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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: Entre contratos y cenizas

En el baño privado de la presidencia, Federico apoyó ambas manos sobre el mármol negro del lavabo y respiró hondo, tratando de sofocar el temblor que le sacudía los hombros. Se arrojó agua fría en el rostro, pero el choque helado no logró apagar el fuego que le quemaba las entrañas.

Al alzar la vista hacia el espejo, vio a un hombre que lo tenía todo y que, al mismo tiempo, acababa de descubrir la magnitud de su propia miseria.

—Cinco años, Gabriel... —dijo en un susurro áspero, sin apartar la mirada de su propio reflejo—. Cinco años pensando que ella era una mujer vulnerable a la que mi dinero podía tentar. ¡La hija de Roberto Del Valle! Dios mío... ¿Sabes lo estúpido, lo ridículamente arrogante que debí sonar esa noche?

Gabriel, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, suspiró con pesadumbre.

—Fuiste un idiota cauteloso, Fede. Mediste a una leona con la vara de las hienas que te habían mordido antes. Pero ahora no puedes desmoronarte. En tres minutos tienes que entrar a esa sala y decidir si actúas como el magnate que levantó este hotel o como el hombre que quiere recuperar a su familia. Porque si mezclas las dos cosas sin pensar, Sofía Del Valle te va a pasar por encima. Tiene el poder para hacerlo y, por lo que vi en sus ojos, tiene todos los motivos.

En el vestíbulo del piso veintidós, el aire no era más cálido.

Frente a los ventanales panorámicos que daban a la bahía, una mujer de melena cobriza ondulada y ojos verdes como esmeraldas caminaba de un lado a otro con paso enérgico. Valentina Carrizo acababa de llegar al piso tras recibir el mensaje urgente de Bruno y sostenía con ternura la mano de Theo, mientras sus ojos chispeaban furia contenida.

—Dime que es una broma de pésimo gusto, Peralta —le espetó Valentina a Bruno en un susurro filoso, cuidando que el pequeño Theo no captara la tensión—. ¿El dueño de todo este circo de mármol y diamantes es él? ¿El mismísimo imbécil de la llamada?

—El mismísimo —confirmó Bruno con voz sombría, acomodándose la corbata con dedos tensos—. Y para colmo, chocó de frente con Theo en la recepción. Lo vio, Valen. Vio al niño. Y te juro por mi vida que la cara de Federico fue como si hubiera visto a un fantasma con su propio rostro.

Valentina apretó la mandíbula y se agachó frente al pequeño, suavizando de inmediato la expresión para sonreírle con dulzura.

—Theo, mi vida, ¿te gustaría ir a la sala de juegos VIP con la tía Valentina a tomar un jugo de manzana mientras mamá termina su reunión aburrida de números?

—¡Sí! Pero mamá dijo que después me va a mostrar la terraza grande con luces —respondió el niño con una sonrisa luminosa, mostrando las pecas que le cruzaban las mejillas.

En ese momento, las puertas del ascensor ejecutivo se abrieron y una figura joven y esbelta cruzó al pasillo. Martina Albarracín llevaba un suéter verde oliva y el cabello castaño suelto; venía tarareando una melodía despreocupada, buscando a su hermano mayor para almorzar. Sin embargo, sus pasos se frenaron en seco al escuchar la risa clara de Theo.

Martina bajó la mirada hacia el niño. Sus ojos miel se abrieron con un asombro genuino. Había algo en la curva de esa sonrisa infantil, en la manera en que el pequeño ladeaba la cabeza al hablar, que le provocó un vuelco inexplicable en el pecho. Era como ver una fotografía antigua de Federico cuando apenas comenzaba la escuela primaria.

—Hola, pequeño... —murmuró Martina por puro instinto, regalándole una sonrisa cálida y espontánea.

Valentina se interpuso con elegancia pero con la firmeza de un escudo de acero, tomándole la otra mano a Theo y dedicándole a la recién llegada una mirada evaluadora que no dejaba pasar ni el aire.

