Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 23
El automóvil de la matriarca cruzó las imponentes rejas de hierro de la propiedad a media mañana. Valeria Rossi, la madre de Damián, había decidido visitar la residencia tras semanas de ausencia. Desde aquella distante cena de presentación, no había vuelto a ver a la joven que llevaba en su vientre al futuro heredero de la dinastía, y la marcada frialdad de su hijo la obligaba a intervenir directamente.
Tras saludar con elegancia en el vestíbulo principal, Valeria caminó con paso sobrio hacia el despacho presidencial del Alfa. Al entrar, encontró a Damián de pie junto al gran escritorio de caoba, revisando una serie de balances corporativos con el semblante serio y concentrado.
—Buenos días, hijo —saludó Valeria, acomodándose el abrigo sobre los hombros mientras se acercaba.
Damián alzó la vista, sorprendido por la visita, y dejó los documentos sobre la mesa antes de rodear el escritorio para darle un breve beso en la mejilla.
—Madre... qué sorpresa. No me dijiste que vendrías.
—Si no vengo yo, no vas a visitarnos jamás —respondió Valeria con un suspiro de suave reproche, sentándose en uno de los sillones de piel—. Y cómo va el embarazo —preguntó Valeria, clavando sus ojos inquisitivos en los de su hijo.
—Va bien, madre —respondió Damián con voz pausada y neutra.
—El tiempo ha pasado bastante rápido, Damián. Si no vengo aquí, no vas a visitarnos y ya sabes cómo es tu abuelo con estos temas —recalcó la mujer, observando la rigidez en la postura del Alfa.
—No tengo tiempo —cortó él con frialdad, sirviendo un vaso de agua mineral.
Valeria miró alrededor del amplio despacho, notando la ausencia de movimiento en la casa principal.
—Por cierto, ¿en dónde está Victoria? —preguntó la mujer, entornando los ojos.
—En Francia —respondió Damián de inmediato, dejando escapar un suspiro de fastidio—. Y mejor así, está insoportable.
Valeria negó con la cabeza, esbozando una mueca de franca empatía hacia su nuera.
—Es normal, hijo. Victoria es tu mujer, y le has metido a una chica en casa que encima lleva a tu hijo. No has pensado en Victoria... ella no puede darte un hijo y le duele que tal vez te fijes en esa chica —dijo Valeria con tono maternal pero tajante.
En ese preciso instante, Cassandra caminaba por el pasillo del piso superior hacia la oficina. Llevaba en sus manos una pequeña carpeta con las recetas médicas que la doctora de la clínica *Valentin* le había entregado esa mañana para que Damián las autorizara. Al aproximarse a las dobles puertas de madera, que se encontraban entornadas un par de centímetros, la joven escuchó las voces en el interior y se detuvo por instinto.
—Entre Cassandra y yo no hay nada, madre. Es solo paranoia de Victoria —dijo Damián con esa voz grave, firme y desprovista de cualquier tibieza que lo caracterizaba—. Ella lleva a mi heredero.
Cassandra sintió una punzada helada en el pecho al escuchar su propio nombre pronunciado con semejante desapego.
—¿Crees que ella te va a entregar al bebé cuando nazca? —repuso la voz de Valeria con escepticismo—. Las madres nos encariñamos con los hijos, Damián... será difícil que lo deje.
La rabia y la humillación, acumuladas durante semanas de acusaciones, amenazas de doña Beatriz y desprecio silencioso, estallaron en la mente de Cassandra. Cansada de ser tratada como una amenaza y de escuchar cómo debatían sobre su destino como si fuera un objeto sin alma, la joven empujó la puerta de golpe, haciendo resonar la madera contra la pared.
—No se tiene que preocupar por eso, señora —dijo Cassandra, entrando a la oficina de Damián con la mirada encendida en fuego puro y la espalda erguida.
Damián y su madre se giraron bruscamente, petrificados por la interrupción.
—Cassandra... —pronunció Damián, dando un paso al frente con el rostro ensombrecido por la sorpresa.
—Estoy cansada de que me estén acusando todo el tiempo y amenazando también a mis padres —soltó la joven, con la voz temblando por la furia contenida pero llena de una dignidad aplastante—. Así que me voy de esta mansión. Cuando el bebé nazca te lo entrego, ya que soy un recipiente y firmé un contrato.
Sin darles tiempo a reaccionar ni a pronunciar una sola palabra más, Cassandra tiró la carpeta sobre la mesa, dio media vuelta con la barbilla en alto y salió furiosa del despacho, haciendo resonar sus pasos acelerados por el pasillo de mármol mientras el silencio helado caía como una guillotina sobre Damián y su madre.
El eco de la puerta al azotarse retumbó en la inmensidad de la oficina ejecutiva. El aire dentro del despacho quedó helado, espeso y cargado de una tensión ahogante.
Valeria se puso de pie bruscamente, llevándose una mano al pecho mientras miraba la puerta por la que Cassandra acababa de desaparecer.
—¡Qué insolencia! —exclamó la matriarca, con los ojos bien abiertos por la estupefacción—. ¡¿Viste cómo te habló, Damián?! ¡Te lo dije, esa chica no tiene modales y solo...!
—¡Basta, madre! —rugió Damián con una fuerza que hizo vibrar los ventanales de la estancia.
El Alfa se giró hacia ella con la mirada encendida en un tono oscuro y salvaje, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La sola insinuación de que Cassandra fuera la culpable quebró la última fibra de autocontrol que le quedaba.
