Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 18: La primera discusión por su control
Pasaron unos días, o lo que equivalía a días en el ciclo eterno de fuego y sombra, y la imagen de la sala de audiencias seguía grabada en mi mente: la furia helada de Lucien, el terror de aquel señor, la ley que había dictado como si fuera la única verdad que existía. Yo entendía sus razones, entendía su forma de amar, entendía que para él protegerme significaba encerrarme bajo su poder absoluto. Pero poco a poco, esa protección que al principio me había hecho sentir segura, empezó a pesarme. Empecé a notar que sus límites no eran solo contra los demás, sino también contra mí.
Todo debía ser como él quería. Todo debía hacerse como él decía. No podía caminar por los pasillos sin que me siguieran dos guardias, no podía ir a los jardines sin que él mismo me acompañara, no podía hablar con nadie más que con Morgrath o Lirael, y aun así, siempre había una mirada suya vigilando, siempre había una presencia suya asegurándose de que no dijera nada que no debía, de que no hiciera nada que no estuviera permitido.
Esa tarde, quería ir a la biblioteca. Me había gustado mucho aquel lugar lleno de libros antiguos, de conocimientos, de historias que me ayudaban a entender mejor este mundo. Le había dicho a uno de los sirvientes que me prepararan el camino, que quería ir sola, solo un rato, para leer y estar tranquila. Pero cuando ya me dirigía hacia la puerta, apareció él. Apareció alto, imponente, con esa expresión de dueño de todo, y se interpuso en mi camino.
—¿A dónde vas? —preguntó, con esa voz que siempre era suave conmigo, pero que ahora tenía un tono de orden que me molestó.
—A la biblioteca —respondí, intentando mantener la calma—. Te lo dije ayer. Quiero leer un poco, aprender más sobre las leyendas de aquí.
Lucien negó con la cabeza, y dio un paso hacia mí, cerrando el espacio, poniendo sus manos sobre mis hombros, deteniéndome.
—Hoy no, pequeña mía. Hoy hay vientos fuertes en los pasillos del oeste, y hay criaturas pequeñas que se escapan de las profundidades. No es seguro. Irás otro día.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Me aparté de él, suave, pero con firmeza, y lo miré a los ojos, sintiendo cómo la frustración que había estado guardando durante días salía de golpe.
—¿Cuándo, Lucien? —pregunté, con la voz más alta de lo habitual—. ¿Cuándo podré ir? Siempre hay algo. Siempre hay un peligro, siempre hay una razón, siempre hay algo que hace que no pueda ir, ni hacer, ni estar sola ni un momento.
Él frunció el ceño, sorprendido por mi reacción, y su expresión se endureció un poco, sin entender por qué me quejaba, sin entender que para él todo lo que hacía era por mi bien.
—Lo hago por ti, Isabela. Ya te lo he dicho mil veces. Este mundo es peligroso. Este castillo tiene rincones oscuros que ni yo mismo controlo del todo. No quiero que te pase nada. No quiero que te acerques a nada que pueda hacerte daño.
—¡Pero me tratas como si fuera una niña pequeña, o como si fuera una prisionera! —exclamé, sintiendo cómo las lágrimas me subían a los ojos, de rabia y de impotencia—. ¡No soy una cosa, Lucien! ¡No soy un objeto que guardas en una vitrina para que nadie lo toque ni lo mire ni lo use! ¡Soy una persona! Tengo curiosidad, tengo ganas de saber, tengo ganas de caminar, de ver, de hablar… ¡Y tú me lo prohíbes todo!
Lucien abrió los ojos, y vi cómo en su mirada se mezclaban la sorpresa, el dolor y también esa furia que le salía cuando sentía que lo que hacía no era valorado.
—¿Prisionera? —repitió, y su voz se hizo más grave, más fría—. ¿Crees que te tengo aquí encerrada por capricho? ¿Crees que mis reglas son para controlarte por gusto? ¡Te tengo aquí para protegerte! ¡Todo lo que hago, cada norma, cada límite, cada vez que te detengo o te acompaño… lo hago porque te amo más que a mi propia vida! ¡Porque si algo te pasara, si alguien te hiciera daño, si te perdiera… yo me muero, Isabela! ¡Yo me destruyo con este mundo entero!
Dio un paso hacia mí, y esta vez no me aparté, aunque su presencia me abrumaba, aunque su poder vibraba en el aire alrededor nuestro.