—Con permiso. El niño tiene una agenda privada —cortó Valentina con frialdad impecable, guiando a Theo hacia el salón reservado antes de que la joven pudiera hacer una sola pregunta.

Martina se quedó en el pasillo, con el ceño fruncido y el corazón latiéndole con una extraña inquietud. ¿Quién era ese niño? ¿Y por qué sentía que lo conocía de toda la vida?

A pocos metros, la imponente puerta de nogal de la sala de juntas se abrió de par en par.

Sofía estaba sentada a la cabecera de la mesa de cristal templado. Había dejado su abrigo crema sobre el respaldo de la silla y vestía una camisa de seda blanca y pantalones de corte sastre. Su cabello caía pulcro sobre sus hombros. Delante de ella descansaban dos carpetas de cuero repujadas con el escudo dorado del consorcio petrolero Del Valle. Su postura era la de una reina esperando a un emisario.

Federico entró, seguido de Gabriel y Bruno.

Sus miradas volvieron a encontrarse. Durante un segundo que pareció una eternidad, la máscara ejecutiva de Federico flaqueó. La recorrió con los ojos, memorizando cada detalle que el tiempo le había arrebatado: la serenidad de su cuello, la firmeza de sus labios y la ausencia rotunda de cualquier anillo en sus dedos.

—Buenas tardes —dijo Federico, tomando asiento en el extremo opuesto de la mesa, con la voz apenas controlada—. Señora Del Valle.

—Señor Albarracín —respondió Sofía con una calma desarmante—. Vayamos al grano. Mi tiempo en esta ciudad es limitado y no pretendo dilatar los asuntos corporativos.

Durante los siguientes quince minutos, Sofía expuso con una precisión quirúrgica las condiciones de la alianza energética. Habló de redes de distribución, porcentajes de participación y suministros para la cadena hotelera en Europa con una solvencia tan demoledora que Gabriel apenas podía asentir con admiración. Federico, en cambio, apenas registraba las cifras. Cada palabra técnica en los labios de Sofía era un recordatorio lacerante: ella pertenecía a un mundo que no necesitaba de nadie para brillar.

—Y por último —concluyó Sofía, cerrando la carpeta con un golpe seco que resonó en el silencio sepulcral de la sala—, el Grupo Del Valle retiene el derecho unilateral de rescisión si la administración Albarracín incumple los plazos de sostenibilidad. Si está de acuerdo con los términos, señor Albarracín, mis abogados enviarán los documentos definitivos para la firma.

Federico clavó sus ojos claros en los de ella. La frialdad de su discurso lo estaba asfixiando.

—Gabriel, Bruno... salgan —ordenó Federico con voz ronca, sin apartar la mirada de Sofía.

—Me temo que no puedo permitir eso —intervino Bruno al instante, enderezándose en su silla con hostilidad abierta—. Soy el director de enlace de la señora Del Valle y...

—Salgan —repitió Federico, y esta vez el tono del CEO acostumbrado a mover montañas resonó con una intensidad peligrosa—. Ahora.

Bruno miró a Sofía, esperando una negativa. Pero ella no bajó la guardia ni un milímetro. Mantuvo la barbilla en alto, miró a su amigo y asintió apenas con la cabeza.

—Espérame afuera, Bruno. El señor Albarracín y yo podemos cerrar esta última cláusula a solas.

Gabriel tomó del brazo a un reacio Bruno y ambos abandonaron la sala. El chasquido de la cerradura electrónica al cerrarse pareció cortar el último lazo con el mundo exterior.

El silencio cayó pesado, espeso, cargado de cinco años de palabras no dichas.

Federico se puso de pie lentamente, rodeó la mesa y se detuvo a escasos centímetros de donde ella permanecía sentada. Su mirada ya no era la del magnate calculador; era la de un hombre al borde del abismo.

—¿Cuánto tiempo ibas a ocultármelo, Sofía? —preguntó él con la voz completamente rota, inclinándose levemente hacia ella—. ¿Cuánto tiempo pensabas esconder que tenemos un hijo?

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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