EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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Ya no me pongo nerviosa
—¿Qué amigo? —repitió Nicolás.
Bruno lo contempló con una sonrisa insoportable.
—¿Desde cuándo te interesa tanto la vida social de Isabella?
—No me interesa tanto. Solo pregunté.
—Claro. Y yo soy el príncipe de Inglaterra.
Nicolás le dio un empujón en el hombro.
—Cállate de una vez.
Bruno soltó una carcajada y levantó las manos, fingiendo rendirse.
—Está bien. Se llama Gabriel. Estudió con ella en la universidad, creo. No sé mucho más.
—¿Y cómo sabes que hablan?
—Porque Mateo lo mencionó ayer. Al parecer, el muchacho está de viaje en China y la llama bastante.
Nicolás bebió un trago de cerveza.
China.
Un amigo que la llamaba desde otro continente.
No tenía nada de extraño. Isabella había pasado tres años fuera de casa, había conocido gente y había construido una vida en la que él no estaba presente.
Era lógico que tuviera amigos.
Entonces, ¿por qué le molestaba imaginarla sonriendo frente a una pantalla mientras hablaba con aquel desconocido?
—¿Te pasa algo? —preguntó Bruno.
—No.
—Tienes una cara horrible.
—Gracias por tu preocupación.
—De nada. Para eso están los amigos.
Nicolás cambió de tema, aunque durante el resto de la noche volvió a preguntarse quién era Gabriel.
Y aquello lo irritó todavía más.
Porque no recordaba la última vez que había sentido tanta curiosidad por alguien a quien ni siquiera conocía.
A la mañana siguiente, Isabella salió de su habitación con el cabello suelto y un vestido ligero de color crema.
Su madre estaba desayunando cuando la vio bajar las escaleras.
—¿Vas a salir?
—Sí. Quiero recorrer algunas tiendas y buscar ideas para un proyecto.
—¿Sola?
—Mamá, tengo veintiún años. Puedo salir sola.
—Ya lo sé, cariño. Solo preguntaba.
Isabella se inclinó para besarle la mejilla y tomó una tostada antes de dirigirse a la puerta.
—No me esperes despierta.
—¡Son las diez de la mañana!
—Estoy practicando para cuando tenga una vida misteriosa.
Su madre negó con la cabeza, riéndose.
Isabella salió de casa con una sonrisa.
Le gustaba aquella versión de sí misma.
La que podía improvisar un plan, caminar sin prisa y detenerse frente a un escaparate porque algo le había llamado la atención.
Durante años había organizado demasiadas cosas alrededor de Nicolás. Incluso sus pequeños planes tenían una pregunta escondida: ¿y si él aparece?
Ahora podía pasar una tarde entera fuera sin preguntarse dónde estaba.
Y esa libertad le parecía mucho más valiosa que cualquier posibilidad de volver a enamorarse.
Estaba saliendo de una tienda de decoración cuando escuchó su nombre.
—¿Isa?
Reconoció la voz antes de girarse.
Nicolás estaba junto a su automóvil, con una camisa oscura y las gafas de sol apoyadas sobre la cabeza.
Por un segundo, Isabella sintió la sorpresa habitual de encontrárselo en lugares inesperados.
Pero nada más.
—Hola, Nico.
Él se acercó, observándola con una expresión que intentaba parecer despreocupada.
—¿De compras?
Isabella levantó la bolsa que llevaba en la mano.
—No, Nicolás. Estoy practicando cómo sostener bolsas para una futura carrera como equilibrista.
Él soltó una risa inesperada.
—Sigues siendo sarcástica.
—Y tú sigues haciendo preguntas evidentes.
Nicolás sonrió.
Por un instante, la conversación se sintió como antes. Había una familiaridad que sobrevivía a los años, una facilidad para bromear que ninguno de los dos había perdido por completo.
Eso le dio cierta confianza.
—¿Tienes tiempo para tomar un café?
Isabella consultó la hora.
—Podría tomar uno.
Nicolás se sorprendió de lo fácil que había sido.
Durante el trayecto hasta la cafetería más cercana, se descubrió buscando temas de conversación que no sonaran demasiado ensayados.
Era ridículo.
Había conocido a Isabella durante casi toda su vida. Sabía qué helado le gustaba cuando era pequeña, recordaba cómo pronunciaba mal algunas palabras y podía reconocer su risa entre muchas otras.
