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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 12

El fin de semana se sintió como un oasis suspendido en el tiempo, un sueño difuso y perfecto del que, honestamente, no quería despertar jamás. Estar encerrada en mi nuevo departamento, desempacando cajas a medias pero con una extraña ligereza en el pecho, había sido una tregua bendita. Sin embargo, el lunes por la mañana llegó sin piedad, y la realidad me golpeó con la fuerza de un balde de agua fría en el instante exacto en que crucé las imponentes puertas de cristal giratorias de Mega-Market Prime.

El bullicio habitual del piso de ventas, el olor a café comercial y el murmullo de los primeros clientes me envolvieron como una marea abrumadora. Ponerme el uniforme gris opaco de la tienda y abrocharme el gafete plástico que me identificaba como "Elena - Ingeniera Asociada" me costó muchísimo más trabajo que de costumbre. Sentía que esa ropa me aprisionaba. El recuerdo de los labios firmes y cálidos de Aksel moviéndose contra los míos, la textura de su chaqueta de cuero bajo mis dedos y, sobre todo, la promesa rotunda que me había susurrado en la penumbra del jardín interior del restaurante seguían demasiado frescas, vibrando a flor de piel de una manera casi escandalosa.

*«Pies en la tierra, Elena. Por favor, mantén los pies en la tierra»*, me repetí a mí misma en un susurro mental que sonó más bien a súplica, mientras aferraba con fuerza mi tableta de trabajo y comenzaba a bajar los escalones de hormigón hacia el taller del sótano.

La barandilla de metal se sentía fría bajo mi mano, un recordatorio perfecto del entorno en el que me encontraba. Ambos lo habíamos hablado muy seriamente: debíamos ser profesionales por encima de cualquier otra cosa. Un solo paso en falso, un simple rumor o un escándalo en los pasillos de la empresa no solo arruinaría por completo el lanzamiento del proyecto de cáñamo industrial, sino que destruiría mi reputación profesional en un parpadeo. En el mundo corporativo, las mujeres siempre pagamos el precio más alto por este tipo de deslices.

La mañana transcurrió de manera lenta y pesada, sumergida entre densas bases de datos de laboratorio, gráficas de rendimiento y análisis minuciosos de las muestras de fibras textiles que Martínez me había exigido revisar. El taller estaba en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el zumbido constante de los extractores de aire. Intentaba mantener la mente ocupada en las fórmulas químicas del cáñamo, pero mis pensamientos siempre traicionaban mi concentración, regresando en bucle al viernes por la noche.

A las once en punto, el eco característico de unas zancadas pesadas, rítmicas y decididas resonó en la escalera metálica del fondo. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí el impacto directo en la garganta.

La puerta de seguridad se abrió y Aksel entró al taller. No venía solo; lo acompañaban dos de los directores principales del área de finanzas de la corporación, hombres de trajes oscuros y expresiones severas que venían haciendo anotaciones en sus carpetas. Aksel venía impecable, luciendo un traje gris plomo hecho a la medida que resaltaba su imponente físico y su porte atlético. Llevaba esa expresión indescifrable, seria y completamente distante que solía usar para los negocios de alta categoría. Parecía un hombre intocable, un extraño.

—Buenos días, ingeniera —dijo al detenerse frente a mi mesa de diseño. Su voz sonó profunda, modular y con una formalidad tan pulcra que no se parecía en absolutamente nada a la voz ronca, cálida y necesitada con la que me había hablado bajo la luz del porche de mi edificio.

—Buenos días, señor Larsson. Caballeros —respondí de inmediato, forzando a mi espalda a mantenerse completamente recta. Extendí los últimos reportes técnicos que había impreso sobre la superficie de madera, obligando a mis manos a no temblar ni un milímetro.

Lo que siguió durante los siguientes veinte minutos fue un ejercicio de autocontrol puro, casi doloroso. Mientras Aksel discutía con los directores financieros los márgenes de costos de producción, los tiempos de entrega y la viabilidad técnica de la maquinaria, yo me concentraba con una fijeza casi ridícula en las esquinas de los papeles, en los números de las gráficas, en cualquier cosa que me impidiera mirar directamente sus labios o perderme en la inmensidad de sus ojos.

Sin embargo, la fachada perfecta que habíamos ensayado se tambaleó en una fracción de segundo. En un breve instante en que los dos directores financieros se giraron de espaldas para revisar unas muestras físicas colgadas en el perchero del fondo, Aksel aprovechó la oportunidad. Dio un paso imperceptible hacia adelante y me miró fijamente. Sus ojos azules brillaron con una intensidad cómplice, traviesa y cargada de un calor privado que me recorrió la espina dorsal. Antes de apartar la vista, me dedicó una sonrisa diminuta, casi invisible para el resto del mundo, pero que a mí me encendió la piel por completo. Fue un juego de milisegundos, un secreto compartido en mitad de una reunión ejecutiva, pero resultó más que suficiente para dejarme completamente sin aliento y con el pulso acelerado.

El verdadero problema de jugar con fuego en el trabajo fue que no estábamos tan solos como ilusamente pensábamos.

Al fondo del taller, en la esquina más oscura del área técnica y semioculto detrás de unas estanterías metálicas, se encontraba Marcus. Estaba acomodando de manera pausada unas pesadas cajas de herramientas, pero su atención no estaba en los destornilladores. Marcus era un hombre mayor, de cabello canoso y pocas palabras, sumamente observador y calculador; llevaba más de quince años en la corporación y conocía perfectamente cada rincón y cada comportamiento extraño del personal.

Al levantar la vista de mi reporte, me congelé al notar que Marcus nos estaba observando con una fijeza analítica. Vi cómo su mirada astuta viajaba de Aksel hacia mí de un tirón, escaneando con precisión el lenguaje corporal de ambos. Analizó el ligero pero evidente rubor que acababa de teñir mis mejillas, la tensión inusual en mis hombros y, peor aún, la forma en que los dedos de Aksel se habían demorado un segundo de más, rozando los míos de manera sutil, al recibir los papeles de mi mano. Marcus no pronunció una sola palabra, pero entrecerró los ojos con una clara desconfianza, asintió para sí mismo con un gesto hosco y anotó algo de forma rápida en su tableta digital. Una punzada de puro nerviosismo y pánico helado me recorrió la espalda. Nos había descubierto un cabo suelto.

Cuando los ejecutivos de finanzas y Aksel finalmente firmaron los documentos y se retiraron del sótano, el taller recuperó de inmediato su silencio sepulcral, aunque ahora el aire se sentía mucho más denso.

Me apoyé pesadamente contra el borde de la mesa de corte, cerrando los ojos y soltando de golpe una bocanada de aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo en los pulmones. Mis piernas se sentían débiles. La frágil fachada de jefe y empleada podía funcionar hacia el exterior para los directores que venían de paso, pero la química y la atracción que existían entre nosotros ya eran una corriente eléctrica demasiado fuerte y evidente como para contenerla en un espacio cerrado. Las miradas nos estaban delatando frente a las personas que convivían con nosotros a diario, y el peligro real de que nuestro secreto saliera a la luz antes de tiempo, destruyendo todo a su paso, acababa de empezar.

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