⛈️🍒El amor Alfa x Alfa rompe todas las leyes de la naturaleza, nuevamente. 🍼🐺 ¿Se imaginan al imponente Min-hyuk con pancita y a Tae-jun liberando toda su cereza quemada para protegerlo? El cachorro Enigma ha llegado para reclamar su trono. 🍒⛈️
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Por amor
El silencio dentro del dormitorio era denso, pesado y cargado de una aflicción que ninguno de los dos Alfas sabía cómo expresar con palabras. Las maletas de piel fina descansaban abiertas sobre el banco de madera oscura al pie de la cama. Min-hyuk introducía un par de prendas cómodas de manera mecánica, doblando la ropa con una parsimonia que delataba la tormenta psicológica que arruinaba sus pensamientos. Sus manos, usualmente firmes y seguras al firmar contratos multimillonarios, temblaban de forma casi imperceptible cada vez que tocaban las telas.
Tae-jun lo observaba desde el marco de la puerta del vestidor. El Alfa se había quedado únicamente con la camisa oscura de cuello alto que remarcaba las facciones afiladas de su rostro. Mantenía los brazos cruzados sobre el pecho.
De la piel de Tae-jun comenzaba a brotar un aroma denso a tabaco dulce, un perfume que en los días de la oficina solía imponer distancia y sumisión, pero que ahora se esparcía por la habitación con una calidez deprimida y protectora. El Alfa rey estaba sufriendo en silencio. Ver a su esposo, el imponente lobo robusto que manejaba el Grupo Min con una fuerza bruta comercial implacable, con los hombros caídos y la mandíbula tensada por el desgarro emocional, le partía el alma en mil pedazos.
—Deja eso, Min-hyuk —dijo Tae-jun. Su voz suave.
Min-hyuk no respondió de inmediato. Se quedó inmóvil, con una playera oscura entre los dedos, observando el gran ventanal que mostraba los rascacielos de la metrópolis bajo el cielo gris de la llovizna. Este departamento ya no era el escondite clandestino de sus noches prohibidas; era su hogar, el lugar donde sus familias los visitaban y donde el nuevo orden corporativo había sido sellado con la bendición de los patriarcas. Saber que sus padres, sus socios y toda la alta sociedad conocían esta residencia hacía que la tragedia biológica fuera aún más asfixiante. No solo estaban perdiendo un hijo; estaban a punto de ingresar a la Clínica para borrar el registro de un milagro porque la medicina lo consideraba una aberración mortal.
—Podríamos haberlo logrado —susurró Min-hyuk, y su sonó profunda, raspado por un nudo de lágrimas de impotencia que se negaba a soltar—. Cuando el doctor mostró la pantalla del ultrasonido y vi ese pequeño punto parpadeante… por un segundo, mi instinto de Alfa no sintió rechazo. Sentí una necesidad demente de protegerlo. Quería que naciera. Quería ver si heredaba tus ojos o los míos.
Tae-jun caminó despacio hacia él. Sus pasos perezosos no hacían ruido sobre el suelo. Se detuvo justo detrás de Min-hyuk, acortando la distancia hasta que el calor de sus cuerpos unificados comenzó a disipar el frío del aire acondicionado. Tae-jun estiró sus dedos y, con una delicadeza extrema que solo reservaba para la intimidad de su matrimonio, tomó la playera de las manos de Min-hyuk y la arrojó de vuelta a la maleta.
—Yo también lo quería, mi amor —confesó Tae-jun, bajando la mirada hacia el suelo—. Pensar en un cachorro nacido de nosotros dos, un linaje puro que manejaría nuestro imperio con tu fuerza y mi inteligencia… era la apuesta más hermosa de mi vida. Pero el Doctor Kang fue tajante. No voy a poner en riesgo tu vida por un imposible. Si te pasa algo, el imperio que construimos no significará nada para mí.
Min-hyuk soltó un bufido corto, una risa triste y rota. Se giró despacio, quedando rostro a rostro con de su pantera. La cercanía en la penumbra del dormitorio era peligrosa, encendiendo un calor conocido que se ramificaba por sus muslos y les secaba la boca. El síndrome de la abstinencia y el miedo exterior los empujaban a buscarse con desesperación, pero la tristeza levantaba un muro invisible.
