Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
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El fuego no se quema
Valkan y Cassandra citaron a Serafín en su despacho privado, un aposento de paredes oscuras y pesados cortinajes, donde solo entraban los tres. No había sirvientes, ni testigos, ni nada que interrumpiera la conversación que venían postergando.
Cuando entró, Serafín iba todo suelto de huesos, con la camisa entreabierta y el paso ligero y despreocupado de siempre. Parecía el típico joven príncipe: sonriente, relajado, sin una sola arruga de preocupación en el rostro. Pero Valkan y Cassandra lo conocían mejor que nadie. Ellos lo habían educado, lo habían moldeado, y sabían muy bien qué se escondía tras esa cara de muchachito despreocupado. Bajo esa fachada había una mente que se adelantaba veinte pasos a los demás. Era frío en sus decisiones, despiadado en sus venganzas, creativo para destruir a sus enemigos… y lo peor de todo era que disfrutaba la caza de quien consideraba digno de su interés.
Cassandra no se anduvo con rodeos.
—Dime —dijo, mirándolo fijamente—, ¿qué piensas hacer realmente con esa muchacha?
Serafín soltó una risa ligera, como si la pregunta le pareciera innecesaria.
—Ay, madre… ¿qué podría hacerle? —respondió con una sonrisa inocente.
Su padre se llevó una mano a la frente, suspirando con firmeza.
—Serafín, te conozco desde que tenías un metro de altura. Conozco cada gesto tuyo, cada mentira, cada forma en que te inclinas cuando estás tramando algo. Sé que roncas por las noches y que duermes de revés. Sé que odias la rutina un poco más que cumplir tus deberes. Así que no nos mientas, muchacho. Dinos qué estás planeando de verdad.
La sonrisa de Serafín se desvaneció lentamente. Esa actitud despreocupada se desvaneció como humo, y ante ellos quedó otra persona: más serio, los ojos filosos y brillantes, la postura recta y tensa, como una espada desenvainada.
—Es simple, padres —dijo, con voz baja y clara—. Esa muchacha está destinada a destruirme. ¿Por qué no tenerla bajo mi vista, en mi cama, complaciéndome? De ese modo, nunca tendrá la oportunidad de alzar la mano contra mí. Está cerca, está controlada… y es mía.
Cassandra lo miró con severidad, aunque no sin asombro.
—Estás jugando con fuego, Serafín. ¿No temes quemarte?
Serafín sonrió de nuevo, pero ya no era la sonrisa de un niño. Era la sonrisa de quien sabe que nada puede dañarlo. Tomó una manzana de un frutero sobre la mesa y le dio un mordisco tranquilo antes de responder.
—Madre, yo soy el fuego. ¿Cómo podría quemarme con mi propio elemento?
—Sabes a qué me refiero —insistió ella—. Con el destino y las profecías no se juega así.
—¿Ah, sí? —inclinó la cabeza, masticando con calma—. Soy un dragón, madre. ¿Se supone que en este mundo no debí nacer? Y lo hice. Soy una anomalía. Conmigo las reglas del destino no juegan… las doblo a mi voluntad. Y lo estuve pensando todo el tiempo que iba hacia el templo. Llegué a una conclusión.
Dejó la manzana a medio comer y se inclinó hacia ellos, apoyando las manos en el borde del escritorio.
—Esa muchacha tiene la habilidad de destruirme. Su antecesora logró destruir a mi antecesor. Y creo que sé exactamente cómo lo logró. No fue solo con magia sagrada, no. Fue algo más sutil, algo que yo mismo usé contra ella, contra su nueva versión.
—¿Y qué fue? —preguntó Valkan, atento.
—Amor —dijo Serafín, y la palabra cayó pesada en la habitación—. Estoy seguro de que aquella sacerdotisa, igual que la de ahora, y mi antecesor, descubrieron esa resonancia, eso que los hacía únicos el uno para el otro. Mi antecesor cayó ante esa resonancia. Fue débil. Se dejó llevar por lo que sentía, y ella aprovechó esa debilidad para eliminarlo. De lo contrario… ¿cómo un dragón poderoso como él pudo caer ante una muchacha, por mucha magia sagrada que tuviera? No, madre. Ella no lo venció con hechizos. Lo venció con sus sentimientos, con su sinceridad, con todo lo que él bajó la guardia para recibir.
Hizo una pausa, y sus ojos brillaron con una determinación helada.
—Yo no seré estúpido. Yo revertiré lo que esa sacerdotisa hizo. No dejaré que ella sea mi debilidad. La haré su debilidad a ella. La tengo rendida, poseída, atada a mí antes de que pudiera siquiera imaginar alzar su arma. ¿Y quién sabe? Quizás hasta ya lleve en su vientre a mi hijo.
—Eres retorcido —dijo Valkan, moviendo la cabeza, aunque había un destello de aprobación en su mirada.
—Eficiente, diría yo —corrigió Serafín, encogiéndose de hombros.
Cassandra lo observaba, con una mezcla de temor y admiración por la mente de su propio hijo.
—Hijo… tienes todo calculado hasta el último detalle. ¿Crees que funcionará tal como dices?
Serafín levantó las manos, con una sonrisa que ya no era ni fría ni cálida, sino simplemente segura.
—Eso espero —dijo—. ¿Y si no? Pues entonces ya habré ganado tiempo. Y el tiempo, padres… es el arma más peligrosa que existe. Si de algo sirve, al menos no tendré que buscarla por todo el continente cuando decida venir a por mí. La tengo aquí. Cerca. Y si algún día cambia de idea… sabré antes de que ella misma lo sepa.