—¡Quiero que estés segura! ¡Quiero que estés a salvo! ¡Quiero que todo lo que te rodea sea bueno, y hermoso, y seguro! ¡Y para eso tengo que controlar todo! ¡Tengo que saber dónde estás, qué haces, con quién hablas! ¡Porque soy el único que puede cuidarte, el único que puede mantenerte lejos de todo mal!
—¡Pero al hacerlo, me quitas la libertad! —le respondí, gritando ya, dejando salir todo lo que sentía—. ¡Me quitas la posibilidad de ser yo misma! ¡Me quitas la capacidad de aprender, de crecer, de conocer este mundo del que dices que ahora soy parte! ¡Me tienes tan controlada, tan vigilada, tan atada a tus decisiones… que a veces siento que ya no soy Isabela, sino solo lo que tú quieres que sea, solo lo que tú permites que sea!
Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas, lágrimas de frustración, de miedo, de dolor por estar peleando con él, con la persona que más amaba.
—Me dijiste que me amabas por lo que era, ¿recuerdas? Me dijiste que te gustaba mi curiosidad, mi forma de ver las cosas, mi valentía… ¡Pero si no me dejas hacer nada, si no me dejas ir a ningún lado, si no me dejas conocer nada de lo que no sea lo que tú eliges para mí… entonces me estás quitando todo eso! ¡Me estás quitando todo lo que te gustaba de mí!
Lucien se quedó callado. La furia que había en sus ojos se fue apagando poco a poco, dejando paso a la confusión, al dolor, a la duda. Bajó las manos que tenía cerradas en puños a los costados, y vi cómo sus hombros, siempre erguidos, siempre orgullosos, se bajaban un poco, vencidos.
—Yo… yo no quería eso —dijo, bajito, con la voz rota—. Yo solo quería… tenerte a salvo. Solo quería que nada te cambiara, que nada te dañara, que nada te alejara de mí. Para mí, controlarlo todo es la forma más alta de amor. Es la forma de decirte: Nada te va a tocar, porque yo estoy aquí y lo impido.
Se acercó despacio, con miedo de que lo apartara, y extendió una mano, dudoso, hasta que tocó mi mejilla, secando mis lágrimas con su pulgar, con esa ternura que siempre tenía cuando el orgullo o la rabia se le iban.
—He vivido tres mil años —susurró, mirándome con ojos llenos de dolor—. He visto cómo todo lo que quiero se me rompe, o se me va, o cambia hasta no ser lo que era. He visto perder a todos los que alguna vez me importaron. Y cuando llegaste tú… cuando te tuve aquí, pequeña, frágil, tan distinta a todo lo que conozco… sentí un miedo que no te puedes imaginar. Un miedo aterrador de que te pase algo, de que te pierda, de que dejes de ser mía o dejes de ser tú.
Se inclinó un poco, bajando la cabeza, hablando con una sinceridad que me desarmó por completo.
—Por eso intento controlarlo todo. Porque si todo está bajo mi mando, si todo lo decido yo, si todo lo vigilo yo… entonces creo que nada malo puede pasar. Creo que puedo mantenerte igual, segura, intacta, solo para mí. No lo hago para hacerte daño, ni para encerrarte. Lo hago porque tengo terror de perderte. Porque mi forma de amar es así: posesiva, absoluta, llena de miedo a que te escapes o te dañes.
Lo miré, y toda mi rabia se fue convirtiendo en pena, en amor, en comprensión. Él no era malo. Él solo amaba de la única forma que conocía, la forma que había aprendido en siglos de soledad, de poder, de miedo a la pérdida. Se acercó a él, y tomé sus manos entre las mías, apretándolas fuerte.
—Lucien… entiendo tu miedo. Entiendo que me quieras cuidar. Pero el amor no es controlar todo lo que la otra persona hace o es. El amor es confiar. Es saber que, aunque me dejes caminar, aunque me dejes ver, aunque me dejes conocer cosas nuevas… yo siempre voy a volver a ti. Yo siempre voy a ser tuya. Yo siempre voy a ser la misma Isabela que se enamoró de ti.
Levanté la vista para mirarlo a los ojos, con firmeza, con amor.
—Si me encierras, si me controlas, si me cortas las alas… entonces sí vas a cambiarme. Porque me vas a quitar lo que soy. Y si me quitas lo que soy… entonces, ¿qué es lo que amas? ¿Una muñeca que haces mover a tu gusto? ¿Una sombra que vive solo lo que tú decides?
