5 PUERTAS
¿Y si tu destino hubiera sido elegido antes de nacer?
Cinco puertas. Cinco destinos. Un secreto capaz de cambiarlo todo.
Cuando varias personas comienzan a descubrir que sus vidas están unidas por un misterio imposible de explicar, entenderán que algunas puertas nunca debieron abrirse.
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CAPÍTULO 18 — ENTRE NUEVAS VERDADES Y VIEJAS HERIDAS
Al día siguiente, la alarma de Gio sonó temprano.
-Mmm...
Abró los ojos lentamente y miró el techo.
Era sábado.
Después de todo lo ocurrido el día anterior, se sentía cansado, pero sabía que tenía que levantarse.
Quería ponerse en forma y mantener su entrenamiento.
Tomó el celular de la mesita de luz.
Entre las notificaciones apareció una solicitud de amistad.
Julieta.
Gio se quedó mirándola unos segundos.
—Julietta...
Entró a su perfil.
Comenzó a mirar sus fotos.
Había varias de ella bailando.
En algunas aparecía con su ropa de danza, concentrada durante los ensayos.
En otras estaba junto a Emma.
También había fotos en las que Julietta hacía caras graciosas frente a la cámara.
Gio soltó una pequeña risa.
—Qué tonta...
Siguió bajando.
Entonces, sin darme cuenta, tocó una foto.
Me gusta.
Gio abrió los ojos.
-¡No!
Intentó quitarlo rápidamente.
Pero justo en ese momento...
Índice, Índice.
Gio se quedó quieto.
—¿Gio?
Era su mamá.
—Hijo, por favor, ven a desayunar ya conversar con nosotros.
Gio dejó rápidamente el celular sobre la mesita de luz.
—Ya voy.
Suspiró.
Mientras caminaba hacia el baño, las preguntas volvieron a aparecer en su cabeza.
¿Qué más sabes mi mamá sobre mi papá?
¿Por qué nunca me contó que tenía un hermano?
¿Y cómo será realmente él?
Se miró al espejo.
Todavía no sabía cómo sentirse con todo aquello.
Mientras tanto, en otra casa...
Julietta también se había levantado temprano.
Había decidido ordenar su habitación antes de desayunar con su papá.
Después de acomodar algunas cosas, tomó su celular.
Entonces vio una notificación.
A Gio le gusta tu foto.
Julietta quedó completamente tranquila.
Sus mejillas comenzaron a ponerse rojas.
—¿Gio...?
En ese momento apareció su papá.
—Pichón, ¿terminaste de limpiar tu pieza?
Julietta escondió rápidamente el celular.
—Sí, papá.
Su papá la observó.
—Uh... ¿qué te pasó?
—¿Qué?
—Estás colorada.
¿Tienes fiebre?
—¡Ah, no!
Es que hace calor en la pieza.
Su papá sonrió.
—Bueno, bueno.
Le dio un beso en la frente.
—Ven, vamos a desayunar. Tus hermanas están como locas.
Julietta soltó una pequeña risa.
—Vale, papá. Ya voy.
Cuando su papá se alejó, volvió a mirar el celular.
La notificación seguía ahí.
Julietta alarmantemente sin poder evitarlo.
---
Gio llegó a la cocina.
Su mamá estaba sentada junto a su hermano.
Sobre la mesa se había preparado el desayuno.
Su hermano apenas había tocado la comida.
Gio se sentó.
—Buen día.
—Buen día —respondió su hermano.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Gio miró su plato y observó después al chico que tenía enfrente.
Parecía incómodo.
Gio tomó un pedazo de pan.
Entonces notó que su hermano casi no comía.
Algo en aquella escena le resultaba familiar.
De repente recordó cuando él era pequeño.
Después de que su padre había sido arrestado, Gio había dejado de comer durante varios días.
Su mamá se había preocupado muchísimo.
Ahora estaba viendo algo parecido en su hermano.
Gio lo miró.
—Comé un poco.
Su hermano levantó la mirada.
—No tengo mucha hambre.
Gio negó suavemente con la cabeza.
—Tu mamá seguramente tampoco querría que dejaras de comer.
El chico bajó la mirada.
La mención de su madre hizo que su expresión cambiara.
Gio se dio cuenta.
—Lo siento...
—Está bien —respondió él—. Todavía lo extraño mucho.
Gio no supo qué decir.
Después de unos segundos, su hermano tomó un poco de comida.
