Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 1
Capítulo 1
Giulia Rivas tuvo un sueño breve.
En el sueño, el hombre tenía un perfil hermoso, casi imposible. Una cara capaz de desordenarle la vida a cualquiera. Era frío, tan frío como una pared de hielo, pero cuando la pasión llegaba al punto más hondo, esa rigidez se abría de una forma peligrosa, ardiente, casi cruel.
Cuando por fin logró abrir los ojos y reconoció a Julián Alcázar, ese rostro perfecto se deformó de golpe. Se volvió una nube negra, espesa, feroz, con una boca enorme lista para devorarla entera.
Giulia despertó sobresaltada.
Tardó unos segundos en notar las miradas raras alrededor. Recién entonces entendió que seguía en el avión de regreso a Buenos Aires.
Se acomodó en el asiento, avergonzada, y se llevó una mano a la mejilla. La tenía caliente.
Quizás era porque estaba a punto de volver a la ciudad. Por eso había soñado otra vez con aquella noche de hacía cinco años. Esa noche confusa, descontrolada, que había cambiado todo.
Después de eso, quedó embarazada.
Y se convirtió en la esposa de Julián Alcázar.
Aunque el matrimonio había sido secreto, el día que firmaron los papeles Giulia se sintió feliz. Ridículamente feliz.
Porque el hombre con quien se casaba era Julián.
El hombre que le gustaba desde hacía demasiado tiempo.
Una lástima que ese amor, esa supuesta felicidad, no hubiera sido más que una ilusión suya.
Más tarde supo que la mujer que Julián amaba de verdad era Malena Montes, la hija mayor de la familia Montes. Se había casado con Giulia solo para que el bebé no naciera como hijo ilegítimo.
El recuerdo le apretó el pecho. Las lágrimas se le juntaron en los ojos sin permiso, y la desesperación de aquella vez, cuando se fue embarazada y rota, volvió a subirle por la garganta.
Giulia apoyó una mano sobre el corazón y miró por la ventanilla.
Tenía que salir de ahí.
De ese recuerdo.
Media hora después, empujaba su valija por el hall del aeropuerto de Ezeiza cuando el celular empezó a sonar dentro de la cartera.
—¡Mami, te extraño mucho!
Giulia sintió que todo lo oscuro de su pecho se aflojaba.
De aquella historia dolorosa, lo único bueno que le había quedado era su hija. Su Dulce.
En la pantalla apareció una nena preciosa, de rasgos suaves, ojos brillantes y cachetes que daban ganas de besar. Giulia sonrió sin poder evitarlo.
—Mi amor, mami se fue hace menos de doce horas.
Dulce hizo un puchero.
—Pero un día sin verte son como tres otoños. Y en veinte minutos ya vamos a llevar un otoño y medio separadas. Quiero tocarte algo en el piano, mami.
Giulia soltó una risa bajita.
Dulce había nacido prematura. Durante esos años, Giulia había gastado tiempo, dinero y todo lo que tenía en ayudarla a recuperarse. La nena estaba mejor, sí, pero seguía siendo más chiquita y frágil que otros chicos de su edad.
Aun así, cuanto más crecía, más viva se volvía. Traviesa, dulce, rapidísima para entender todo. También había heredado el talento musical de Mora Alcázar, la madre de Julián. A su edad, podía agarrar cualquier instrumento complicado y hacerlo sonar como si hubiera nacido para eso.
—Dulce, mientras mami no esté en casa, tenés que portarte bien y hacerle caso a la tía Tania, ¿sí? Cuando vuelva te llevo un regalo.
Giulia había regresado a Buenos Aires por invitación de Brillo Sur Joyas, para representar a Queen Sherry en una colección especial de joyería romántica.
—Bueno... —Dulce juntó los deditos frente a la cámara—. Pero volvé rápido. Si no, se me va a derretir el corazón de tanto extrañarte.
Giulia ya estaba acostumbrada a las frases dulces de su hija, pero igual sonrió con toda la cara.
—Te lo prometo.
Cortó la videollamada y siguió caminando hacia la salida.
Entonces sintió un peso en la pierna.
Bajó la vista.
Un nene la estaba abrazando.
Giulia se quedó inmóvil.
El chico tendría más o menos la edad de Dulce. Tenía una carita redonda, blanca, preciosa, rasgos finos y una mirada tan clara que parecía llena de estrellas.
Y había algo en él.
Algo demasiado familiar.
El corazón de Giulia dio un tirón.
Cuando estaba embarazada de ocho meses, había tenido un accidente de tránsito en el exterior. El parto se adelantó. De los mellizos que llevaba en la panza, solo Dulce había sobrevivido.
Si el otro bebé siguiera vivo, tal vez sería así.
Así de lindo.
Giulia y el nene se miraron durante varios segundos. Ella sintió que los ojos se le humedecían.
El chico, vestido con ropa moderna y cara, no parpadeaba. Parecía haber notado su tristeza, porque apretó la boquita con gesto serio.
Giulia tragó el nudo de la garganta, se agachó y miró alrededor.
—Hola, campeón. ¿Estás solito? ¿Dónde están tu mamá y tu papá?
Benja no contestó.
Solo la miró, con la boca apretada y una expresión demasiado seria para un nene tan chico.
Se quedaron así, mirándose.
Giulia metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo de leche.
—¿Querés?
Benja bajó la mirada al caramelo, pero no lo tomó. Siguió observándola.
—Bueno... —Giulia se quedó sin saber qué hacer.
Pasaron casi treinta segundos.