—Es mi orgullo el que está sangrando, mi rey —admitió Min-hyuk, entrelazando sus dedos con los dedos de Tae-jun—. Ahora mi biología me castiga con una anomalía infértil que me debilita. Siento náuseas cada mañana, me canso al revisar los informes financieros y tengo que usar parches químicos en el cuello para que nadie huela esta dulzura extraña que emana de mi piel. Siento que dejé de ser un Alfa de verdad.
—Cállate la boca, lobo estúpido —cortó Tae-jun con un susurro que rozó los labios carnosos de Min-hyuk—. Haber cambiado tu cuerpo por mí no te hace menos Alfa. Te hace el único hombre capaz de sostener mi ritmo y de romper las reglas de la naturaleza por amor.
Tae-jun redobló la apuesta emocional. Empujó sutilmente los hombros de Min-hyuk, obligándolo a recostarse sobre el colchón de la cama. Min-hyuk, agotado físicamente por el estrés y los primeros síntomas de la gestación, no opuso resistencia. Se dejó caer sobre las colchas oscuras, exhalando un suspiro hondo que vibró en todo su pecho.
Tae-jun se acomodó a su lado, subiendo una de sus piernas sobre los muslos de Min-hyuk para pegarlo más a su cuerpo. Liberó una ráfaga masiva y concentrada de su aroma a tabaco dulce y cereza negra, envolviendo el colchón en una neblina afrodisíaca y reconfortante que bloqueaba la frialdad del mundo exterior. Fue un despliegue de dominancia pura, pero desprovisto de agresión territorial; era un escudo de feromonas diseñado exclusivamente para calmar los temblores de su pareja.
Min-hyuk cerró los ojos oscuros, aspirando el perfume adictivo de su esposo. Sintió cómo el nudo de ansiedad en la boca de su estómago comenzaba a ceder ante el contacto eléctrico de la piel de Tae-jun. Estiró uno de sus brazos, rodeando la cintura de la pantera, jalándolo hacia su pecho con una posesividad asfixiante, como si temiera que las horas corrieran demasiado rápido y la cita en la clínica llegara para arrancarles el futuro de las manos.
Tae-jun deslizó sus dedos por la mandíbula de Min-hyuk, acariciando la pequeña cicatriz sutil de su ceja derecha con la punta de sus uñas finas. Desabrochó un par de botones de la camisa de su compañero, bajando la boca hacia su hombro para lamer sutilmente la herida ya cerrada de sus colmillos, depositando su saliva para aliviar la fiebre intermitente que la mutación le provocaba en las venas.
—Solo descansemos una hora, mi vida —murmuró Tae-jun contra su piel, sintiendo los latidos acelerados y potentes del corazón de su igual—. Olvídate de todo. Aquí adentro solo somos tú y yo. Déjate mimar por una vez en tu vida.
Min-hyuk soltó un gruñido, un sonido puramente animal de rendición emocional y confort absoluto. Se acomodó mejor en el abrazo posesivo, entrelazando sus dedos con los de Tae-jun sobre el colchón. En medio de la penumbra gris del dormitorio, los dos Alfas se desmoronaron por completo, revelando la vulnerabilidad de dos compañeros de vida que lloraban en silencio el destino de una criatura que la sociedad consideraba imposible, pero que sus corazones ya habían reclamado como propia.
Las sábanas y el aroma unificado de la tormenta eléctrica y la cereza quemada crearon una tregua perfecta, un refugio que los mantuvo unidos durante sesenta minutos de quietud dolorosa. Sabían que al despuntar la tarde tendrían que levantarse, tomar las maletas de piel, subirse al auto y viajar hacia la Clínica para cumplir con el veredicto del Doctor Kang.
Sin embargo, el tiempo seguía su curso implacable. Mientras ellos se aferraban el uno al otro en la cama, buscando en sus perfumes unificados la fuerza para enfrentar la internación quirúrgica, el destino de su revolución ya estaba moviendo sus hilos en otra parte de la metrópolis.
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