Yulian, un estudiante universitario harto de su gris y monótona vida, encuentra su único refugio en una novela gráfica de fantasía titulada El amanecer del amor. Aunque la trama sigue el romance tradicional entre la heroína Clara y el noble Albert, Yulian está perdidamente obsesionado con el antagonista: Eric, el brillante, incomprendido y temido Señor de la Torre Mágica, cuya trágica obsesión por Albert lo lleva a la locura y a una muerte injusta.
Tras una rabieta de frustración por el final del último capítulo, Yulian sufre un accidente mortal desde el balcón de su apartamento. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Daniel, el hermano mayor de la protagonista y oficial de la guardia real. Decidido a reescribir el destino y evitar la trágica muerte de su personaje favorito, Daniel se infiltra en el mundo de la novela con un solo propósito: amar y salvar al hechicero malvado, cueste lo que cueste.
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Capítulo 23: La liberación del depredador
Eric comenzó un ritmo frenético, posesivo e incansable, tomando a Daniel con una ferocidad que superaba todo lo anterior. Se inclinaba hacia abajo para clavar sus colmillos en el cuello de Daniel, dejando marcas de sangre ligera que lamía inmediatamente con devoción.
—Eres mío... —susurraba Eric contra el oído de Daniel con una voz grave y aterradora mientras embestía sin piedad—. Eres mi prisionero, mi rey, mi única cordura. Ningún ejército, ningún duque, ningún dios te apartará de mí. Si el mundo entero se quema mañana, te tendré entre mis brazos en medio de las cenizas.
—¡Eric! ¡Eric! —gritaba Daniel, aferrándose con los dedos a los hombros del hechicero, entregándose por completo a la locura compartida.
En el centro de la fortaleza, ajenos a la guerra que se avecinaba a las puertas de la torre, el hechicero y el joven que había renunciado al mundo para salvarlo se consumieron una vez más en una vorágine de posesión absoluta.
Cuando ambos alcanzaron el clímax en una ola de placer devastadora que hizo estremecer el aire de la habitación, Daniel cayó exhausto sobre el pecho de Eric, respirando agitadamente y apoyando la mejilla sobre su corazón latiente.
Sin embargo, el juego de Daniel no había hecho más que encender la bestia interior del hechicero.
Con una facilidad pasmosa y una agilidad sobrehumana, Eric hizo un leve movimiento con las muñecas. Las cuerdas de seda encantadas, diseñadas para resistir toneladas de presión, se rompieron en pedazos como si fueran hilos de araña desgastados.
Antes de que Daniel pudiera reaccionar o soltar una risa de sorpresa, Eric lo tomó por la cintura con un agarre de hierro y giró sobre la cama, invirtiendo la posición en un segundo.
Ahora era Eric quien estaba encima, sujetando las muñecas de Daniel contra el colchón con una sola mano sobre su cabeza.
Los ojos violeta de Eric brillaban con una intensidad volcánica, y las pequeñas vetas moradas de su verdadera naturaleza comenzaron a resaltar bajo su piel de alabastro.
—¿Creías que tenías el control absoluto, mi hermoso Daniel? —siseó Eric con una sonrisa sensual y peligrosa, mostrando la punta afilada de sus colmillos.
—Eric... —jadeó Daniel, sintiendo que un nuevo escalofrío de deseo recorría todo su cuerpo agotado.
Sin darle tiempo a responder, Eric se alineó de nuevo y embistió profundamente en el interior de Daniel con una brusquedad y una pasión renovadas. Daniel soltó un grito agudo que resonó por toda la alcoba, arqueando la espalda violentamente.
Eric comenzó un ritmo frenético, posesivo e incansable, tomando a Daniel con una ferocidad que superaba todo lo anterior. Se inclinaba hacia abajo para clavar sus colmillos en el cuello de Daniel, dejando marcas de sangre ligera que lamía inmediatamente con devoción.
—Eres mío... —susurraba Eric contra el oído de Daniel con una voz grave y aterradora mientras embestía sin piedad—. Eres mi prisionero, mi rey, mi única cordura. Ningún ejército, ningún duque, ningún dios te apartará de mí. Si el mundo entero se quema mañana, te tendré entre mis brazos en medio de las cenizas.
—¡Eric! ¡Eric! —gritaba Daniel, aferrándose con los dedos a los hombros del hechicero, entregándose por completo a la locura compartida.
En el centro de la fortaleza, ajenos a la guerra que se avecinaba a las puertas de la torre, el hechicero y el joven que había renunciado al mundo para salvarlo se consumieron una vez más en una vorágine de posesión absoluta.