romántica
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Un lugar para respirar
Andrés volvió a abrazar a Fernanda.
Esta vez lo hizo con más calma, intentando transmitirle seguridad.
—Estoy aquí —le repetía suavemente—. No te voy a dejar sola.
Fernanda cerró los ojos.
Necesitaba escuchar aquellas palabras.
Después de todo lo que había ocurrido, necesitaba sentir que por unos minutos podía dejar de ser fuerte.
Andrés se separó un poco para mirarla.
—Todavía faltan varias horas para que Pedro salga del trabajo.
Fernanda asintió.
—Y tu hijo está de vacaciones, ¿verdad?
—Sí. Está con sus abuelos.
Andrés pensó unos segundos.
—Entonces, ¿qué te parece si nos vamos a otro lugar? Podemos sentarnos a conversar tranquilamente, donde nadie nos vea ni empiece a hablar.
Fernanda lo miró con cierta duda.
Andrés continuó:
—Vivo solo en un departamento. No quiero que pienses mal ni que sientas que estoy aprovechándome de lo que estás viviendo. Solo quiero que tengas un lugar tranquilo donde puedas descansar, comer algo y pensar con calma qué quieres hacer.
Fernanda permaneció en silencio.
Andrés agregó:
—Podemos conversar. Si quieres llorar, lloras. Si quieres quedarte en silencio, también. No tienes que decidir nada hoy.
Ella bajó la mirada.
Sabía que aceptar significaba estar a solas con Andrés.
Y eso la ponía nerviosa.
Porque la verdad era que Andrés le gustaba.
No podía seguir negándolo.
Le gustaba desde antes de que él la llevara en su camioneta.
Le gustaba su manera de hablarle.
La forma en que se preocupaba.
Pero aquello no era el momento que había imaginado.
Fernanda estaba demasiado triste.
Sentía que todo lo que había vivido con Pedro se estaba desmoronando dentro de ella.
Habían sido tantos años juntos.
Tantos recuerdos.
Tantos momentos buenos y malos.
Y ahora se preguntaba si todo aquello había servido de algo.
Ella nunca había traicionado a Pedro.
Nunca le había sido infiel.
Ni siquiera había tenido conversaciones escondidas con otro hombre.
Siempre había intentado poner su relación en primer lugar.
Había cuidado su hogar.
Había cuidado a su hijo.
Había intentado ser una buena compañera.
Y, sin embargo, ahora Pedro había sido capaz de lastimarla de aquella manera.
Lo que más le dolía no era solamente la agresión.
Era descubrir que el hombre que ella había amado podía convertirse en alguien tan diferente.
Un hombre que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por quedar bien con su hermana, pero que no había pensado dos veces antes de hacerle daño a ella.
Una lágrima volvió a caer por su rostro.
Andrés la limpió suavemente.
—No tienes que pensar en todo ahora.
Fernanda respiró profundamente.
—Sí, Andrés.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre sin decirle “don Andrés”.
Él la miró.
—¿Sí?
—Vamos.
Andrés asintió.
—Está bien.
Fernanda agregó:
—Quiero estar tranquila un rato. No quiero que mi hijo me vea así.
—Claro.
—Si voy ahora a buscarlo a casa de mis padres, seguramente se va a dar cuenta de que algo me pasa.
Andrés entendió.
—Entonces vamos a un lugar donde puedas descansar.
Fernanda asintió.
—Quiero comer algo también. No he comido casi nada.
—Eso es lo primero que vamos a hacer.
Andrés encendió la camioneta.
Antes de arrancar, volvió a mirarla.
—Y si en algún momento quieres regresar, me lo dices. No tienes que quedarte donde no quieras.
Fernanda asintió.
El vehículo comenzó a avanzar.
Durante el trayecto, Fernanda permaneció callada.
Miraba por la ventana.
El paisaje pasaba lentamente frente a sus ojos.
Pensaba en Pedro.
Pensaba en su hijo.
Pensaba en su vida.
Y, inevitablemente, pensaba también en Andrés.
No sabía qué iba a ocurrir.
Pero en aquel momento no quería pensar en una relación.
Solo quería respirar.
Quería sentirse tranquila.
Quería dejar de llorar.
Andrés manejaba en silencio.
De vez en cuando la miraba para asegurarse de que estuviera bien.
Después de unos minutos preguntó:
—¿Te duele algo?
—Todo un poco.
—¿Quieres que te lleve a un médico?
Fernanda negó con la cabeza.
—No. Estoy bien.
—¿Segura?
—Sí. Lo único que necesito es descansar un rato y comer algo.
Andrés asintió.
—Entonces eso haremos.
Después de aproximadamente media hora llegaron al departamento.
Andrés estacionó la camioneta y bajó.
Rodeó el vehículo y abrió la puerta para Fernanda.
Ella bajó lentamente.
Él caminó a su lado, sin apresurarla.
Al entrar al edificio, Fernanda sintió una extraña sensación.
No sabía si estaba haciendo lo correcto.
Pero tampoco sentía que estuviera allí para hacer algo malo.
Había llegado buscando tranquilidad.
Buscando alguien que la escuchara.
Buscando un lugar donde pudiera pensar.
Andrés abrió la puerta de su departamento.
—Pasa.
Fernanda entró.
Era un lugar sencillo, tranquilo y ordenado.
Andrés dejó las llaves sobre una mesa.
—Siéntate.
Fernanda se sentó en el sofá.
Andrés fue a buscarle un vaso de agua.
Se lo entregó.
—Toma.
Ella bebió lentamente.
Después apoyó la cabeza contra el respaldo.
Por primera vez desde que había salido de su casa, sintió que podía respirar.
Andrés la observó desde cierta distancia.
—Voy a prepararte algo de comer.
Fernanda lo miró.
—No tienes que hacerlo.
—Quiero hacerlo.
Ella sonrió ligeramente.
—Gracias.
Andrés se dirigió a la cocina.
Mientras preparaba algo sencillo, Fernanda permaneció sentada.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
Pero esta vez no eran solamente lágrimas de miedo.
También eran lágrimas de tristeza.
De decepción.
De una vida que de repente parecía haber cambiado completamente.
Andrés regresó con algo de comida.
Se sentó frente a ella.
—Come un poco.
Fernanda comenzó a comer lentamente.
Andrés no la presionó.
Simplemente permaneció allí.
Y mientras Fernanda comía, ambos comprendieron que aquel encuentro podía convertirse en algo mucho más importante de lo que habían imaginado.
Pero por ahora, no había promesas.
No había besos.
No había confesiones.
Solo