—¿No te das cuenta de lo que acabas de hacer? —siseó el Alfa, acercándose a su madre con una presencia tan imponente que Valeria dio un paso atrás, sobrecogida—. Te pedí que no vinieras a meterte en mis asuntos. Cassandra no es una sirvienta ni un objeto de discusión para la familia. ¡Es la mujer que lleva a mi heredero!
—Damián, yo solo decía la verdad sobre el contrato...
—¡Sal de mi casa, madre! —ordenó Damián, señalando la salida con una frialdad inapelable—. Y no vuelvas a poner un pie aquí hasta que entiendas cuál es tu lugar.
Valeria se quedó sin aliento, dolida y humillada por la reacción de su hijo. Apretó los labios, tomó su abrigo y su bolso de diseñador, y abandonó el despacho a pasos apresurados, sintiendo por primera vez el verdadero peligro de desafiar la voluntad del Alfa cuando se trataba de esa mujer.
En el ala sur, Cassandra irrumpió en la casa de huéspedes con el corazón latiéndole a mil por hora y las lágrimas de rabia contenida nublándole la vista.
—¡Mamá! ¡Papá! —llamó Cassandra, dirigiéndose a toda prisa hacia las habitaciones.
Doña Elena salió de la cocina con un paño en las manos, asustada por el tono de voz de su hija, seguida por don Mateo.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Te sientes mal? ¿Le pasó algo al bebé? —preguntó la anciana, tomándola del rostro con preocupación.
—No, mamá, el bebé está bien. Pero nos vamos —dijo Cassandra con voz tajante, mientras abría el armario y sacaba las dos maletas pequeñas con las que habían llegado meses atrás—. Recojan sus cosas. Nos regresamos a nuestra casa ahora mismo.
—Cassandra, hijita, cálmate —pidió don Mateo, poniendo sus manos sobre los hombros de su hija para frenar sus movimientos frenéticos—. ¿Qué ocurrió? El señor Rossi dijo que estaríamos seguros aquí...
—¡El señor Rossi solo ve esto como un negocio, papá! —estalló Cassandra, dejando caer la maleta sobre la cama y mirándolo con los ojos empañados en llanto—. Estoy harta de que su madre, su esposa y su suegra me traten como a un animal que compraron en una subasta. No voy a permitir que sigan humillándolos a ustedes ni que hablen de mí como si fuera basura. Cumpliré con el contrato, le entregaré al bebé cuando nazca, pero no me quedaré un solo día más encerrada en esta jaula de oro.
Doña Elena y don Mateo intercambiaron una mirada llena de dolor y orgullo. Sabían el sufrimiento silencioso que su hija había llevado sobre sus hombros para salvar la vida de la familia. Sin cuestionar más, Elena abrazó a Cassandra con fuerza.
—Está bien, mi niña. Nos vamos a casa. Tu dignidad vale más que todas las riquezas de esta gente.
Diez minutos después, la puerta principal de la casa de huéspedes se abrió de par en par.
Damián cruzó el umbral a pasos agigantados, con el saco desabrochado y la mirada fija en el salón. Al ver a Marcos parado en la entrada, visiblemente incómodo, y a Cassandra junto a sus padres con las maletas hechas a un lado, el Alfa sintió que el suelo se le hundía bajo los pies.
—¿Qué significa esto? —demandó Damián con una voz grave, baja y cargada de una posesividad reprimida.
Cassandra dio un paso al frente, interponiéndose entre el Alfa y sus padres. Vestía su ropa sencilla de antes, manteniendo la espalda erguida y sosteniéndole la mirada sin un solo rasgo de temor.
—Significa lo que escuchó en su oficina, señor Rossi —respondió ella con una frialdad de hielo—. Nos vamos. Volveré a mi casa con mis padres.
—Tú no te vas a ninguna parte —sentenció Damián, dando dos pasos hacia ella e invadiendo su espacio—. Firmaste un contrato. Tu lugar durante la gestación es en esta propiedad, bajo mi cuidado y supervisión médica.
—En el contrato dice que debo garantizar la salud del bebé y entregárselo al nacer —mencionó Cassandra, sacando de su bolsillo una copia doblada del documento y mostrándosela—. No dice en ninguna cláusula que deba soportar las humillaciones de su madre, las amenazas de su suegra o las infamias de su esposa. Puedo acudir a la clínica para cada chequeo semanal desde mi casa. No necesito sus lujos ni su mansión.
Damián apretó los dientes, sintiendo cómo el gruñido del Alfa luchaba por salir de su garganta. Verla lista para marcharse, rechazando su protección y su imperio con el mentón en alto, provocaba en él un tormento insoportable.
—No voy a permitir que te lleves a mi hijo a ese barrio —siseó el Alfa, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a centímetros.
Cassandra alzó la barbilla, clavándole sus ojos marrones sin parpadear.
—El bebé va a donde voy yo, señor Rossi —sentenció la joven en un susurro firme y demoledor—. Porque hasta el día en que nazca, este "recipiente" es lo único que mantiene con vida a su heredero. Y si intenta detenerme por la fuerza frente a mi familia, le juro por la memoria de mi abuela que no volverá a saber de mí ni de su hijo.
Damián se quedó paralizado. Por primera vez en su vida, el hombre más poderoso e implacable de la ciudad se encontró acorralado, no por un rival corporativo ni por una amenaza armada, sino por la determinación indomable de la mujer que llevaba su sangre en las entrañas.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