Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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El primer taller
Maestro Qiao no confiaba en Lin Chen.
Eso quedó claro desde el primer día.
El herrero sostenía la aguja moderna entre dos dedos como si fuera una provocación personal.
—No me gusta.
Lin Chen levantó una ceja.
—¿La aguja?
—Tú.
—Eso es más difícil de arreglar.
Maestro Qiao soltó un bufido.
Su taller estaba ubicado en una calle donde trabajaban varios artesanos del metal. El lugar era oscuro, caliente y ruidoso. Había un pequeño horno, martillos de diferentes tamaños, tenazas, moldes y montones de piezas incompletas.
Lin Chen observaba todo con atención.
No sabía forjar.
Ese era precisamente el problema.
Podía buscar información en el presente, pero entre entender una explicación y reproducir un proceso con herramientas antiguas existía una enorme diferencia.
Había pasado la noche anterior viendo materiales sobre trabajo tradicional del acero.
No tutoriales para fabricar agujas industriales.
Eso habría sido inútil.
Necesitaba métodos que pudieran adaptarse a Qinghe.
Preparación del alambre.
Estirado.
Enderezado.
Templado.
Pulido.
Perforación.
Todo parecía sencillo en palabras.
En la práctica no lo era.
Maestro Qiao dejó la aguja sobre la mesa.
—Dijiste que tenías ideas.
Lin Chen abrió una bolsa.
Sacó varias piezas.
No eran máquinas.
Había sido cuidadoso.
Unas pequeñas limas.
Una piedra abrasiva de calidad uniforme.
Unas tenazas mejor diseñadas.
Y una placa metálica gruesa con varios orificios de diferentes diámetros.
Maestro Qiao tomó la placa.
—¿Qué es esto?
—Quiero probar algo.
—¿Lo fabricaste tú?
—No.
—¿Tu Cámara?
Lin Chen sonrió.
—Algo parecido.
Qiao resopló.
—Habla.
Lin Chen señaló un pequeño trozo de metal.
—En lugar de martillar cada pieza hasta hacerla fina, quiero intentar pasar metal calentado a través de estos agujeros.
El herrero lo miró.
Luego miró la placa.
Después volvió a mirarlo.
—¿Para hacer alambre?
—Sí.
Silencio.
Qiao tomó el trozo.
—No funcionará.
—¿Por qué?
—Porque se romperá.
—Probemos.
—Ya sé cómo trabaja el hierro.
—Y yo estoy pagando.
Eso terminó la discusión.
La primera prueba fue un desastre.
El metal se deformó.
La segunda también.
En la tercera, la placa se desplazó y casi salió disparada.
Maestro Qiao lanzó una mirada asesina a Lin Chen.
—Gran idea.
Lin Chen estaba cubierto de sudor.
—Todavía estamos probando.
—Tus pruebas quieren matarme.
La cuarta salió un poco mejor.
No produjeron alambre fino.
Pero lograron reducir el diámetro de una pieza de manera más uniforme.
Qiao dejó de burlarse.
La examinó.
—Otra vez.
Repitieron.
Luego otra vez.
Al final de la tarde, habían conseguido una pieza larga bastante más regular que las que el taller producía normalmente.
No era suficiente para una aguja moderna.
Ni cerca.
Pero era progreso.
Lin Chen sonrió.
Qiao no.
—No te emociones.
—¿Por qué?
—Todavía falta convertir eso en algo útil.
—Lo sé.
—Entonces deja de sonreír.
Lin Chen siguió sonriendo.
Durante una semana, regresó todos los días.
No llevó más productos terminados.
Llevó información.
Pequeñas herramientas.
Dibujos.
Y dinero.
Mucho menos de lo que habría costado montar una fábrica moderna, pero suficiente para que Qiao siguiera tolerándolo.
El herrero empezó a interesarse.
No lo admitía.
Pero Lin Chen lo veía.
Cada vez hacía más preguntas.
—¿Y si calentamos menos?
—Probemos.
—¿Y si pulimos antes de endurecer?
—Probemos.
—¿Y si usamos otra aleación?
Ahí Lin Chen tenía que ser más cuidadoso.
No sabía suficiente metalurgia como para inventar respuestas.
—No lo sé.
Qiao lo miró con desprecio.
—Finalmente admites algo.
—Puedo investigar.
—Siempre dices eso.
—Y vuelvo con respuestas.
