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UNA VUELTA PROHIBIDA

UNA VUELTA PROHIBIDA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:559
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.

Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.

Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 18 POLVO EN LA PISTA

El sol de media tarde caía con fuerza sobre el complejo del circuito, tiñendo de oro los techos metálicos de los talleres, los boxes y las carpas de prensa que se extendían como una ciudad provisional a los lados de la pista de asfalto negro. El aire olía a combustible nuevo, a caucho caliente, a metal limpio y al perfume suave de los eucaliptos que bordeaban el acceso principal. Al fondo, las oficinas administrativas de cada escudería se alzaban en estructuras modulares, con los emblemas de los equipos brillando bajo la luz: el cavallino rampante de Ferrari destacaba entre todos, rojo intenso, orgulloso.

Crucé la zona de recepción con la maleta de herramientas colgada al hombro y la libreta de apuntes apretada contra el pecho. Los pasos resonaban en el suelo de cemento pulido, y al llegar a la puerta de la oficina de estrategia, una voz conocida me detuvo:

—¡Mara! Por fin llegas.

Elena estaba recostada en el marco, con el uniforme de equipo impecable, las gafas de sol levantadas sobre la frente y una sonrisa que mezclaba exigencia y cariño. Me miró de arriba abajo y entrecerró los ojos con sorpresa.

—¿Te cortaste el cabello?

Me pasé la mano por el cabello nuevo, más corto, más ligero, y solté una risa suave.

—Sí. Necesitaba empezar de cero, por así decirlo. Un cambio que me ayudara a no mirar siempre hacia atrás.

—Te queda increíble —dijo ella, dándome una palmadita en el hombro y haciéndome señas para que la siguiera—. Pero ven, no perdamos tiempo. El equipo ya está reunido en la sala de análisis.

Atravesamos el pasillo principal, donde se abrían las puertas a los talleres mecánicos: allí los monoplazas descansaban sobre plataformas hidráulicas, rodeados de herramientas ordenadas por tamaños, neumáticos apilados por compuestos, paneles de repuesto y técnicos que revisaban cada pieza con lupa. Más adelante estaban los boxes, el espacio sagrado donde segundos valen carreras enteras, y al final del pasillo, la sala de reuniones, con pantallas gigantes que mostraban el trazado de la pista, los tiempos de entrenamientos anteriores y los datos de velocidad en cada curva.

Todos se giraron cuando entramos. Charles Leclerc me saludó con un gesto de la cabeza y una media sonrisa cálida; Carlos Sainz asintió con firmeza, con esa mirada de quien sabe que cada detalle cuenta.

—Bueno, chicos —empezó Elena, apoyándose en la mesa de estrategia—, no nos confiemos: vamos liderando el campeonato, pero la ventaja es mínima. Mercedes viene pisándonos los talones, y cada carrera es una guerra aparte. Charles va primero en la clasificación provisional, Carlos muy cerca en segundo. Pero nada está decidido.

—¿Y la pista de mañana? —preguntó Carlos, inclinándose hacia el mapa—. Tiene curvas muy cerradas y zonas de frenado fuerte. Hay que probar bien los neumáticos.

—Exacto —dijo Elena, y me miró directamente a mí—. Mara, hasta ahora te has dedicado casi por completo a la estrategia, y eres excelente en ello. Pero Quiero que estudies cada detalle de la F1: cómo cambian las condiciones, cómo reacciona el coche, cómo toman decisiones los pilotos, cómo afecta el clima, los errores del rival… Todo eso.

Asentí, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón, pero sin apartar la mirada.

—Claro que sí. Estoy lista.

—Perfecto. Y una cosa más —agregó, justo cuando yo salía de la sala—:  al rato te haré un examen. Situaciones reales, decisiones en fracciones de segundo, sin tiempo para dudar. ¿Te parece bien?

Sonreí con seguridad.

—Más que bien. Aquí estaré.