—Está muy rico, señora. Muchas gracias.
La mamá de Gio sonriendo con tristeza.
—De nada, hijo.
Gio los observó en silencio.
No era su hijo. No lo había criado. Pero era su hermano.
Y aunque todavía no sabía cómo sentirse con todo aquello, por primera vez entendió que aquel chico también estaba pasando por algo muy difícil.
Su mamá los miró a ambos.
Tenía tristeza en los ojos.
Pero también cierta tranquilidad.
Por primera vez, sus dos hijos estaban sentados en la misma mesa.
Aunque uno de ellos había llegado a esa casa por una historia que ninguno de los dos había elegido.
Gio comenzó a desayunar.
Y, poco a poco, el silencio dejó de sentirse tan incómodo.
---
Después de desayunar, Gio salió al patio.
Tomó su pelota de vóley.
Comenzó a entrenar.
Aunque no tenía la cabeza completamente concentrada, intentaba mantenerse enfocado.
Golpeó la pelota.
La recibió.
Volvió a golpearla.
Una y otra vez.
Su hermano apareció en la puerta y se quedó observándolo.
Después de unos minutos se acercó.
—Jugás muy bien.
Gio detuvo la pelota.
—Gracias.
Su hermano respiró profundamente.
—Quería decirte algo.
Gio lo miró.
—¿Qué?
—Lo siento por haber venido así.
Sé que todo esto cambió tu vida de golpe.
Gio permaneció callado.
Todavía estaba enojado.
Pero sabía que su hermano no tenía la culpa.
Finalmente, abrió.
—No es tu culpa.
Le tocó el hombro.
—Vos tampoco elegiste nada de esto.
Su hermano sonrió.
—Gracias.
En ese momento se escucharon voces desde la entrada.
—¡Gio!
Gio se dio vuelta.
Y se quedó sorprendido.
Mateo y Lucas estaban llegando.
Pero no venían solos.
También estaba el hermano de Mateo.
Gio abrió los ojos.
—¿Qué hacen ustedes aquí?
Mateo sonrió.
—Vinimos a verde.
Lucas levantó una mano.
—Y él quiso venir también.
Gio miró al hermano de Mateo.
Después miró a su propio hermano.
Mateo señaló al chico que estaba junto a Gio.
—Por cierto...
Yo ya lo conocía.
Gio quedó sorprendido.
—¿Cómo?
Mateo se encogió de hombros.
—Mi hermano lo conoce desde hace tiempo.
El hermano de Mateo se acercó a saludarlo.
—¿Todo bien?
-Si.
Ambos comenzaron a hablar.
Gio miró a Mateo.
No necesitaba preguntarle por qué había ido.
Sabía que Mateo se había dado cuenta de que algo no estaba bien.
Pero, en lugar de preguntarle por su familia, Mateo simplemente escuchó.
—Bueno...
¿Vamos a jugar a la Play o qué?
Gio soltó una pequeña risa.
—Vamos.
Y por primera vez desde que había descubierto la verdad, sintió que podía olvidarse un rato de todo.
La tarde pasó mucho más rápido de lo que Gio esperaba.
Después de hablar un rato, Mateo, Lucas y los demás entraron a la casa.
Mateo tomó el control de la Play.
—Bueno, Gio. Hoy no tenés excusas.
—¿Para qué?
—Para perder.
Lucas se río.
—Eso lo dice porque la última vez perdió.
Mateo lo miró.
—Eso fue hace mucho.
—Fue ayer.
—Detalles.
Gio soltó una carcajada.
Por unos minutos, todo volvió a sentirse normal.
Su hermano también se quedó jugando junto al hermano de Mateo.
Gio los observó un momento.
Todavía le resultaba extraño verlo en su casa.
Era su hermano.
Pero apenas lo conocía.
No sabía qué música le gustaba.
No sabía qué hacía cuando estaba triste.
No sabía cuáles eran sus sueños.
Ni siquiera sabía qué cosas tenían en común.
Pero quizás eso podía cambiar.
Mateo interrumpió sus pensamientos.
—¡Gio!
—¿Qué?
—¡Te estoy ganando!
Gio miró la pantalla.
—No por mucho.
—Eso dicen todos antes de perder.
Lucas se río.
—Mateo, concéntrate.
—¡Estoy concentrado!
—Entonces deja de hablar.
—No puedo. Hablar es parte de mi estrategia.
Gio se rio.
—¿Cuál estrategia?