Él negó con la cabeza rápidamente, con desesperación, y me abrazó fuerte, escondiendo su rostro en mi cuello, como un niño que se da cuenta de que ha cometido un error, como un ser antiguo que por fin entiende algo que nunca había aprendido.
—No… no… —murmuró contra mi piel—. No quiero eso. Quiero a ti. Quiero tu curiosidad, tu fuerza, tu forma de ser. Quiero que seas tú, siempre. Solo que… no sé hacerlo de otra forma. No sé amar sin proteger, sin controlar, sin tener miedo.
Le acaricié el cabello suavemente, calmándolo, igual que él me calmaba a mí cuando yo tenía miedo.
—Pues aprende —le dije bajito, con dulzura—. Aprende conmigo. Aprende que puedes amarme, protegerme, quererme… y dejarme ser libre. Porque mi libertad, Lucien, siempre va a ser volver a ti. Porque tú eres mi hogar. Tú eres mi lugar. Y por más que camine, por más que vea, por más que aprenda… al final, siempre voy a elegir quedarme a tu lado.
Se separó un poco, y me miró con los ojos brillantes, con esa mezcla de amor, dolor y decisión que siempre había en él. Me besó las manos, una por una, con reverencia.
—Tienes razón —dijo, despacio, con voz firme—. Tienes toda la razón. He sido un tonto. He querido cuidarte tanto que casi te pierdo por mi propia mano. He creído que el control era amor… y me he equivocado.
Levantó la cabeza, y vi en su mirada la promesa de cambio, la promesa de que lo intentaría, aunque le costara, aunque le diera miedo.
—Te pido perdón, Isabela. Perdón por haberte tratado así. Perdón por no entender. Te prometo que lo intentaré. Te prometo que iré aprendiendo. Te prometo que te dejaré caminar, te dejaré ver, te dejaré ser tú… siempre y cuando recuerdes que estoy aquí, que te amo, y que, si algo te asusta o te hace daño, aquí estoy yo para protegerte.
Sonreí, entre lágrimas, y me levanté de puntillas para besarlo, un beso suave, lleno de todo lo que sentía, lleno de la paz que volvía entre nosotros.
—Lo harás —le dije, segura—. Lo harás, porque me amas. Y porque yo te ayudaré. Y porque aprenderemos juntos.
Lucien me abrazó de nuevo, pero esta vez no fue un abrazo de posesión, ni de encierro. Fue un abrazo de compañeros, de iguales, de dos almas que se estaban enseñando mutuamente lo que era el amor verdadero.
—Ve a la biblioteca —me dijo, apartándose un poco y sonriendo también, esa sonrisa que iluminaba todo—. Ve sola. Camina, lee, mira, aprende. Y cuando vuelvas… me cuentas todo lo que hayas visto. Me cuentas todo lo que hayas aprendido. Porque quiero saberlo todo de ti, de tus descubrimientos, de tus pensamientos.
Me dio un golpecito suave en la nariz, con esa ternura de siempre.
—Pero recuerda una cosa, pequeña mía: aunque te deje ir, aunque te deje ser libre… mi ley sigue siendo ley. Nadie te toca, nadie te mira, nadie te piensa. Y si alguien se atreve a olvidarlo… entonces todo vuelve a ser como antes. Y no te enfades conmigo si lo cumplo.
Reí, y asentí, feliz de ver que habíamos arreglado las cosas, felices de saber que podíamos discutir y entendernos, felices de saber que nuestro amor era lo suficientemente fuerte para crecer y cambiar.
—Entendido —le dije—. Nadie me toca, nadie me mira, nadie me piensa. Solo tú.
Lucien asintió, satisfecho, y me dio un empujoncito suave para que me fuera.
—Vete. Y disfruta. Y recuerda: te doy libertad… pero te espero aquí. Porque tú eres libre de ir… pero yo sé que siempre vuelves a mí.
Me fui caminando por el pasillo, con el corazón ligero, con la mente tranquila, sabiendo que habíamos pasado nuestra primera prueba, nuestra primera discusión, y que habíamos salido más fuertes, más unidos, más entendidos.
Y mientras me alejaba, escuché su voz suave, bajita, que me llegaba como una caricia:
—Te amo, Isabela. Más que al control. Más que al miedo. Más que a todo.
Y supe que todo iría bien.