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Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amor-odio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Guadalupe Garza

Trilogía: Pecados de Élite

Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.

Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.

El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.

Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.

Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.

¿Qué podría salir mal?

NovelToon tiene autorización de Guadalupe Garza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: el encanto del pollo frito

Alec Cross.

Abrí los ojos sintiendo un vacío inmediato en el otro extremo de la cama, pero el rico y reconfortante aroma a café recién filtrado se coló de inmediato por mis fosas nasales, despertando cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Me incorporé tallándome los ojos, me coloqué unos cómodos boxers y un pantalón de franela gris, y caminé descalzo sobre la madera crujiente de la cabaña hasta dar con la mujer que buscaba.

Victoria estaba sentada sobre la barra de la cocina, vistiendo únicamente una de mis camisas blancas de botones que le quedaba absurdamente grande, cubriéndole apenas la mitad de los muslos. Tenía una pierna flexionada sobre el taburete y sostenía una taza humeante entre ambas manos, con la mirada perdida en el ventanal que daba al bosque. Me acerqué en completo silencio, pasé los brazos alrededor de su cuello para acogerla contra mi pecho y le planté un beso suave en la comisura de los labios. Ella se giró despacio, respondiendo a mi caricia antes de detenerme con esos ojos verdes que parecían leer el alma entera.

—Buen día, mi Coronel —me saludó con una voz suave, ronca todavía por el sueño y por los restos de la noche anterior.

—Buenos días, Darling —le murmuré, apartándole un mechón desordenado del rostro mientras me servía mi propia taza de café negro.

—Hice el desayuno. Tienes tu porción lista en la barra —me indicó con un movimiento de cabeza, señalando un plato impecablemente servido.

Asentí con una sonrisa ladeada, bebiendo un sorbo del café. Victoria dejó su taza vacía en el fregadero, se deslizó con agilidad del taburete y desapareció hacia la parte trasera de la cabaña. A través de la puerta corrediza de cristal, escuché cómo corría el pestillo antes de perderse de vista en la terraza. Me terminé el desayuno que había preparado.... que, maldita sea, le había quedado delicioso...

¿había algo en este mundo que esta mujer no hiciera bien?

dejé los trastes limpios en el fregadero y salí al jardín posterior en su busca.

La encontré en la terraza cubierta, metida hasta el cuello en la amplia tina de cobre independiente, vestida únicamente con su ropa interior mojada, con la vista fija en la espesura del bosque antiguo. Me quité el pantalón de franela y, sin hacer el menor ruido, me deslicé dentro del agua caliente junto a ella, rodeándole la cintura con los brazos para pegarla a mi cuerpo.

—¿Qué estás mirando tan concentrada, Teniente? —bromeé, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. ¿Planeando cómo asesinarme y enterrar mi cuerpo en medio de este maldito bosque sin dejar rastro?

Victoria soltó una risa cristalina y negó con la cabeza, girándose para encararme dentro del agua.

—No exactamente, mi Coronel —respondió con una tranquilidad pasmosa, apoyando las manos engalanadas de espuma sobre mis hombros—. Mi entrenamiento táctico avanzado me ha enseñado que enterrar cadáveres en un bosque profundo es en realidad una pésima idea; siempre hay animales carroñeros o humedad que delatan la tierra removida. Hay lugares mucho más a la vista de la gente que nadie en su sano juicio imaginaría jamás.

—Vaya... Es bueno saber que duermo con una estratega del crimen perfecto —le secund3 la broma, arqueando una ceja con diversión antes de capturar sus labios en un beso hondo y hambriento.

Ella gimió suavemente contra mi boca y, con un movimiento felino, se enderezó para subirse a horcagadas sobre mi cintura, rodeando mi cadera con sus piernas dentro del agua espumosa. Sus besos se volvieron frenéticos, desesperados, cargados de una urgencia eléctrica.

—Parece que alguien se ha levantado con ganas de consumir lo poco que nos queda de tiempo —le susurré con la respiración entrecortada, sintiendo cómo mi cuerpo respondía al instante al roce de su piel desnuda contra la mía.

—Tenemos menos de cuarenta y ocho malditas horas antes de que todo esto termine, Alec... Así que más vale que lo aprovechemos cada segundo —me retó con una sonrisa traviesa en los labios, permitiéndome inclinarla hacia atrás para empezar a marcarle el cuello a besos y mordiscos suaves.

El agua chapoteaba a nuestro alrededor mientras la tensión se disparaba de cero a cien en cuestión de segundos. Sentí cómo su calor me envolvía mientras mi miembro endurecía al compás de sus movimientos. Metí las manos bajo la superficie turbulenta de la tina, encontré la tela de sus bragas y las deslicé con un movimiento seco, arrojándolas fuera del agua. Ella, con una agilidad increíble, guió mi mano, tomó mi miembro con firmeza y lo acomodó exactamente donde ambos necesitábamos estar. En el momento en que se deslizó hacia abajo, atrapándome por completo dentro de su calor, un rugido sordo escapó de mi garganta.

Comenzó a moverse a ritmo constante, levantándose y dejándose caer sobre mí con una sincronía perfecta que me arrancaba los pensamientos de la cabeza.

—¡Alec...! —suplicó mi nombre en un grito ahogado contra mi hombro, clavando los dedos húmedos en mis hombros mientras el agua salpicaba los bordes de la tina.

—Joder, nena... Estás jodidamente y deliciosamente apretada —le gruñí al oído, perdiendo el poco control que me quedaba, mientras mis manos grandes se aferraban con posesión a su cintura para marcar el ritmo, elevándola y empujándola a compás con mis embestidas—. Eres perfecta... exactamente lo que necesitaba y no sabía que me faltaba.

