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Destinada a Cinco Bestias

Destinada a Cinco Bestias

Status: En proceso
Genre:Romance / Poli amor / Mujer despreciada / Bestia / Harén Inverso
Popularitas:24.7k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.

NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18: La cacería que lo cambió todo

La primera cacería después del despertar de Aitana se organizó con demasiadas reglas.

Don Romualdo quería demostrar a los clanes visitantes que la manada seguía funcionando. Abuela Remedios quería recolectar plantas que solo crecían en la zona húmeda del bosque. Aitana quería salir de la mirada constante de todos. Leandro quería decir que no a todo.

Al final, negociaron.

Aitana iría solo hasta el borde seguro del bosque, escoltada por Leandro, dos cazadores del Clan Jabalí, Mateo como apoyo de curandero y Paloma porque nadie logró convencerla de quedarse.

La negociación tomó casi una hora y dejó a todos de peor humor.

Don Romualdo quería enviar diez cazadores. Abuela Remedios dijo que diez cazadores harían tanto ruido que hasta una raíz enferma se escondería. Leandro propuso cargar a Aitana de ida y vuelta sin permitirle bajar. Aitana lo miró con tanta paciencia peligrosa que Paloma se apartó un paso, por si alguien salía herido.

—Necesito aprender en el bosque, no escuchar un reporte sobre el bosque —dijo Aitana.

—Necesitas seguir viva —respondió Leandro.

—Las dos cosas pueden ocurrir el mismo día.

Mateo, desde la puerta, levantó la mano con cautela.

—Si vamos por la zona húmeda, hay senderos anchos. Puedo marcar las plantas sin alejarnos.

Leandro lo miró como si hubiera hablado una roca.

—Gracias —dijo Aitana, antes de que el silencio lo enterrara.

Al final, Abuela Remedios golpeó el suelo con el bastón y decidió por todos.

—Va a ir. Va a ir vigilada. Y si alguno convierte esto en competencia de colmillos, lo haré limpiar orinales hasta la próxima luna.

Nadie quiso comprobar si era amenaza o profecía.

—Estoy embarazada, no enterrada —dijo Aitana cuando Leandro la miró por quinta vez.

—Esa frase no tranquiliza.

—No era para tranquilizar.

Paloma ajustó su cuchillo en la cintura.

—Yo sí estoy tranquila. Si algo se acerca, Leandro lo muerde, Mateo lo venda y yo lo insulto.

Mateo levantó una mano.

—Preferiría vendar después de que deje de moverse.

—Ves, equipo completo.

El camino al bosque estaba húmedo por la neblina de la mañana. Aitana iba sentada sobre la forma serpiente de Leandro durante los tramos más difíciles, no porque ella quisiera admitir cansancio, sino porque Abuela Remedios había sido muy clara: nada de caídas, nada de piedras resbalosas, nada de orgullo tonto.

Leandro en forma de serpiente era enorme.

Sus escamas oscuras tenían reflejos dorados cuando la luz tocaba los bordes. Aitana se sujetaba a una especie de arnés de cuero preparado por Renato y trataba de no pensar en lo extraño que era confiarle su cuerpo entero a alguien que podía rodear un árbol con facilidad.

No le daba miedo.

Eso también era extraño.

Lo que sí le daba miedo era lo natural que empezaba a sentirse.

El cuerpo de Leandro se movía bajo ella con una fuerza controlada. Cada curva de su avance evitaba las piedras sueltas antes de que Aitana las viera. Cuando una rama baja cruzaba el sendero, él elevaba apenas el cuello para que ella pasara por debajo sin agacharse demasiado. No era solo transporte. Era una conversación hecha de músculos y confianza.

Mateo caminaba a un costado, fingiendo mirar plantas para no mirar demasiado aquella intimidad. Paloma no fingía nada.

—Tengo que admitirlo —dijo—. Es una entrada impresionante.

Aitana sintió que Leandro vibraba bajo ella, como si hubiera resoplado.

—No lo alimentes —dijo.

—¿El ego o la serpiente?

Leandro giró la cabeza lo suficiente para mostrar los colmillos.

