Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Mentiras en la discoteca, corazones que se rompen
El sábado por la noche, Draven ordenó a Kaelen llevar a Seraphina y sus amigos al club más exclusivo de la ciudad: . LUMIÈRE NOIRE , Luces neón, música que retumbaba en los huesos, gente rica y hermosa que bailaba como si no existiera el mañana.
—Espéranos en el coche —le ordenó Seraphina,(con arrogancia),arreglándose el vestido—. No te le ocurras mirarnos.
Kaelen asintió, pero cuando entraron, se quedó cerca. Y lo vio todo.
Vio a Nathaniel Cross, el novio de Seraphina —el chico más popular de la escuela, rubio, ojos claros, sonrisa perfecta— Todo un Príncipe—, apartarse de ella en la pista de baile y caminar hacia un rincón oscuro. Y vio a quién buscaba.
Liora estaba allí, incómoda,escondida entre las sombras, con un vestido sencillo que le quedaba hermoso, mirándolo con ojos llenos de un amor que no se atrevía a decir.
—Viniste —susurró ella.
Nathaniel la tomó del rostro con ambas manos, y su expresión cambió por completo: ya no era el chico seguro y arrogante. Era alguien roto, desesperado, enamorado.
—No debí venir —dijo con voz quebrada, la mirada ardiendo entre deseo y horror—. Esto es una maldita locura, Liora. Eres la hermana pequeña de mi novia. Eres apenas una niña, una cría inmadura. Y yo… yo no debería mirarte como te miro, pero esto se acaba AQUÍ Y AHORA.
—Pero lo haces —respondió ella, acercándose más, la voz temblando pero firme—. Sé que lo haces. Lo veo en tus ojos cada vez que crees que no miro.
—¡NO! —bramó él, con lágrimas de furia y desesperación brotando de sus ojos—. ¡No..no,significas NADA para mí! —y la empujó con brusquedad, con rabia contra sí mismo que descargó cruelmente sobre ella—. ¡Eres una niña tonta, estúpida, ridícula! ¿Crees que eres especial? ¿Crees que tus miraditas infantiles significan algo para mí? No eres nada. Absolutamente nada. Un insecto, una sombra patética que siempre está ahí sin que nadie te pida nada.
Liora palideció, dando un paso atrás como si le hubieran abofeteado.
—¿Qué…? No es verdad…
—¡Claro que lo es! —escupió él, hiriéndola cada vez más profundo con cada palabra para alejarla de él—. Me das asco. Me das lástima, y eso es lo más miserable de todo. Eres patética, siempre colgada de mí, siempre esperando como un perro hambriento que espera una migaja de atención. Seraphina tiene toda la razón: eres invisible. Nadie te ve. Nadie te ha visto nunca y nadie te verá. Ni siquiera yo cuando te tengo delante. Eres aburrida, insignificante, una copia barata de lo que ella es. ¿Crees que comparas con ella? No llegas ni a limpiarle los zapatos.
—Yo… yo te amo… —susurró ella con los ojos llenos de lágrimas que empezaron a caer.
—¡CÁLLATE! —gritó él, con un desprecio que heló la sangre—. No te atrevas a decir esa palabra. Tu amor es una molestia, una carga, una vergüenza. Eres una niña jugando a ser mujer y da risa verte intentarlo. Vete a tu cuarto, llora en tu almohada y madura… porque ahora mismo no eres ni siquiera digna de que te dirija la palabra. Y si vuelves a mirarme así… te haré arrepentir de haber nacido.
—Para… —susurró ella, retrocediendo con los ojos llenos de lágrimas.
—No eres nada —repitió él, y se giró para irse, pero se detuvo al ver a Kaelen en la entrada. Sus ojos se encontraron, y Nathaniel salió huyendo.
Kaelen corrió hacia Liora justo cuando sus piernas fallaban. La tomó en sus brazos mientras ella sollozaba contra su pecho, rompiéndose en pedazos.
—¿Por qué…? —lloraba ella—. ¿Por qué me lastima si siente lo mismo?
—Porque tiene miedo —respondió Kaelen, abrazándola con fuerza—. El miedo hace que la gente hiera a los que ama.
—Duele, Kaelen… duele mucho…
—Lo sé, pequeña. Lo sé. Pero yo no te voy a lastimar. Yo nunca te voy a dejar.
Esa noche, mientras la llevaba de regreso a casa, vio a Nathaniel esperando en la entrada, con la mirada perdida y el rostro deshecho por la culpa.
—¿Está bien? —le preguntó en un susurro.
—La rompiste —dijo Kaelen con frialdad—. Y si vuelves a hacerle daño, te mato.
Nathaniel lo miró con ojos vacíos.
—Ya me maté a mí mismo el día que la conocí —respondió, y se marchó.
Liora al llegar destrozada a casa, repite cada insulto como una puñalada y se convence de que es insignificante e invisible. Se odia por creer que podría estar en altura de Seraphina,que podría siquiera compararse con ella. Se lanza de golpe sobre la cama, hundiendo la cara en la almohada, y llora durante horas, hasta que el agotamiento la vence y se queda dormida entre lágrimas