lo mismo esta mañana —Celia arrojó sobre la mesa de trabajo la edición matutina de El Heraldo Mecánico. En la portada, la fotografía de Dorian sujetando la cintura de Elena mientras fingían reírse ocupaba media página. El titular rezaba: «La alquimia del amor: cómo los Sterling-Valmont dominan el mercado de la velocidad».
Elena apartó el diario con un manotazo desganado.
—Pura propaganda.
—Propaganda que cotiza muy bien en la bolsa, hija mía.
La voz gruesa y autoritaria resonó en el umbral del taller. Héctor Valmont, el patriarca de la familia, avanzó con su bastón con pomo de plata rúnica. A sus sesenta años, conservaba la mirada depredadora de un hombre que jamás había cedido un centímetro de terreno en la industria del motor.
Celia saludó con una reverencia tensa y se retiró discreetamente al área de calibración.
—Padre —dijo Elena, manteniendo la postura erguida—. No te esperaba en el área técnica.
—Vine a revisar los informes del balance tras la gala —dijo Héctor, paseando sus ojos críticos por las herramientas y los bocetos de su hija—. Dorian se marchó antes de que la prensa terminara el desayuno. Dejar a tu esposa sola la mañana siguiente a nuestro aniversario no proyecta la estabilidad que los inversionistas exigen.
Elena apretó los dientes, sintiendo la vieja quemadura de la rabia recorrerle el estómago.
—Dorian tiene que supervisar las pruebas de choque en el norte. Y yo tengo trabajo aquí, como siempre.
—Un trabajo que deberías delegar —replicó Héctor con desdén paternalista—. Te permití estudiar ingeniería porque insististe como una niña caprichosa, pero tu deber como señora Sterling es mantener a ese hombre contento y anclado a este consorcio. Los Sterling siempre han sido volátiles, orgullosos y peligrosos. Tu matrimonio es el único tornillo que evita que esa máquina se desarme y nos deje sin sus patentes.
—¿El único tornillo? —Elena dio un paso al frente, mirándolo a los ojos sin vacilar—. ¿Para eso me utilizaste, papá? ¿Para ser un remache en tus negocios? Hace cinco años juraste que Dorian me amaba, que él mismo había pedido tu mano... y me arrojaste a un matrimonio donde me tratan como a una usurpadora.
La mirada de Héctor se endureció como el hierro forjado.
—Hice lo que un líder de familia debe hacer para proteger nuestro imperio automotriz del colapso. Si él cree que tú fuiste la mente maestra de esa noche, mejor para ti; te temerá antes de intentar aplastarte. No me defraudes, Elena. Asegúrate de que ese muchacho no olvide de qué lado está el verdadero poder de esta empresa.
Héctor se dio media vuelta y salió con paso firme, dejando en el taller un silencio todavía más amargo que el del ático. Elena se apoyó contra el borde de la mesa, respirando con dificultad. Una punzada súbita de mareo le nubló la vista por una fracción de segundo, obligándola a sostenerse de una palanca de calibración hasta que el vértigo pasó.
A seiscientos kilómetros al norte, en la pista de pruebas nevada de la cordillera, el frío calaba hasta los huesos.
Dorian Sterling no llevaba abrigo grueso, solo su uniforme de pruebas ignífugo desabrochado en el cuello. Los vientos helados golpeaban el fuselaje del nuevo prototipo de carreras que humeaba sobre la pista congelada tras un fallo en la ignición rúnica.
—¡La resonancia colapsó al noventa por ciento de la curva de aceleración! —gritó Marco desde la cabina de telemetría, bajándose los protectores oculares—. Dorian, te lo advertí antes de despegar. Este motor híbrido no responde solo a la magia de compresión de los Sterling. Necesita la matriz de enfriamiento arcano que diseñó Elena en la academia. Sin su signatura energética, el núcleo explota.
Dorian pateó con furia uno de los neumáticos especiales del vehículo. El metal vibró con un chillido sordo.
—No voy a llamarla, Marco. No voy a pedirle que ponga sus manos sobre este motor.
Marco saltó de la plataforma y caminó hacia él, hundiendo las botas en la nieve.
—¡Es su patente, idiota! —exclamó Marco, perdiendo la paciencia—. Ambos diseñaron este concepto cuando tenían veintidós años en el garaje de la universidad, antes de que todo se fuera al demonio. Llevas cinco años queriendo construir este bólido para demostrar que no necesitas a los Valmont, pero la máquina sabe quién la ideó. El motor la busca a ella tanto como tú la buscas con los ojos cada vez que entra a una habitación.
Dorian clavó una mirada gélida en su amigo, pero por dentro se sentía desarmado. En su mente retumbaba la voz rota de Elena la noche anterior: «¿Por qué no firmas el divorcio? ¿Por qué sigues aquí?».
Se llevó la mano al pecho instintivamente. Debajo del traje térmico, doblada con esmero, seguía la vieja fotografía en blanco y negro: Elena a los veinte años, con una mancha de grasa rúnica en la mejilla, riéndose a carcajadas mientras le lanzaba una llave inglesa en los talleres de la facultad. La mujer que creía haber amado más que a su propia vida... y la misma que creía culpable de su mayor humillación.
—Ella no diseñó esto por amor a la mecánica, Marco —dijo Dorian en un susurro áspero que el viento casi devoró—. Lo hizo para tener una soga al cuello de mi familia. Y no pienso tirar de esa soga.
Antes de que Marco pudiera replicar, el comunicador de cristal en el tablero de telemetría emitió un tono agudo y parpadeó con luz escarlata de máxima prioridad.
Marco atendió la señal y su rostro cambió por completo en cuestión de segundos.
—Dorian... —dijo, cortando la comunicación y mirando al magnate con gesto sombrío—. Es el consejo central en la capital. Hubo un incidente en la planta subterránea de diseño hace veinte minutos.
El corazón de Dorian dio un vuelco salvaje, derritiendo toda la frialdad que fingía sostener.
—¿Qué pasó? —exigió, dando dos pasos rápidos hacia su amigo con el rostro pálido.
—Una sobrecarga en los tanques de éter inestable durante las pruebas de inyección. Elena estaba en el laboratorio principal cuando la válvula reventó.
¿Te gustaría que en el capítulo 3 se revele que el desmayo o malestar de Elena en el laboratorio estuvo vinculado al inicio de su embarazo, o prefieres centrar ese siguiente capítulo puramente en la angustia de Dorian viajando a toda velocidad de regreso a la capital?