Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 16: Fuego en el asfalto
La caravana de tres todoterrenos blindados devoraba la carretera desértica que conectaba Fujairah con la base aérea privada en las afueras de Al-Ain.
Afuera, la noche árabe era un manto negro y denso que borraba el relieve de las dunas rojas. Adentro del habitáculo insonorizado del vehículo central, la atmósfera era tan asfixiante que cada respiración parecía demandar un esfuerzo consciente.
Aleksandra ocupaba el asiento trasero derecho, con la espalda recta y las rodillas juntas. Dimitri estaba sentado en el medio, sostenido por el cinturón de seguridad y la mano izquierda de su madre, que no dejaba de acariciarle el hombro con un ritmo suave pero firme. Al otro lado, Dante ocupaba la ventanilla izquierda. Su presencia monumental llenaba el espacio; con un brazo apoyado sobre la moldura de la puerta y el perfil rígido, miraba hacia la oscuridad exterior, aunque cada fibra de su atención estaba anclada en los dos pasajeros que viajaban a su lado.
En la consola delantera, Lorenzo conducía con los ojos fijos en el horizonte y un fusil compacto descansando entre sus piernas.
—Mami —susurró Dimitri en ruso, quebrando el zumbido monocorde del motor—, ¿en el avión grande hay estrellas?
Aleksandra bajó la mirada hacia su hijo, y la dureza de sus facciones se derritió en una calidez maternal infinita.
—En el avión vamos a volar tan alto que las estrellas parecerán linternas en la ventana, solnyshko. Vas a poder dormir todo el viaje.
Dante desvió los ojos grises hacia ellos al escuchar la lengua eslava. Un destello de extrañeza cruzó su mirada: en los registros del orfanato de Milán y en el expediente académico de Aleksandra, no había mención alguna a raíces rusas. Se suponía que sus padres eran dos ciudadanos piamonteses fallecidos en un accidente vehicular común. Sin embargo, la pronunciación de la cirujana era líquida, nativa, desprovista de cualquier acento extranjero. Guardó la duda en silencio; había batallas más urgentes que librar antes de desentrañar los secretos de la mujer que tenía al lado.
—A cinco kilómetros de la cabecera de pista, Don Dante —anunció Lorenzo por el intercomunicador interno—. El Falcon 8X tiene los permisos de salida autorizados por control de tráfico aéreo hacia Milán-Linate, con escala técnica en Creta. Los motores ya están en marcha.
—Que no apaguen las turbinas —respondió Dante con voz seca—. Subimos al niño y despegamos de inmediato.
Fue en ese preciso segundo cuando la noche estalló.
No hubo advertencia por radar. Desde la penumbra de un camino de servicio no asfaltado que cruzaba las dunas, dos camiones pesados sin luces emergieron a más de cien kilómetros por hora. El primero embistió directamente al vehículo delantero de la escolta, lanzándolo por los aires en una explosión de chispas, metal retorcido y combustible que iluminó el desierto con un resplandor naranja y furioso.
—¡Emboscada! —rugió Lorenzo, hundiendo el pie en el acelerador mientras giraba el volante para esquivar los restos llameantes del primer todoterreno.
El impacto sónico de disparos de fusil automático comenzó a repiquetear contra el blindaje de la camioneta como granizo de acero.
Dimitri se encogió instintivamente, pero no gritó. Aleksandra reaccionó antes de que el cerebro de cualquier civil formulara el pánico: soltó el cinturón del niño con un tirón certero, lo arrojó al piso del vehículo en el espacio entre los asientos y cubrió su pequeño cuerpo con su propio torso, interponiendo su espalda entre Dimitri y la ventanilla expuesta al fuego enemigo.
—¡Cabeza abajo, Dimitri! ¡Respira despacio! —ordenó ella en un susurro gélido, sin que le temblara un solo músculo.
Dante, al verla actuar con esa sincronía de combate instintiva, sacó una pistola SIG Sauer de calibre cuarenta y cinco de su sobaquera y bajó apenas unos milímetros el cristal blindado lateral para devolver el fuego. A través del parabrisas agrietado por los impactos, Aleksandra vio cómo el segundo camión intentaba cerrarles el paso en tijera, mientras cuatro tiradores con pasamontañas y chalecos tácticos disparaban desde la caja trasera.
Eran los mismos mercenarios que habían intentado liquidar a Giancarlo Moretti en la autopista de Dubái. No eran matones comunes; se movían con disciplina de contratistas militares privados.
—¡Son los hombres de Valerio! —gritó Lorenzo, disparando con una mano a través de la tronera mientras maniobraba con la otra—. ¡Nos siguieron desde la ciudad! Sabían que te movías sin el grueso de la guardia.
—¡Sácalos de la pista, Lorenzo! —bramó Dante, vaciando el cargador con disparos pausados, letales, que perforaron el parabrisas del camión enemigo a través de las rendijas de los neumáticos—. ¡Pasa por encima de ellos si es necesario!
El motor rugió a fondo. La camioneta blindada de Dante embistió el flanco del camión atacante con un chirrido ensordecedor que hizo estremecer el chasis entero. El vehículo enemigo perdió tracción sobre la arena blanda y volcó sobre un costado en una nube de polvo y esquirlas.