De golpe, el nene le arrebató el caramelo de la mano y salió corriendo.
—¡Ey, esperá!
Giulia se levantó de golpe, pero el chico ya se había perdido entre la gente.
En una sala privada del aeropuerto, Mateo caminaba detrás de Julián Alcázar con la espalda empapada de sudor frío.
—Señor Alcázar, ya hicieron el anuncio por los parlantes. El personal del aeropuerto está buscando con Lito y los demás. Vamos a encontrar al pequeño enseguida.
Julián giró apenas la cabeza.
No parecía enojado. Eso era peor: su calma helada dejaba sin aire a cualquiera.
—Ni siquiera podés cuidar a un chico.
Mateo sintió que las piernas se le aflojaban.
Por suerte, al segundo siguiente apareció Lito, el jefe de seguridad, con Benja en brazos.
El rostro tenso de Julián se relajó apenas.
Benja lo vio y empezó a moverse en los brazos de Lito, estirando los suyos hacia su papá.
Julián lo tomó.
Pero Benja no se quedó tranquilo. Levantó una mano, señaló hacia afuera y alzó la barbilla con orgullo.
—¡Mami!
Había encontrado a su mami.
A Julián se le congeló la mirada.
Todo él pareció convertirse en una capa de hielo.
Mateo sintió que esta vez sí se caía.
La madre biológica del pequeño era un tema prohibido para Julián. Nadie se atrevía a tocarlo.
Y claro. Benja, el niño más mimado de la familia Alcázar, acababa de meter el dedo justo en la herida.
Benja no tenía idea de lo que pasaba por la cabeza de Mateo. Tampoco le tenía miedo a la cara fría de su papá. Le tiró de la corbata y repitió:
—¡Mami!
Julián miró a su hijo.
Benja había mostrado una inteligencia fuera de lo común desde muy chico. Nadie le había dicho nunca quién era su madre. Lo había descubierto solo: hackeó el celular de Julián, entró en un álbum privado, encontró una foto y decidió que esa mujer era su mami.
Julián frunció apenas el ceño.
¿De verdad había vuelto esa mujer sin corazón?
Algo extraño cruzó por sus ojos.
Tan rápido que quizás ni él mismo lo notó.
Siguiendo las indicaciones de Benja, Julián volvió al hall del aeropuerto con el nene en brazos.
Giulia ya no estaba.
Había gente por todos lados, entrando y saliendo, arrastrando valijas, hablando por teléfono. Pero no quedaba ni rastro de esa figura que él conocía demasiado bien.
Por un segundo, Julián sintió que volvía a aquel día de hacía cinco años, cuando Giulia se fue sin despedirse.
Los recuerdos que había enterrado se le vinieron encima.
La boca se le tensó hasta quedar como una línea. En los ojos le apareció una burla fría, mezclada con una rabia contenida.
Esa mujer despiadada había abandonado hasta a su propio hijo.
¿Y si había vuelto?
¿Qué cambiaba?
No pensaba darle la oportunidad de arrepentirse.
Su expresión cambió varias veces hasta quedar otra vez lisa, indiferente. Como si Giulia Rivas no fuera más que una desconocida que podía cruzarse en la calle.
Con Benja en brazos, Julián se dio vuelta y se fue.
Entonces, Giulia salió desde una esquina.
Tenía el pecho lleno de algo que no podía nombrar.
Ahora entendía por qué ese chico le había resultado tan familiar.
Era el hijo de Julián Alcázar y Malena Montes.
Vio a padre e hijo alejarse y el corazón se le retorció con tanta fuerza que casi le dolió respirar.
Le dolía por Dulce, que había crecido sin el cariño de un padre.
Le dolía por el hijo que nunca pudo conocer.
Y le dolía por ella misma.
Afuera del aeropuerto, Julián ignoró los intentos de Benja por resistirse y lo sentó a la fuerza en la silla infantil del auto.
Benja se revolvió, furioso, golpeando el vidrio con las manos.
Julián frunció el ceño.
—Benja, basta. Portate bien.
—¡Mami! ¡Quiero a mami!
El grito del nene fue tan agudo que varias personas se dieron vuelta.
Julián apretó los labios. Esta vez se enojó de verdad.
—Benjamín. Alcázar.
Su voz salió baja, grave, con esa autoridad que llevaba años imponiéndose sin esfuerzo.
Los ojos de Benja se llenaron de lágrimas al instante. Parecía un pobrecito al que acababan de romperle el corazón.
Julián perdió.
Como siempre.
Se subió al asiento trasero y quedó frente a su hijo. Los dos, tan parecidos que casi daban risa, se miraron en silencio.
Después de un rato, Julián habló.
—Ella no es tu mami.
Benja ya había guardado las lágrimas como si nada.
—Mentira. Es igual a la foto.
Julián miró esa carita infantil, seria y desafiante. Nada que ver con el nene lloroso de hacía un minuto.
Benja era así. Dulce por fuera, lleno de trucos por dentro.
—No te miento. La mujer de esa foto no es tu mamá.
Benja lo miró fijo, como si quisiera encontrarle la mentira en la cara.
—Ya está. Vamos a casa.
Julián le acarició el pelo suave.
Pero durante todo el camino Benja se quedó apagado, de espaldas a él, encogido en la silla infantil y sin decir una sola palabra.
Julián lo vio.
Sus manos, apoyadas sobre las rodillas, se cerraron con fuerza.
La cara se le endureció todavía más.
Como hielo viejo, imposible de romper.