Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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La fuga
La mañana llegó lentamente al castillo. Aurora había dormido poco. Aunque las palabras de Daniel habían sembrado una duda en su corazón, seguían siendo prisioneros y no podían quedarse esperando a que alguien decidiera qué hacer con ellos.
Mateo se acercó a los barrotes.
—Tenemos que salir de aquí.
—Lo sé —respondió Aurora—. Pero debemos hacerlo sin dejar heridos.
Pablo observó el corredor.
—Hay cuatro guardias y cambian de turno cada cierto tiempo.
Lili permanecía sentada en un rincón, revisando su pequeño bolso.
—Tal vez pueda ayudarnos.
Sacó varias hierbas secas.
—Estas producen un humo muy fuerte al quemarse. No lastiman, pero hacen llorar los ojos y dificultan ver durante unos minutos.
Aurora sonrió.
—Entonces no las desperdiciemos.
Esperaron hasta la hora de la comida.
Cuando los guardias llegaron con las bandejas, Lili comenzó a toser.
—No me siento bien.
Uno de los guardias se acercó.
—¿Qué tienes?
—Creo que necesito aire.
El hombre miró a su compañero.
—Será mejor avisar al capitán.
Mientras los guardias discutían, Lili dejó caer discretamente unas hojas secas cerca de la pequeña lámpara del corredor. El calor comenzó a producir un humo espeso y de olor penetrante.
—¡Humo! —gritó uno de los guardias.
Los hombres corrieron hacia la lámpara.
—¡Abran las ventanas!
En ese instante, Pablo sacó un pequeño alambre que había logrado esconder y comenzó a trabajar sobre la cerradura.
—Vamos, vamos...
Aurora se colocó delante para cubrirlo.
—¿Cuánto falta?
—Un segundo.
Se escuchó un pequeño clic.
—Listo.
Mateo abrió la puerta.
Salieron rápidamente.
Uno de los guardias se volvió, pero el humo le impidió verlos con claridad.
—¡Por aquí!
La banda corrió por un corredor lateral que Mateo había memorizado durante los días anteriores.
Llegaron hasta una escalera.
—Las cocinas —susurró Mateo—. Por allí hay una salida.
Bajaron rápidamente.
En las cocinas había varios trabajadores, pero nadie reparó en ellos. Aurora señaló una puerta trasera.
Salieron al patio.
El castillo comenzaba a llenarse de voces.
—¡Revisen las celdas!
—¡Los prisioneros escaparon!
—¡Cierren las puertas!
Aurora miró a sus compañeros.
—Tenemos poco tiempo.
Corrieron hacia los establos.
Diego señaló varias carretas.
—Podemos escondernos ahí.
Aurora negó.
—Si tomamos los caballos, nos seguirán fácilmente.
Pablo levantó una lona.
—Esta carreta está llena de barriles vacíos.
Aurora revisó el espacio.
—Todos cabemos.
Se escondieron rápidamente.
La carreta comenzó a avanzar.
Al acercarse a la puerta principal, un guardia levantó la mano.
—¡Alto!
El conductor detuvo los caballos.
—¿Qué lleva?
—Barriles vacíos. Los regreso al pueblo.
El guardia caminó hasta la parte trasera.
Aurora contuvo la respiración.
El hombre levantó un extremo de la lona.
Pudo ver varios barriles.
Uno de ellos se movió ligeramente.
El guardia frunció el ceño.
—¿Qué fue eso?
El conductor respondió tranquilamente:
—Uno de los barriles debe estar suelto.
El guardia observó unos segundos más.
Finalmente bajó la lona.
—Continúa.
La carreta salió del castillo.
Solo cuando estuvieron lejos, Aurora levantó la lona.
Todos respiraron aliviados.
—Eso estuvo demasiado cerca —dijo Diego.
Pablo sonrió.
—Pero funcionó.
Lili guardó sus hierbas.
—La próxima vez espero que no tengamos que escondernos dentro de barriles.
Aurora soltó una pequeña risa.
—No prometo nada.
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Mientras tanto, Daniel llegó a las celdas.
Encontró a los guardias intentando despejar el humo.
—¿Qué ocurrió?
Uno de ellos bajó la cabeza.
—Los prisioneros escaparon, alteza.
Daniel miró la celda vacía.
—¿Cómo?
—Utilizaron el humo para distraernos.
Daniel suspiró.
—Claro.
Elizabeth apareció detrás de él.
—¿Te sorprende?
Daniel la miró.
—Son la Banda del Cuervo.
Elizabeth sonrió.
—Y ahora están huyendo otra vez.
Daniel observó el corredor.
—Tenemos que encontrarlos antes que los hombres de Ricardo.
—¿Vas a arrestarlos?
Daniel guardó silencio.
—Siguen siendo ladrones —dijo finalmente—. No puedo olvidar eso.
—Pero tampoco quieres que caigan en manos de Ricardo.
—Exactamente.
Elizabeth lo miró con atención.
—Entonces tendremos que ayudarlos sin permitir que vuelvan a poner en peligro al reino.
Daniel asintió.
—Y primero debemos descubrir quién falsificó mi orden.
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Horas después, Aurora y su banda llegaron a una vieja cabaña escondida entre los árboles.
Mateo cerró la puerta.
—Estamos a salvo.
Diego colocó los documentos de San Marcos sobre la mesa.
—Todavía tenemos las pruebas.
Aurora las observó.
—Entonces no hemos perdido nada.
Pablo se sentó.
—Excepto nuestra libertad.
—Eso también podemos recuperarlo.
Lili sonrió.
—¿Y ahora qué?
Aurora pensó unos segundos.
—Seguiremos ayudando a Daniel.
Mateo levantó una ceja.
—¿Después de que supuestamente ordenó capturarnos?
Aurora negó.
—Ahora sé que no fue él.
—¿Y cómo estás tan segura?
Aurora recordó su mirada.
—No lo sé. Solo lo sé.
Pablo sonrió.
—¿Y la recompensa?
Aurora lo miró.
—También pienso cobrarla.
Todos comenzaron a reír.
Pero la sonrisa de Aurora desapareció cuando volvió a mirar los documentos.
—Tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.
En el castillo, Daniel y Elizabeth llegaban a la misma conclusión.
Dos grupos separados.
Una misma misión.
Y un enemigo que seguía oculto dentro del reino.
Lo que ninguno sabía era que la persona que había falsificado la orden ya conocía su siguiente movimiento.
Y no pensaba permitir que Aurora, Daniel o Elizabeth descubrieran la verdad.