Sin embargo, ahora no sabía qué preguntarle.
—¿Cómo te está yendo con la universidad? —intentó.
—Bien. Estoy terminando algunas cosas y buscando oportunidades para trabajar en lo mío.
—¿Diseño de Interiores, verdad?
—Sí.
—Siempre fuiste creativa.
Isabella lo miró con una sonrisa pequeña.
—Gracias.
Él esperó que añadiera algo, que le preguntara por su trabajo o que intentara prolongar la conversación.
Pero ella tomó un sorbo de café y continuó hablando de un proyecto que quería desarrollar.
Nicolás la escuchó.
Y descubrió algo incómodo.
Le gustaba escucharla.
No porque necesitara su admiración ni porque ella estuviera hablando de él. Le gustaba la forma en que explicaba sus ideas, la seguridad con la que defendía sus gustos y la emoción que aparecía en su rostro cuando hablaba de algo que realmente le importaba.
Era una parte de Isabella que nunca había conocido.
O quizá nunca se había molestado en conocerla.
—¿Qué? —preguntó ella al descubrirlo mirándola.
Nicolás parpadeó.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—¿Ahora no puedo mirar?
Isabella dejó la taza sobre la mesa.
—Puedes. Solo me sorprende que hayas encontrado algo interesante en mi cara durante más de cinco segundos.
Él soltó una carcajada.
—¿Siempre tienes que responder así?
—Solo cuando me dan motivos.
Y volvió a sonreír.
Nicolás sintió una extraña satisfacción al conseguir que se riera. Una satisfacción pequeña, pero persistente.
Cuando terminaron el café, se ofreció a acompañarla hasta la tienda donde había dejado su automóvil.
Isabella aceptó.
Se despidieron junto a la puerta.
—Fue agradable verte, Isa —dijo él.
—A ti también.
Nicolás vaciló antes de añadir:
—Podríamos repetirlo algún día.
Ella lo observó con tranquilidad.
—Claro. Si coincidimos, podemos tomar otro café.
Si coincidimos.
No era una promesa.
Tampoco una invitación.
Era una respuesta amable, sin expectativas escondidas.
Isabella se despidió con la mano y se marchó.
Nicolás se quedó mirando cómo se alejaba.
Al llegar a casa, Isabella encontró un mensaje de Gabriel.
Gabriel: Tengo una noticia.
Isabella: Si te casaste en China, voy a bloquearte.
Gabriel: Qué poca fe me tienes.
Isabella: Te conozco.
Gabriel: Vuelvo antes de lo previsto. ¿Me vas a recibir o estás demasiado ocupada conquistando el mundo?
Isabella sonrió frente a la pantalla.
Isabella: Depende. ¿Vas a traerme algo bonito?
Gabriel: Voy a llevarte a cenar. Y puedes elegir el lugar.
Isabella: Eso suena mucho mejor.
Se quedó mirando la conversación unos segundos antes de dejar el teléfono sobre la cama.
No sabía qué ocurriría cuando Gabriel regresara. Tal vez seguirían como hasta entonces. Tal vez decidirían explorar algo más serio.
Por primera vez, cualquiera de las dos posibilidades le parecía bien.
No necesitaba convertir cada sentimiento en una promesa.
Ni esperar años para descubrir si alguien la quería.
Esa noche, Nicolás volvió a pensar en el café.
Se había despedido de Isabella convencido de que aquel encuentro había sido un pequeño avance.
Pero, mientras recordaba la conversación, comprendió que ella no había hecho nada especial para acercarse a él.
Había aceptado un café.
Había conversado.
Se había reído.
Y después se había marchado a continuar con su día.
Antes, Nicolás estaba acostumbrado a interpretar la atención de Isabella como una señal de que podía acercarse cuando quisiera.
Ahora empezaba a entender que la amabilidad no significaba una oportunidad.
Y que, aunque ella todavía pudiera sonreírle, eso no quería decir que siguiera enamorada de él.
Lo que Nicolás aún no sabía era que aquella diferencia apenas comenzaba a dolerle.
Porque todavía creía que, con tiempo suficiente, podría recuperar la confianza de Isabella.
Todavía no comprendía que ella podía perdonarlo algún día sin volver a sentir absolutamente nada por él.