—Desconcentrarlos.
—No funciona.
—Pero me hace feliz.
Todos comenzaron a reír.
---
Pasaron varias horas entre videojuegos, conversaciones y bromas.
Gio incluso consiguió olvidarse por un rato de todo lo que había ocurrido.
Cuando comenzó a anochecer, Lucas miró por la ventana.
—Tengo ganas de comer helado.
Mateo lo miró.
—¿Ahora?
-Si.
Gio se levantó.
—Vamos.
Los tres salieron de la casa.
Caminaron por unas calles tranquilas mientras hablaban de cualquier cosa.
Mateo iba contando una historia sobre algo que le había ocurrido en la universidad.
Lucas lo escuchaba entre risas.
Gio caminaba a su lado.
Por un momento, todo parecía sencillo.
Cuando llegaron a la heladería, pidieron sus helados y se sentaron afuera.
Mateo miró a Gio.
—Que...
Gio levantó la mirada.
—¿Qué?
—Tu hermano es un gran chico.
Gio se quedó pensando.
—No sé todavía.
Todavía no lo conozco.
Mateo sonrió.
—Mi hermano lo trae a casa cada rato.
Juega con mis hermanitos chicos.
Es bueno.
Si lo conocés más, vas a ver que te vas a llevar bien con él.
Gio bajó la mirada hacia su helado.
—Puede ser.
Después de unos segundos, habló nuevamente.
—El problema no es él.
Mateo y Lucas dejaron de bromear.
—Entonces, ¿qué pasó? —preguntó Lucas.
Gio respiró profundamente.
—Mi familia.
Los dos lo escucharon atentamente.
—Mi papá...
Gio hizo una pausa.
—Al final no era como yo pensaba.
Mi mamá me ocultó muchas cosas.
Mateo bajó la mirada.
—Debe ser difícil.
-Si.
Gio apretó un poco la cuchara.
—Toda mi vida pensé que conocía a mi familia.
Y ahora resulta que tenía un hermano que ni siquiera sabía que existía.
Lucas habló tranquilamente.
—Pero vos no tenés la culpa de nada de esto.
Gio lo miró.
-Perder.
—Y tampoco tenés que resolverlo todo hoy —agregó Mateo—. Podés tomarte tu tiempo.
Gio sonrió.
—Gracias.
Lucas le dio una pequeña palmada en el hombro.
—Para eso estamos.
Gio los miró a ambos.
Sus ojos se humedecieron un poco.
—Son los mejores amigos que tuve.
Mateo sonrió.
—Ya lo sé.
Lucas se río.
—No le des tanta confianza.
Gio soltó una carcajada.
Los tres terminaron abrazándose.
Pero Mateo rápidamente rompió el momento.
—Bueno, basta.
Me estoy emocionando y eso no combina con mi helado.
Lucas negó con la cabeza.
—Así que imposible.
-Perder.
Gio volvió a reír.
Durante unos minutos siguieron hablando y haciendo bromas.
Hasta que...
Gio levantó la mirada.
Su sonrisa desapareció.
Había alguien parado a unos metros.
Un hombre.
Lo observaba desde el otro lado de la calle.
Gio frunció el fruncido.
— ¿Qué pasa? —preguntó Lucas.
Gio no respondió.
El hombre comenzó a acercarse lentamente.
Mateo también lo miró.
—¿Lo conoces?
Gio negó con la cabeza.
-No.
El hombre se detuvo.
Sus ojos se encontraron con los de Gio.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Había algo extraño en su mirada.
Algo familiar.
Pero Gio no podía entender qué.
El hombre finalmente dio media vuelta.
Y comenzó a alejarse.
—¿Quién era? —preguntó Mateo.
Gio siguió mirándolo.
-Nariz.
Lucas se quedó observando la calle.
—Seguro que nunca lo viste?
Gio negó lentamente.
-No.
Pero en el fondo sentí algo que no podía explicar.
Como si aquel hombre perteneciera a una parte de su vida que todavía no conocía.
---
Mientras tanto, en la casa de Gio, su hermano estaba sentado junto al hermano de Mateo.
Ambos jugaban tranquilamente a la Play.
La puerta principal permanecía cerrada.
Todo parecía normal.
Hasta que alguien apareció frente a la casa.
El hombre se quedó unos segundos mirando la entrada.
Después levantó la mirada hacia las ventanas.
Y respiró profundamente.
Había regresado.
Pero todavía nadie sabía quién era.