Paloma sonrió.

En un claro, los cazadores encontraron rastros de venado. Don Romualdo había ordenado evitar riesgos, así que Leandro dejó a Aitana en una zona de piedras altas junto a Mateo y Paloma antes de internarse con los cazadores.

—No te muevas de aquí —dijo, ya en forma humana.

—Sí, Alfa.

Leandro entrecerró los ojos.

—Sigues usando eso para provocarme.

—Y sigue funcionando.

Paloma soltó una carcajada.

Cuando los cazadores se fueron, Mateo se dedicó a revisar plantas cerca del claro. Aitana lo ayudó, agradecida por una tarea concreta. Encontraron hojas para fiebre, corteza útil para inflamación y varios hongos anaranjados que Mateo apartó con cautela.

—No los toques —dijo.

—¿Venenosos?

—Algunos sí. Otros no. El problema es distinguirlos.

Aitana se inclinó. Una certeza le rozó la memoria.

—Los que tienen láminas blancas y olor a almendra no. Los de olor ácido, sí.

Mateo la miró.

—¿Cómo sabes eso?

Aitana abrió la boca.

No lo sabía.

Paloma, que vigilaba los árboles, levantó una mano.

—Escuchen.

Al principio solo fue viento. Luego un sonido pequeño, quebrado.

Un sollozo.

Venía de detrás de unos arbustos densos.

Mateo se puso de pie.

—Puede ser una trampa.

Aitana ya estaba caminando.

—O alguien herido.

Mateo le cerró el paso sin tocarla.

—Aitana, espera. Si alguien dejó a una persona llorando para atraer ayuda, tú eres exactamente la persona que quieren atraer.

La frase la golpeó porque era lógica.

Paloma apretó el mango del cuchillo.

—Tiene razón. Odio cuando tiene razón.

Aitana respiró, obligándose a no correr. Miró el suelo como Leandro le había enseñado: ramas quebradas, barro removido, huellas. Había marcas de pies descalzos y arrastre. También pisadas más grandes, pero viejas, apuntando hacia el norte.

No era seguro.

Pero tampoco era una mentira simple.

—Vamos despacio —dijo—. Paloma a mi izquierda. Mateo atrás, con las vendas listas. Si digo que retrocedan, retroceden.

Paloma arqueó una ceja.

—Mírala, dando órdenes.

—No arruines mi momento.

Paloma fue tras ella con el cuchillo listo. Mateo, pálido pero firme, las siguió. Apartaron las ramas con cuidado.

La muchacha detrás del arbusto estaba hecha un ovillo.

Era joven, quizá de la edad de Aitana, con el cabello enredado, los brazos llenos de moretones y una marca vieja de cuerda alrededor del cuello. Su ropa estaba rota. Tenía la mirada de quien espera un golpe incluso cuando nadie se mueve.

Aitana sintió que el mundo se estrechaba.

No era solo una muchacha golpeada. Era una respuesta brutal a todas las conversaciones de Renato, a los rumores de hembras compradas, a las advertencias que hasta entonces habían sonado lejanas. Los tratantes no eran una sombra política. Tenían manos. Tenían cuerdas. Tenían víctimas que respiraban frente a ella.

—Hola —dijo con suavidad—. No vamos a hacerte daño.

La joven retrocedió hasta chocar con un tronco.

—No me lleven de vuelta.

Paloma maldijo entre dientes.

Mateo se arrodilló a distancia.

—Está herida. Deshidratada.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Aitana.

La joven tardó.

—Flor.

El nombre le quedó en el aire como algo demasiado delicado para tanto daño.

—Flor, soy Aitana. Ella es Paloma. Él es Mateo. Estamos con La Manada de Don Romualdo.

Flor negó con la cabeza, desesperada.

—Los hombres dijeron que todas las manadas entregan a las omegas débiles. Dijeron que si escapaba me cortarían los pies.

Aitana sintió la marca de su cuello arder.

Tratantes.

Paloma apretó el cuchillo.

—Voy a matar a alguien.

—Primero la sacamos de aquí —dijo Aitana.

