Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.
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CAPÍTULO 2 Una flor para el extraño
La cocina de la casita olía a manzanilla y a jabón suave.
Sobre la mesa de madera, envuelto en un trapo viejo de cocina, el gatito temblaba un poco menos. La abuela Rosa le había limpiado el ojo herido con agua tibia y una gasa, le había dado un poco de leche tibia con un cuentagotas, y ahora Lucía estaba sentada frente a él, quieta como una estatua, mirándolo respirar sin parpadear.
—Se va a poner bueno —dijo la abuela, secándose las manos en el delantal—. Es chiquito, pero fuerte. ¿Cómo le llamamos?
Lucía tardó un buen rato en responder. Primero pasó un dedo muy suave por el lomo grisáceo del animalito, luego bajó la mirada, pensando despacio, como si todas las palabras del mundo tuvieran que pasar por su cabeza una por una antes de elegir la correcta.
—Mota —dijo por fin, muy segura—. Se llama… Mota.
La abuela sonrió. Le pareció el nombre más perfecto del mundo.
—Mota está bien. Mota se quedará con nosotros, entonces. Pero tú tienes que ayudarme a cuidarlo, ¿de acuerdo? Sin correr, sin apretarlo mucho.
Lucía asintió tres veces, muy seria. No iba a fallarle.
Esa mañana transcurrió lenta, como todas las mañanas de Lucía. Ella se sentó en el suelo junto a la caja donde dormía Mota, le hablaba en susurros con frases cortas, y de vez en cuando le acariciaba la cabeza con un solo dedo. La abuela lavaba ropa en el patio, de vez en cuando entraba a mirarlas, y siempre que lo hacía sentía ese nudo en el pecho que sentía desde hacía años: la niña era tan buena, tan pura, tan frágil… ¿qué sería de ella cuando ella ya no estuviera?
Mientras tanto, en la entrada del pueblo, un camión viejo de madera levantaba polvo.
Iba conduciendo Don Humberto, el carpintero, y a su lado viajaba Julián. Tenía dieciséis años, el pelo negro revuelto que se caía sobre los ojos, una chaqueta de cuero negra que no combinaba con nada del lugar, y una expresión seria, cerrada, como si todo lo que le rodeaba le aburriera profundamente. Venía de la ciudad. Su madre lo había mandado con su tío para que “aprendiera a trabajar y enderezara el camino”, después de que se metiera en problemas una vez más con los chicos del barrio. Julián no quería estar ahí. Para él, ese pueblo de casas chicas y calles de tierra era el peor castigo del mundo.
—Aquí es —dijo Don Humberto, deteniendo el camión frente a una casa de madera al lado de la plaza—. Tu habitación es arriba. Te acomodas, y luego bajas a ayudarme a descargar la madera. Tenemos trabajo para todo el verano.
Julián solo gruñó. Bajó del camión de un salto, se echó la mochila al hombro y miró a su alrededor con desdén. Un perro dormía en medio de la calle. Una anciana regaba plantas en un porche. Un grupo de niños corría gritando hacia la escuela. Todo iba lento. Demasiado lento.
—Un verano eterno —murmuró para sí mismo, subiendo las escaleras de dos en dos.
Pasaron las horas. Julián ayudó a su tío a bajar tablas y tablones, a acomodarlas en el taller, a limpiar herramientas oxidadas. El sol subió en el cielo, calentando fuerte, y el chico se quitó la chaqueta, dejando ver los brazos delgados y un tatuaje pequeño y mal hecho en la muñeca izquierda. No hablaba mucho. Respondía con monosílabos a todo lo que le decía su tío. Pensaba en sus amigos, en la ciudad, en todo lo que se estaba perdiendo por culpa de un error estúpido.
Hacia la tarde, cuando el sol empezó a bajar, Don Humberto le dijo que podía salir a caminar un rato, que se conociera el pueblo. Julián aceptó de mala gana. Se puso la chaqueta otra vez, se metió las manos en los bolsillos y empezó a andar sin rumbo, pasando por la tienda de Doña Clotilde, por la iglesia pequeña, hasta llegar a la plaza.
Ahí estaba ella.
Lucía estaba sentada en el bordillo de un jardincito lleno de margaritas blancas y amarillas. Mota dormía plácidamente sobre su falda, envuelto en el mismo trapo de cocina. Ella no hacía nada. Solo miraba las flores. O mejor dicho: las estudiaba. Se inclinaba de vez en cuando, soplaba suavemente sobre los pétalos, y sonreía sola, como si las flores le contaran secretos que nadie más podía oír.
Julián se detuvo a unos pasos. La miró un momento, sin saber muy bien por qué no seguía caminando. Había oído a su tío mencionarla en la mañana: “Ahí vive la Lucía, pobrecita. Tiene ocho años pero la mente va mucho más despacio. La cuida la abuela Rosa”. Él no había prestado atención en ese momento. Pero ahora, viéndola ahí, tan quieta, tan ajena a todo, sintió una curiosidad extraña.