Eramos una máquina de fricción y deseo, dos cuerpos chocando en el agua hirviendo, encajando a la perfección en un engranaje invisible. Senti cómo sus uñas se clavaban con fuerza en mi espalda, arañando la piel mientras su cuerpo entero se tensaba al borde del precipicio.

—Vente conmigo, My Darling... —le exigí con voz ronca, llevándola de la mano hacia el abismo.

Ella estalló en un grito de placer puro contra mi cuello, alcanzando el clímax con una intensidad que me arrastró con ella en una explosión cegadora. Nos quedamos abrazados dentro de la tina, respirando con dificultad, con el agua enfriándose lentamente a nuestro alrededor. De ahí pasamos a la cama, y de la cama directo a la ducha interior, repitiendo el ciclo de entregarnos sin reservas hasta que el agotamiento físico nos venció por completo. Cayó profundamente dormida sobre mi pecho, con una pierna enredada en la mía, mientras mi mano trazaba círculos lentos y posesivos en su espalda desnuda.

Cuando volvimos a abrir los ojos, la habitación estaba completamente sumida en la oscuridad. Miré el reloj digital de la mesita de noche, marcaban casi las ocho de la noche. Victoria se despegó de mí con un perezoso bostezó, se puso de pie, entró al baño para darse una ducha rápida y salió enfundada en un conjunto de pijama de seda suave con una bata larga de casa encima. Desapareció rumbo a la cocina, dándome el espacio para levantarme y meterme al baño a dejar que el agua tibia borrara el rastro del sueño.

Al salir envuelto en una toalla ajustada únicamente a la cadera, me miré de reojo en el espejo empañado del baño. Mi torso estaba surcado por finos arañazos rojos, y el cuello lucía marcas inequívocas de haber sido devorado a besos. Solté una sonrisa de suficiencia para mis adentros.

—Vaya... parece que no soy el único al que le fascina marcar territorio por aquí —murmuré para mí mismo.

Me cambié con unos pantalones cómodos y una playera de algodón limpia. En ese preciso instante, un olor intenso y grasiento a comida frita me golpeó las fosas nasales, alejando cualquier rastro de formalidad militar. Caminé desconcertado hacia la cocina y me encontré con una escena digna de una comedia.... Victoria estaba recargada contra la barra, sosteniendo una enorme pieza de pollo frito humeante en una mano, mientras con la otra se empujaba un puñado entero de papas a la boca con total desparpajo, manchándose la comisura de los labios con salsa de tomate.

Se quedó congelada a mitad de la masticación al verme aparecer, parpadeando con inocencia mientras sostenía el pollo a medio morder.

—¿Qué? —se defendió con la boca medio llena, alzando una ceja—. Hice pollo frito crujiente con papas a la francesa caseras. Si no te gusta, date media vuelta y te hago otra cosa, pero esto es lo que hay.

Se metió otro puño de papas a la boca y se untó más salsa de tomate en el dedo sin importarle lo más mínimo la elegancia.

—Pero... ¿en qué momento exacto decidiste dejar atrás a la dama impecable del restaurante de lujo de Londres? —le pregunté soltando una carcajada genuina, apoyándome contra el marco de la puerta al ver su cara de total impunidad.

—Hoy decidió salir esta versión de mí, Coronel —respondió tragando con dificultad y riéndose también—. Además, tengo un apetito voraz. No me vengan con cursilerías de dietas estrictas ni alta cocina francesa; prefiero mil veces este tipo de comida terrenal y grasienta cuando estoy hambrienta de verdad.

Me acerqué a la barra, le robé una crujiente pieza de pollo del plato y le di un mordisco. Ella lanzó un grito indignado y me dio un manotazo juguetón en el brazo, aunque de inmediato me extendió un plato extra lleno de papas fritas con una sonrisa radiante.

No pude evitar estallar en otra carcajada abierta y sonora. En ese instante, al verla devorar el pollo como si llevara días perdida en una isla desierta, caí en cuenta de algo abrumador, hacía años, tal vez décadas, que no me reía de esa manera, que no me sentía tan libre, tan liviano y tan jodidamente feliz con alguien. Ella me estaba cambiando por completo. Era tan radicalmente distinta a todas las mujeres de la alta sociedad y la élite londinense con las que me habían intentado relacionar por apellido o protocolo. A pesar de ser una dama de alcurnia que encajaba perfectamente en los círculos de la realeza cuando se lo proponía, en la intimidad se comportaba simplemente como ella misma... cruda, auténtica y sin caretas.

Su esencia me atrapaba de una forma extraña y avasalladora. Quería absolutamente todas sus versiones, ñ a la teniente fría y letal en el campo de batalla, a la mujer elegante que deslumbraba en los eventos, y también a esta chica desinhibida comiendo pollo frito con las manos en pijama de seda. Las quería todas, y las quería únicamente para mí.

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Estefanny Castro
me encanta la novela me gustaría que subieras más capitulos o que hicieras un maratón
Estefanny Castro: cuál es el nombre de la otra plataforma para leer las historias que has hecho
total 3 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Alec estás jugando con fuego y te vas a quemar 🔥
Guadalupe Garza: yo diría que los dos 🤭
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Peligroso muy peligroso 🔥
Nairobis Cardozo Portillo
Dios mío ésto está que arde🔥
Guadalupe Garza: Y lo que falta
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Excelente comienzo
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