Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Capítulo 13
Lo mejor se guarda para el final
—¿Emilia?
Alejandro intentó serenarse antes de hablar.
—¡Ven a ayudarme, por favor!
Ella hablaba entre sollozos.
—Estoy abajo, frente al edificio. ¡Los periodistas no me dejan pasar! Tengo miedo.
—Voy por ti.
Alejandro tomó el saco y salió de inmediato.
—¡Señor, no!
Andrés intentó detenerlo.
—Mande a los guardaespaldas. Si baja usted, también lo van a rodear.
Alejandro no vaciló.
* * *
—¡Señorita Rivas! ¿Para cuándo es la boda?
—Dicen que usted y el señor Montenegro se conocen desde niños. ¿Desde hace cuántos años?
—¿Qué piensa de su exesposa? ¿Es verdad que ella se metió en su relación?
Las cámaras y los micrófonos casi le golpeaban el rostro a Emilia. Aunque los guardaespaldas intentaban protegerla, la situación era caótica.
Ella parecía asustada y frágil.
Por dentro, estaba encantada.
Había sido ella quien les pidió a los medios que anunciaran la boda. También había difundido las acusaciones contra Clara.
Aquella mujer se había quedado con la pulsera que Emilia quería y se había atrevido a humillarla. Ahora iba a convertirla en la amante a la que todos despreciaran.
—Gracias por su interés. Cuando tengamos una fecha, serán los primeros en saberlo.
Les ofreció a las cámaras una sonrisa que pretendía ser dulce e inocente.
—Sobre Clara, la exesposa del señor Montenegro, sé muy poco. Por favor, dejen de atacarla. Ya no están juntos. Permítanle vivir tranquila.
La respuesta solo despertó más interés.
Los periodistas se acercaron aún más. Emilia retrocedió como si estuviera aterrada.
Entonces un cuerpo firme se colocó a su lado. Alejandro le rodeó los hombros y la llevó rápidamente hacia la entrada.
—Por fin llegaste —murmuró ella, con los ojos húmedos.
Él mantuvo la mandíbula tensa y no respondió.
De pronto se detuvo y miró alrededor.
Tenía la extraña sensación de que Clara estaba cerca, observándolo todo.
Pero era imposible.
Una cámara de seguridad junto a la entrada se movió apenas.
En su oficina, Valeria miraba la transmisión en la pantalla.
Había visto cada gesto: Alejandro protegiendo a Emilia, llevándola entre sus brazos, Emilia pegada a su cuerpo.
Decir que no le dolía habría sido mentirse.
—Siempre la proteges a ella. ¿Alguna vez hiciste eso por mí?
A Valeria se le enrojecieron los ojos.
Dos años antes, en una noche de lluvia y viento, ella también lo había llamado. Tenía tanto dolor que creyó que iba a morir.
Sabía que él no aparecería. Ni siquiera esperaba eso. Solo quería que contestara.
Lo único que recibió fue el aviso de que su teléfono estaba apagado.
Le había entregado tres años de su vida y todo su amor. Para él, solo había sido una forma de cumplir con su abuelo mientras esperaba a otra mujer.
No había valido la pena.
Alejandro era el mayor error de su vida.
Llegaron más mensajes al grupo familiar.
Mateo: «Vale, tu ex acaba de cambiar al director del Diario de Santa Aurelia. Parece que su novia publicó la noticia sin que él lo supiera.»
Valeria escribió:
«Están juntos. Lo que hace ella también lo compromete a él.»
Nicolás: «Exacto. Son tal para cual.»
Nicolás: «Acabo de encontrar algo importante. Te lo digo en privado.»
Cuarto hermano: «Dilo aquí.»
Nicolás: «¡No! Lo encontré yo. No se van a quedar con mi mérito. Si quieren saber algo, investíguenlo ustedes.»
Después le mandó una nota de voz a Valeria.
—Hermanita, encontré unas cosas muy interesantes sobre Emilia.
Nicolás podía parecer un fiscal que nunca se tomaba nada en serio. Pero sus hermanos conocían su habilidad para investigar y su dominio de la informática. No llegaba al nivel del cuarto hermano, pero era más que suficiente.
Ningún culpable se le había escapado.
Emilia tampoco iba a hacerlo.
En WhatsApp aparecieron varias fotografías.
Emilia, con ropa provocativa, besaba apasionadamente a un hombre de ascendencia mixta.
En dos imágenes tenía el torso desnudo y él la acariciaba.
Valeria soltó un silbido.
—Nada mal, Nicolás. ¿De dónde salieron?
—De su lista de contactos en Instagram. Sigue a cientos de personas. Llevo días revisándolas una por una, casi sin dormir. Este hombre me pareció sospechoso, así que entré en su cuenta y accedí a las fotos de su teléfono. Es entrenador personal y tiene bastantes seguidores.
—Te ganaste una cena. Esta noche te invito.
—¿Una cena sin una buena copa? Eso no sería una celebración.
—Tendrás todas las que quieras.
—Todavía no celebres. Hay algo más fuerte. Hasta yo me quedé helado.
Nicolás envió un informe médico y varias fotos del abdomen de una mujer.
Valeria se detuvo.
—¿Qué es esto?
—Emilia tuvo un hijo en Estados Unidos. Esas marcas son las estrías que le quedaron después del embarazo.
Valeria se estremeció. Amplió las imágenes y las revisó varias veces.
—No está yendo al hospital por una enfermedad —continuó Nicolás—. Va a una clínica estética para quitarse las estrías. Siempre usa sus supuestos problemas de salud como excusa.
Soltó una risa desdeñosa.
—La tecnología les facilita la vida a los que quieren ocultar cosas. En mis investigaciones he visto pruebas de paternidad cambiadas y cirugías para reconstruir el himen. Es la primera vez que me encuentro con esto de borrar estrías.
Hizo una pausa.
—Eso me hace pensar que todavía no se ha acostado con Alejandro. Si hubiera visto su cuerpo, quizá habría descubierto el secreto.
Valeria sintió un alivio que no esperaba.
—Menos mal.
—¡¿Menos mal?! —estalló Nicolás—. ¿Ahora hay engaños aceptables y engaños que no? Vale, te están sirviendo algo podrido y tú buscas una razón para tragártelo.
Le preocupaba que su hermana siguiera sintiendo compasión por Alejandro. Le dieron ganas de ir a sacudirla hasta que reaccionara.
Valeria soltó una risa cansada.
—No me entendiste. No quiero volver con él. Solo digo que, si no se acostó con ella mientras estaba casado conmigo, al menos me da un poco menos de asco.
—Pues ahora le toca enterarse de que lo están engañando.
Nicolás habló con rabia.
—Se lo merece. Tenía a mi hermana, la hija de la familia más rica de Puerto Claro, una mujer hermosa e inteligente. Y prefirió a una farsante que se fue al extranjero y volvió vendiéndole una mentira.
—Así es Alejandro. No hay fortuna capaz de cambiar lo que quiere.
Valeria sonrió con frialdad, aunque algo le dolió por dentro.
Había amado a aquel hombre durante trece años. Necesitaba tiempo para dejar atrás todo lo que sentía.
Pero no iba a volver a elegirlo.
—Ella te está atacando. Publiquemos esto y démosle una buena lección —propuso Nicolás.
Estaba impaciente por poner fin a las maniobras de Emilia.
Valeria entrecerró los ojos y sonrió.
—Desde niña tengo una costumbre: guardar lo más rico para el final.
Su voz se volvió firme.
—La mejor carta se juega cuando más daño puede hacer.