Me fui hacia la zona de descanso y cafetería, un espacio amplio con mesas de plástico resistente, máquinas de café y una gran ventana que daba a la zona de aparcamiento de vehículos del equipo. Me senté en una mesa apartada, saqué la tableta y empecé a revisar los datos de los últimos grandes premios, comparando tiempos de parada en boxes, rendimiento de neumáticos y estrategias de combustible. No pasaron diez minutos cuando una sombra se proyectó sobre la pantalla. Levanté la vista y me encontré con unos ojos oscuros y una sonrisa amable.

—Hola. ¿Te molesta si me siento?

Era Yuki Tsunoda, con el uniforme de AlphaTauri, la gorra puesta al revés y esa energía ligera que parecía no acabarse nunca. Le hice sitio con un gesto.

—Para nada. Hola, Yuki. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias. Te vi pasar y me dijeron que eres la mecánica que cambia neumáticos en tiempos de locura. Quería conocerte. —Se sentó frente a mí y miró la pantalla—. ¿Estudiando estrategias?

—Así es. Estoy aprendiendo. Mañana tengo una prueba.

—¿De verdad? —Se rió, mostrando los dientes—. Pues te ayudo. No tengo nada que hacer hasta el entrenamiento de tarde. ¿Te parece?

—Me encantaría —respondí, y al soltarme el cabello de la nuca para acomodármelo, él se quedó mirándome un instante, con una expresión tierna y sincera.

—Está bien. Cierra los ojos un momento. Toma la tableta como si fuera el volante. Ahora: estamos en carrera, faltan seis vueltas para terminar, empieza a llover con fuerza. No sabemos si será una lluvia corta o si caerá durante todo el final. ¿Qué haces?

Entrecerré los ojos, imaginándome el ruido de los motores, el agua salpicando el asfalto, la visión reducida.

—Primero dependo de qué compuesto llevamos puesto ahora. Si son neumáticos lisos, no podemos seguir así: perderemos agarre, patinaremos en cada curva y nos arriesgamos a salidas. Pero si entramos a boxes y la lluvia para en dos vueltas, perdimos mucho tiempo y la carrera. —Respiré hondo y seguí—: Yo preguntaría al piloto: ¿sientes que el coche se te va de atrás? ¿Hay charcos visibles? Si me dice que no puede aguantar más, entramos ya con neumáticos intermedios. Si dice que aguanta una vuelta más, esperamos y evaluamos. Y siempre calculamos: ¿cuánto tiempo perdemos en parada? ¿Cuánto nos ganarían los demás si entran antes?

Yuki asentía con los ojos muy abiertos.

—¡Exacto! Muy bien. Ahora otra: vas primero, pero el de atrás te presiona desde tres vueltas, intenta pasarte por dentro, por fuera. Tu coche tiene un fallo leve en la dirección que no podemos arreglar ahora. ¿Qué haces?

—No me peleo con él en la primera curva. Le dejo ver que tengo espacio, pero cierro bien los puntos clave. Uso el rebufo a mi favor, freno lo más tarde posible sin arriesgarme, y hago que él se equivoque si quiere adelantar. Si el fallo empeora, aviso al equipo y protegemos la posición sin forzar hasta romper.

—¡Increíble! —exclamó él—. Tienes instinto. Y oye, lo de cambiar neumáticos en cinco segundos… Eso no es cosa de suerte. Sé que dicen que por ser mujer o por tener menos fuerza no puedes hacerlo rápido, pero tú lo haces mejor que muchos de los mecánicos Eres famosa en el paddock, ¿sabes? Todo el mundo comenta lo que haces.

Me sonrojé un poco y bajé la mirada a la tableta, pero en ese momento una sombra más alta y rígida pasó por el pasillo exterior. Levanté la vista de reojo: era Gael. Iba deslizándose sobre un patín eléctrico, con la postura erguida, la mandíbula tensa y el uniforme de Mercedes impecable. Por un segundo nuestros ojos se cruzaron. Él se detuvo apenas un instante, como si quisiera decir algo, pero giró la cabeza bruscamente y siguió su camino, sin mirar atrás.