Aleksandra levantó la vista entre los asientos. Sus ojos verdes escanearon la trayectoria del convoy con la frialdad de quien evalúa una hemorragia en quirófano.
—¡A la derecha! —gritó Aleksandra con voz de trueno, señalando la ventanilla del copiloto—. ¡Tirador en la duna, elevación de quince grados! ¡Lleva un lanzador antitanque portátil!
Lorenzo giró los ojos hacia donde ella señalaba. Efectivamente, sobre la cresta de arena a cincuenta metros de distancia, la silueta de un hombre se recortaba contra la luna sosteniendo un tubo lanzacohetes RPG.
Dante no perdió tiempo preguntándose cómo diablos una neurocirujana reconocía un proyectil antitanque a cincuenta metros en mitad de la noche. Se asomó por la tronera, alineó los puntos de fósforo de su mira y disparó tres tiros en rápida sucesión. Dos impactos en el pecho y uno en la garganta tumbaron al tirador, cuyo proyectil se desvió hacia el cielo nocturno antes de estallar en una llamarada inofensiva sobre las nubes.
El todoterreno rompió la cerca perimetral de la pista privada de Al-Ain, dejando atrás el infierno de la carretera.
Frente a ellos, en medio de la plancha de concreto iluminada por balizas halógenas, el reactor privado esperaba con la compuerta hidráulica abierta y la escalerilla desplegada. Dos pilotos uniformados observaban la llegada del convoy con evidente nerviosismo mientras las turbinas gemían listas para la aceleración final.
Lorenzo frenó en seco junto a la trompa del avión. El humo salía de los neumáticos castigados y los paneles laterales estaban cubiertos de plomo incrustado.
Dante abrió la puerta de un golpe. Descendió primero con el arma amartillada, barriendo el perímetro con la mirada antes de tenderle ambos brazos a Aleksandra.
—¡Arriba, ahora! —ordenó el Don.
Aleksandra no esperó su ayuda para bajar. Salió del vehículo con Dimitri fuertemente aferrado a su cuello, cubriendo la cabeza del niño con su campera para que no viera los restos del tiroteo ni los casquillos que alfombraban el asfalto. Subió los escalones del jet de dos en dos con una agilidad felina, cruzando el umbral de la cabina presurizada sin titubear.
Dante subió inmediatamente detrás de ella.
—¡Cierra y despega! —le gritó Dante al copiloto—. ¡Nos vamos ya!
La pesada compuerta se cerró con un chasquido hermético que aisló de golpe el estruendo exterior. Apenas los cerrojos encajaron en el fuselaje, el jet aceleró por la pista de rodaje a máxima potencia, pegando a los pasajeros contra los asientos de cuero mientras el morro del avión se elevaba en un ángulo pronunciado hacia la seguridad de la estratosfera.
Adentro, la cabina de lujo quedó sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el silbido del aire acondicionado y la respiración contenida de los tres.
Aleksandra se sentó en uno de los sillones dobles, aflojando lentamente el abrazo sobre su hijo. Dimitri temblaba apenas, pero no lloraba; alzó sus ojos grises hacia su madre y acarició su mejilla con sus dedos pequeños.
—Mami... tus manos están frías —susurró el niño.
—Ya pasó, mi vida. Ya estamos arriba —respondió ella en ruso, besándole la frente con devoción feroz mientras sentía que el alma le volvía al cuerpo.
De pie en el pasillo central, Dante se había quitado la chaqueta arruinada por el hollín. Con una mano apoyada en el portaequipajes superior para mantener el equilibrio en pleno ascenso, observaba la escena. Sus ojos de tormenta estaban clavados en Aleksandra: en su serenidad impasible bajo el fuego, en la forma en que había detectado al tirador con el lanzacohetes y en esa extraña y peligrosa calma que emanaba de cada uno de sus movimientos.
El Don de Milán dio dos pasos lentos hacia ella.
—Identificaste un lanzador antitanque a cincuenta metros en la oscuridad, Aleksandra —dijo Dante, y su voz profunda vibró con una sospecha oscura y fascinada—. No gritaste. No te cubriste la cara como cualquier mujer al escuchar metralla. Le diste a Lorenzo el ángulo exacto de elevación.
Aleksandra levantó la vista despacio. Sus ojos verdes chocaron contra los de él con la frialdad de dos témpanos.
—Mi padre me enseñó a no cerrar los ojos cuando hay peligro, señor Moretti —respondió ella, sin apartarle la mirada—. Y le aseguro que si estamos en este avión volando hacia su país, no es porque confíe en usted. Es porque esos bastardos de afuera iban a matar a mi hijo.
Dante se inclinó sobre el respaldo del asiento, acortando la distancia hasta que su aliento cálido le rozó la frente.
—Esos bastardos firmaron su propia extinción en cuanto apuntaron a esta cabina —sentenció Dante en un susurro letal—. Pero ahora estamos en mi terreno. Nadie en Italia va a tocarte. Ni a él... ni a ti.
Aleksandra soltó una sonrisa amarga, casi invisible, mientras apretaba a Dimitri contra su regazo.
—Su territorio es un cementerio con nombre de país, Don Moretti. Solo espero que su casa tenga muros lo bastante altos para la tormenta que acaba de desatar.