Eso hizo que el herrero se quedara callado.
Era verdad.
El primer lote de agujas locales tardó nueve días.
Cincuenta piezas.
Veintitrés fueron descartadas.
Diecisiete eran aceptables.
Diez eran buenas.
Ninguna alcanzaba la calidad de las modernas.
Pero las diez mejores eran claramente superiores a la mayoría de las agujas normales de Qinghe.
Lin Chen las colocó en fila.
Qiao observó.
—Demasiado trabajo.
—Por ahora.
—No podemos venderlas baratas.
—No hace falta.
El herrero lo miró.
—¿Entonces?
—Primero las venderemos como producto mejorado.
No intentaría competir por volumen.
Todavía no.
Necesitaba comprobar si los clientes valoraban la diferencia.
Su Wan'er recibió el lote sin entusiasmo.
—Son peores que las anteriores.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué venderlas?
—Porque estas sabemos de dónde vienen.
Ella entendió inmediatamente.
—Maestro Qiao.
—Exacto.
—¿Y si preguntan?
—Decimos la verdad. Son fabricadas en Qinghe con un proceso mejorado.
Su Wan'er tomó una.
—No es tan perfecta.
—No tiene que serlo.
Ella sonrió ligeramente.
—Ahora empiezas a sonar como comerciante.
—Pensé que ya lo era.
—Antes eras un hombre vendiendo cosas imposibles.
Lin Chen decidió no discutir.
Las primeras agujas locales se vendieron bien.
No espectacularmente.
Bien.
Las costureras notaron que eran más uniformes.
Algunas preferían las anteriores.
Otras aceptaron las nuevas por un precio más bajo.
Eso era suficiente.
Lin Chen creó dos categorías.
Aguja fina del Mar del Este.
Producto limitado.
Cara.
Importada.
Y:
Aguja Qiao.
Local.
Más barata.
Disponible.
El nombre horrorizó al herrero.
—No quiero mi nombre ahí.
—Demasiado tarde.
—Quítalo.
—A la gente le gusta saber quién fabrica algo.
Qiao lo miró como si quisiera golpearlo con un martillo.
—Eres insoportable.
—Pero ahora vendes más.
Qiao no respondió.
La mayor sorpresa llegó cuando otros herreros comenzaron a preguntar.
Uno quería saber cómo hacía Qiao las piezas.
Otro ofreció trabajar para él.
Un tercero acusó al Pabellón de vender mercancía extranjera disfrazada.
Lin Chen no reaccionó.
Eso era parte del proceso.
La competencia estaba apareciendo.
Y eso significaba que la innovación era visible.
Pero también confirmó algo.
Si enseñaba demasiado rápido, otros copiarían todo.
Necesitaba decidir qué compartir.
Y qué proteger.
No patentes.
No existían como en su época.
Solo secretos de taller.
Contratos.
Lealtad.
Ventaja temporal.
Una tarde, Qiao llamó a Lin Chen.
—Tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—Si sabes cómo mejorar esto...
Le mostró una aguja.
—¿Qué más sabes?
Pregunta peligrosa.
Lin Chen tardó en responder.
—Algunas cosas.
—¿Como qué?
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto quieras trabajar.
Qiao soltó una carcajada.
—Tú no sabes fabricar nada.
—Correcto.
—Pero apareces con ideas.
—Correcto.
—Y cuando no sabes algo, desapareces un día y vuelves con una respuesta.
Lin Chen sonrió.
—¿Eso te molesta?
—Muchísimo.
—Perfecto.
Qiao lo miró largo rato.
Después volvió al horno.
—Mañana quiero mostrarte algo.
—¿Qué?
—Un cuchillo.
Lin Chen frunció el ceño.
—¿Qué tiene?
—Nada.
El herrero sonrió.
—Todavía.
Esa noche, Lin Chen volvió al presente.
Anotó los resultados.
Ingresos modestos.
Costos altos.
Producción lenta.
Pérdidas por defectos.
Pero algo era diferente.
Por primera vez, un producto que vendía no había atravesado terminado la puerta.
Se había fabricado en Qinghe.
Peor.
Más caro.
Más lento.
Pero local.
Lin Chen escribió una línea en su libreta.
Primer producto independiente del portal.
La observó varios segundos.
Después añadió:
No necesito traer un imperio del futuro. Tengo que construirlo aquí.