Mateo le ofreció agua, dejando la cantimplora sobre una piedra para que Flor la tomara sin sentirse acorralada.

—No tienes que acercarte —dijo él—. Tómala cuando quieras.

Flor miró la cantimplora como si fuera una trampa. Luego la tomó con manos temblorosas y bebió.

Mientras bebía, Aitana vio más detalles: muñecas raspadas por nudos, tierra bajo las uñas, una mordida mal cerrada en el antebrazo. Flor no solo había escapado. Había peleado para escapar.

—¿Vienes sola? —preguntó con cuidado.

Flor se congeló.

Ese silencio respondió antes que su boca.

Un rugido lejano sacudió los árboles.

Leandro.

El vínculo debió transmitirle la alarma de Aitana. En segundos, las ramas crujieron y él apareció entre los árboles, seguido por dos cazadores.

Flor gritó al verlo y se encogió.

Aitana levantó una mano.

—Leandro, quieto.

Él se detuvo de inmediato.

Los cazadores, no.

Uno de ellos miró a Flor y frunció el ceño.

—Esa es una omega fugitiva. Podría traer problemas.

Aitana se volvió hacia él.

—Está herida.

—No sabemos de qué clan viene.

—No importa.

El cazador abrió la boca, pero Leandro habló antes.

—Sí importa. A la Luna Sagrada le importa.

El hombre bajó la cabeza.

Aitana se acercó a Flor despacio y se quitó el manto ligero de los hombros.

—¿Puedo cubrirte?

Flor la miró, confundida por la pregunta.

—¿Puedo?

La joven asintió apenas.

Aitana la cubrió con el manto. Flor empezó a llorar de nuevo, pero esta vez el llanto no era solo miedo.

—Nadie va a llevarte de vuelta sin que tú quieras —dijo Aitana.

Leandro se acercó lo suficiente para que ella lo oyera.

—Hay rastros al norte. Tres hombres, tal vez cuatro.

Paloma sonrió sin alegría.

—Perfecto.

Aitana miró a Flor, luego el bosque cerrado.

—No. Primero ella.

Leandro asintió.

Mateo preparó una venda para el cuello de Flor. Cuando sus dedos se acercaron, la joven se estremeció. Mateo se detuvo al instante.

—Te diré cada cosa antes de hacerla —prometió.

Aitana lo miró con gratitud.

Flor lo observó con desconfianza rota.

—Los hombres que vendan hablan suave cuando quieren que una se quede quieta.

Mateo bajó la venda.

—Entonces no tienes que creerme. Mírame las manos. Si hago algo que no dije, grita.

Flor miró a Aitana.

—Él hará lo que promete —dijo Aitana—. Y si no, Paloma lo muerde.

—Lo apuñalo —corrigió Paloma.

Por primera vez, algo parecido a una sombra de risa cruzó el rostro de Flor. Desapareció rápido, pero estuvo allí.

Un nuevo sollozo llegó desde más adentro del bosque.

No era de Flor.

Todos se quedaron quietos.

Aitana apartó otra rama.

Y vio, entre las sombras, una segunda figura herida intentando arrastrarse lejos.

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Maria Diosdado Velázquez
esto es lo que a mí no me gusta, porque después se pierde la novela y no se sabe en qué termina, 😞😞 repruebo esto de no poner toda la novela entera, si usted escritora pudiera no hacer eso se lo agradecería
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos
Maria Diosdado Velázquez
no, no se abren las fotos🤔🤔🤔🤔🤔
Mary Salazar
me encanta 👏👏👏🤣🤣🤣👌👌😂😂
Mary Salazar
Woow 👏👏👏
Mary Salazar
OMG 😱😱😱😭😭😭
🏳️‍🌈ZOE GIANNI 🇮🇹🇦🇷
no puedo ver las imágenes, no soy solo yo no??
Elizabeth Vargas: yo tampoco puedo 😭
total 1 replies
Mary Salazar
Woow 👏👏👏👏👏👏 fantástico
Mary Salazar
guacala 😂😂😂🤣🤣🤣👌👌👌
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