Sentí que se me contraía el pecho, como siempre que lo veía y no podía acercarme, no podía hablarle como quería. Yuki siguió mi mirada y bajó la voz:

—¿Lo conoces?

—De vista —respondí rápidamente, recuperando la compostura—. Es Gael, de Mercedes.

—Es muy callado —comentó él—. Muy bueno, pero no habla casi con nadie. Bueno, creo que ya te he distraído bastante. Sigue estudiando, que lo harás genial.

Se levantó y me dio una palmadita suave en el hombro antes de irse. Yo regresé a la oficina de estrategia, donde Elena ya tenía listo el examen. Me senté frente a ella y durante cuarenta minutos me lanzó situaciones una tras otra: fallos de motor a mitad de carrera, accidentes en pista que obligan a usar el coche de seguridad, decisiones de cambiar estrategia en tiempo real, cálculos de combustible y riesgo de penalizaciones. Al terminar, ella dejó el papel sobre la mesa y me miró con una sonrisa de satisfacción.

—Mara, lo has hecho impecable. Has pensado rápido, no has arriesgado sin motivo y has tenido en cuenta hasta el último detalle. Estoy muy orgullosa.

—¿Entonces ya puedo irme? —pregunté, guardando mis cosas.

—Claro. Descansa, que mañana será un día largo.

Salí al pasillo y me dirigí hacia la salida principal, pero antes de llegar al portón, Lucas, me llamó mientras pasaba a toda velocidad sobre un patín eléctrico.

—¡Mara! ¿Te llevo? Vamos en la misma dirección.

—¿Estás seguro? —pregunté, dudando un instante.

—¡Claro! Súbete delante, yo manejo.

Me subí con cuidado, agarrándome del manillar con ambas manos. El camino era estrecho, entre carpas y vehículos de carga, y el sol ya empezaba a bajar, cegando un poco la visión. Lucas aceleró un poco más de lo debido, riéndose:

—¡Mira qué rápido vamos!

—¡Lucas, ten cuidado! —alcancé a decir, pero ya era tarde.

De repente, un carrito de golf salió de entre una carpa sin avisar. Lucas frenó en seco, pero el patín patinó sobre el asfalto polvoriento. Todo pareció moverse en cámara lenta: el chirrido de las ruedas, el grito ahogado que se me escapó, el golpe seco contra el lateral del carrito. Salimos despedidos hacia adelante. Yo caí primero, golpeándome el costado contra el suelo duro y rasposo, y Lucas cayó a mi lado. El impacto me dejó sin aire un momento; sentí el calor agudo en el hombro y luego la humedad caliente empapando la parte delantera de mi playera blanca.

Oí voces gritando a mi alrededor, pasos corriendo. Alguien se arrodilló a mi lado. Levanté la vista entre el polvo que se levantaba en el aire y lo vi: Gael estaba allí, con la mirada fija en mí, con esa dureza de siempre rota solo por un destello de alarma en los ojos. Se agachó más, pero no me tocó, como si midiera cada movimiento para no llamar la atención, aunque su voz salió más baja y tensa que nunca:

—No te muevas. Ya vienen los médicos.

Alrededor se agolpaban mecánicos de todas las escuderías, personal de seguridad y pilotos que pasaban por allí. Yo intenté incorporarme, pero el dolor me hizo volver a caer sobre el codo. Gael apretó los labios, sus puños cerrándose a los costados, y dio un paso hacia mí antes de detenerse, recordando dónde estaba, quiénes éramos.

La sangre manchaba la tela blanca, oscureciéndola poco a poco, y yo solo podía pensar en lo cruel que era todo: en que lo tenía a unos metros, preocupado por mí, y sin embargo, seguía estando prohibido.

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Ana Gonzalez
más capitulos excelente novela ❤️
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