No era lástima. Era algo distinto. Algo que no podía nombrar.
Lucía levantó la vista justo en ese momento.
Lo vio. Un chico alto, ropa rara, cara seria, mirada dura. Nunca lo había visto antes. Era un extraño. Pero ella no sintió miedo. No sabía sentir miedo de las personas, a menos que le gritaran. Lo miró a los ojos un buen rato, sin desviar la mirada, sin sonreír todavía, solo observándolo como lo hacía con todo: despacio, detalle por detalle.
Julián se sintió incómodo. Iba a seguir caminando, a fingir que no la había visto, cuando ella se movió.
Con mucho cuidado, sin despertar a Mota, se inclinó hacia el jardín. Buscó entre las margaritas la más grande, la más abierta, la que tenía todos los pétalos perfectos. La agarró por el tallo con dos dedos, muy suave, para no romperla. Luego se levantó de un movimiento lento, como si el aire fuera espeso y costara moverse dentro de él.
Caminó hacia él.
Paso a paso. Sin prisa. Julián se quedó quieto, paralizado, sin entender qué estaba pasando. Nadie se le acercaba así en la ciudad. Nadie lo miraba sin juicio, sin miedo, sin pedirle nada.
Ella se detuvo justo frente a él. Tuvo que levantar mucho la cabeza para mirarlo a la cara, porque él era mucho más alto. Guardó silencio unos segundos más, buscando las palabras en su cabeza, pero al final decidió que no hacía falta ninguna.
Extendió la mano.
Le puso la margarita blanca, con el tallo verde y el corazón amarillo, justo en la palma de su mano derecha.
Y entonces sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, dulce, sin dobleces, sin intereses. Una sonrisa que decía: *toma, es para ti, porque sí*. No dijo “hola”. No dijo “cómo te llamas”. No dijo nada. Solo le dio la flor, sonrió, y luego se volvió despacio hacia su lugar, para volver a sentarse junto a Mota, como si nada hubiera pasado.
Julián se quedó ahí, parado en medio de la plaza, con la margarita en la mano y la boca entreabierta.
Miró la flor. Luego miró a la niña, que ya había vuelto a ignorar el mundo para seguir mirando las otras flores. Sintió algo caliente subirle por el pecho, algo que no sentía desde hacía muchísimo tiempo. Una sensación rara, suave, que le apretaba la garganta. En la ciudad nadie le daba nada sin esperar algo a cambio. Nadie le sonreía así. Nadie le regalaba una flor sin saber quién era, sin juzgarlo por su chaqueta de cuero, por su cara de pocos amigos, por los rumores que seguramente ya correrían sobre él.
Esa niña no sabía nada de él. Y aun así, le había dado lo más bonito que tenía a mano.
—Oye… —logró decir, con la voz ronca—. Espera…
Lucía se volvió otra vez. Lo miró con los ojos grandes, atentos.
Julián no supo qué más decir. Quiso darle las gracias, quiso preguntarle su nombre, quiso decirle algo que valiera la pena… pero nada salía. Solo movió la mano un poco, mostrándole que todavía sostenía la flor.
Ella entendió. Sonrió otra vez, más grande, y asintió despacio, como diciendo: *sí, es para ti, guárdala*.
Y volvió a su mundo.
Julián se quedó parado ahí muchos minutos más, hasta que el sol se ocultó un poco más y el aire se volvió fresco. Cerró la mano con cuidado alrededor del tallo, para no romperlo. Se dio la vuelta y empezó a caminar de regreso a casa de su tío, mucho más lento de lo que había llegado.
Ya no pensaba en la ciudad. Ya no pensaba en sus amigos. Ya no pensaba en lo aburrido que sería ese verano.
Solo pensaba en la niña de la plaza. En sus ojos grandes. En esa sonrisa que no le pedía nada. En la margarita blanca que ahora guardaba con cuidado entre sus dedos.
Al entrar a la casa, su tío lo miró extrañado.
—¿Qué traes ahí, muchacho? —preguntó, señalando la flor.
Julián la miró otra vez. Luego la acercó a su nariz, oliendo su perfume suave y sencillo. Por primera vez en todo el día, una sombra de sonrisa apareció en su cara seria.
—Nada —dijo, subiendo las escaleras hacia su habitación—. Solo una flor.
Cerró la puerta de su cuarto. Buscó un vaso viejo en el armario, lo llenó de agua y puso la margarita ahí, sobre la mesa de noche, junto a la ventana. Se sentó en la cama y la miró un buen rato.
No lo sabía aún. No tenía ni idea. Pero ese regalo tan pequeño, tan sencillo, tan sin importancia para cualquiera, había sido la primera cosa en muchísimo tiempo que le había hecho sentir que tal vez, solo tal vez, ese verano no sería tan malo después de todo.
Y mucho menos sabía que esa niña que caminaba despacio, que hablaba poco y que veía el mundo de una forma que nadie más entendía, iba a cambiarle la vida para siempre.