●Secuela De La Novela: {Tu Guardián Sádico}.
●Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
●Separados por el engaño, la ambición y los hilos de poder de la poderosa dinastía Courteney, el tierno omega puro Cyrus se ve obligado a huir a los Hamptons para proteger el futuro de su alfa, llevando en su vientre el fruto de su amor en solitario. Durante tres largos años, Cyrus sufre la agonía de un nido vacío, consumido por la melancolía y el aislamiento de su jaula de oro, con su pequeño cachorro Cassian como único ancla para seguir adelante.
Mientras tanto, en Suiza, el desamparado alfa huérfano del pasado se ha transformado en Ethan Blackburn: un colosal, implacable y sádico magnate corporativo que ha levantado un imperio de acero para llenar el vacío de su ausencia. Armado con informes confidenciales y movido por un instinto territorial indomable, Ethan descubre la verdad sobre el sacrificio de su omega y planea una emboscada quirúrgica en Manhattan. No va a negociar.
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Capítulo 19: El rugido del verdugo
Capítulo 19: El rugido del verdugo
Novela: El Secreto De La Golondrina.
Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
Mientras el jet privado de las Corporaciones Blackburn cruzaba la inmensidad del océano Atlántico, en el continente americano el tiempo se detuvo para dar paso a una furia sin precedentes.
En la suntuosa villa de los Hamptons, la paz se quebró de manera definitiva a las cuatro de la tarde. Marisol entró a la biblioteca principal a paso veloz, con el rostro inusualmente pálido y el teléfono encriptado de la firma Courteney temblando en su mano. Al verla, Cedric, que se encontraba limpiando un rifle de caza junto al gran ventanal, se puso de pie de inmediato, alertado por las feromonas agrias de alerta que su hermana mayor desprendía.
—¿Qué pasa? —exigió Cedric, su aroma volcánico comenzando a densificarse en el espacio.
—Se llevaron a Cyrus —soltó Marisol, con la voz helada—. Emboscaron el perímetro exterior del invernadero botánico. Los guardias fueron neutralizados con bloqueadores de señal. No hay rastro de la camioneta, ni de Cyrus... ni del bebé.
El aire de la biblioteca se volvió instantáneamente irrespirable. Detrás del escritorio de caoba, la imponente figura de Louie Courteney se irguió con una lentitud que heló la sangre de sus propios hijos. A sus cuarenta y siete años, el patriarca de la dinastía desprendió un aroma tan masivo, pesado y asfixiante a madera ahumada y cuero que las maderas del techo parecieron crujir bajo la presión territorial. Sus ojos oscuros, fijos y dominados por un egocentrismo sádico, se dilataron por completo. Alguien había osado romper el blindaje de su imperio. Alguien se había atrevido a tocar a su golondrina predilecta y a su nieto omega puro.
—Quiero todas las agencias de seguridad de Manhattan desplegadas ahora mismo —la voz grave, rasposa y profunda de Louie resonó como un trueno en la mansión—. Cierren los aeropuertos. Bloqueen los puertos. Si ese bastardo sigue en Nueva York, quiero que quemen la ciudad hasta que aparezca.
Bahir entró a la habitación en ese instante, con el rostro bañado en lágrimas y las manos apretadas contra su pecho, buscando el consuelo de su alfa ante la desaparición de su cachorro. Louie caminó hacia su omega y lo envolvió en un abrazo colosal, posesivo y protector, prometiéndole con una mirada sádica que el responsable pagaría con cada gota de su sangre.
Sin embargo, las alertas de la firma Courteney comenzaron a reportar datos contradictorios en cuestión de minutos. Los cartógrafos cibernéticos de Marisol detectaron señales duplicadas de la camioneta blindada moviéndose simultáneamente hacia Long Island y las zonas boscosas del norte del estado.
—Están jugando con nosotros, papá —escupió Cedric, golpeando la mesa con rabia, sus feromonas de alfa dominante exigiendo cacería—. Es una estrategia corporativa. Esto no lo hizo un delincuente común.
Le tomaría a la inteligencia de la dinastía casi tres horas completas rastrear el desvío informático y descubrir el hangar privado en Nueva Jersey. Para cuando las camionetas blindadas de Cedric y Marisol destrozaron las puertas del aeródromo, la pista estaba completamente vacía. El jet de las Corporaciones Blackburn ya se encontraba a miles de pies de altura, fuera del espacio aéreo estadounidense.
A bordo del avión, el silencio de la suite privada fue interrumpido por el sonido de la puerta acristalada al deslizarse. Ethan Blackburn entró al espacio, habiéndose despojado finalmente de su abrigo de paño negro. Vestía únicamente su camisa gris con los primeros botones desabrochados y el chaleco ajustado a su imponente anatomía.
Al cruzar el umbral, los ojos oscuros del magnate se fijaron en la inmensa cama. Una sonrisa fría, ladina y cargada de una retorcida satisfacción sádica se dibujó en sus labios al presenciar la escena: Cyrus había destrozado las mantas de seda y las almohadas para edificar un nido biológico improvisado en mitad de la habitación. Allí, ovillado en el centro del caos de telas, el joven omega de veintiséis años mantenía al pequeño Cassian pegado a su pecho desnudo, temblando levemente ante la presencia del depredador.
Ethan caminó con lentitud hacia el borde de la cama. El aroma en la suite era una mezcla embriagadora y densa; las clavelinas de mar de Cyrus, preñadas de sumisión, se fundían con el dulce perfume a manzanilla del cachorro de dos años, pero todo el espacio ya estaba siendo reclamado por el dominante pino negro y la lluvia de tormenta del magnate.
—Huele exquisito aquí dentro, mi bella golondrina —susurró Ethan, con su voz grave y rasposa arrastrándose por el nido—. Veo que tu cuerpo recuerda perfectamente a quién le perteneces, por mucho que tu dinastía intente negarlo.
Cyrus alzó la mirada, con los ojos claros empañados en lágrimas, aferrando con más fuerza el cuerpo dormido de Cassian.
—Ethan... mi padre no se va a quedar de brazos cruzados —advirtió Cyrus en un sollozo ahogado, sintiendo el magnetismo biológico de su alfa doblegar sus últimos destellos de resistencia—. Louie va a encontrar este avión. Destruirá tu imperio, te quitará todo lo que tienes... No sabes de lo que es capaz el verdugo de Manhattan cuando le arrebatan lo que es suyo.
Ethan Blackburn soltó una risa ronca, gélida y flemática, arrodillándose sobre el colchón para acortar la distancia. Estendió su mano texturizada y comenzó a acariciar los cabellos revueltos de su hijo Cassian, impregnándolo con su firma aromática, antes de deslizar sus dedos por la clavícula expuesta de Cyrus.
—Que lo intente tu padre, Cyrus —declaró el magnate, y sus ojos oscuros centellearon con la locura posesiva de un alfa que ha esperado tres años por este momento—. Ya no estamos en su territorio. Nos dirigimos a Ginebra, a mi propia fortaleza de piedra y acero. Si Louie Courteney quiere una guerra biológica y corporativa por este nido, la va a tener. Pero de mis brazos, mi golondrina, no te vuelve a sacar ningún imperio de oro.