Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 17: La Luz que Quema
Sofia Ramírez ajustó por tercera vez el micrófono inalámbrico en el cuello de su chaqueta táctica ligera. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo —al menos no del que admitiría—, sino de esa energía nerviosa que siempre la invadía antes de una transmisión importante. A sus veintiséis años, era una de las reporteras más jóvenes y visibles de *Verdad Sin Filtro*, una plataforma independiente de noticias holográficas que sobrevivía gracias a donaciones de ciudadanos y algo de publicidad discreta.
El pequeño apartamento que usaba como estudio improvisado en el Distrito Medio estaba lleno de equipo: dos drones de grabación, tres cámaras portátiles, un sistema de transmisión encriptada y pilas de tabletas con informes. La luz del amanecer se filtraba débilmente a través de las ventanas blindadas.
—Alex, ¿el enlace con el servidor satélite ya está estable? —preguntó Sofia mientras se recogía el cabello castaño oscuro en una coleta práctica.
Su asistente, Alex Chen, de veinticuatro años, estaba sentado frente a tres pantallas holográficas, tecleando frenéticamente. Delgado, con gafas tácticas y una sudadera con el logo de la plataforma, Alex era el genio técnico que mantenía todo funcionando en medio del caos.
—Estable al 94%. Pero con las interferencias abisales que han aumentado, no te garantizo más de cuarenta minutos de transmisión limpia —respondió él sin levantar la vista—. ¿Estás segura de esto, Sofí? Los síntomas están empeorando. Ayer un dron registró una familia entera teniendo la misma pesadilla al mismo tiempo.
Sofia se miró en el pequeño espejo improvisado. Llevaba jeans resistentes, botas reforzadas, una chaqueta con múltiples bolsillos y un chaleco ligero con placas de kevlar. No era un uniforme de combate, pero tampoco era ropa de civil común. En estos días, nadie salía sin protección.
—Precisamente por eso tenemos que hacerlo —dijo con determinación—. La gente necesita saber la verdad completa. No solo los comunicados corporativos ni los sermones de la Iglesia. Quiero mostrar lo que está pasando realmente.
Alex suspiró y giró en su silla.
—Eres consciente de que Hélix, Eclipse y Kurogane nos han amenazado indirectamente, ¿verdad? Y que el Vaticano está enviando más gente. Esto no es una historia cualquiera. Es potencialmente suicida.
Sofia sonrió con esa mezcla de idealismo y terquedad que la caracterizaba.
—Por eso lo hacemos. Si no nosotros, ¿quién?
Prepararon el equipo durante casi dos horas. Sofia revisó sus notas una y otra vez. Tenía tres entrevistas planeadas:
Con Mateo Ruiz y Elena Vargas en el Centro Cívico Aurora.
Con civiles afectados en uno de los refugios.
Idealmente, intentar acercarse al Convento de la Sagrada Misericordia para hablar con alguien del contingente vaticano.
También quería capturar imágenes de los síntomas: las plantas retorcidas, la gente con miradas perdidas, los cielos con ese tinte rojizo anormal.
—Necesitamos tomas estables de las fisuras visibles —dijo Sofia mientras calibraba una cámara—. Y quiero que captures reacciones reales. No edulcoremos nada, pero tampoco sensacionalicemos. La gente ya está lo suficientemente asustada.
Alex asintió mientras cargaba baterías de respaldo.
—He preparado un filtro de IA para detectar anomalías energéticas en tiempo real. Si aparece algo raro durante la grabación, te aviso inmediatamente.
Mientras terminaban los preparativos, Sofia se sentó un momento en el borde de la cama y respiró profundo. Recordaba por qué había elegido este camino. Tres años atrás, durante una incursión menor en su barrio natal, había visto cómo las corporaciones evacuaban primero a sus clientes premium mientras dejaban a la gente común a su suerte. La Iglesia había ayudado, pero tarde. Esa impotencia la marcó. Ahora, con la invasión creciendo, sentía que era su responsabilidad documentarlo todo.
—Listos —anunció Alex—. El dron principal tiene autonomía de cuatro horas.
Salieron del apartamento hacia la calle. El Distrito Medio estaba lleno de actividad tensa: gente cargando suministros, patrullas mixtas de independientes y eclesiásticos, y un constante zumbido de drones de vigilancia. El aire tenía un leve olor a ozono y algo más dulzón, casi podrido.
Su primer destino fue el Centro Cívico Aurora.
Al llegar, el ambiente era de tensión controlada. Sofia activó la cámara principal y comenzó a grabar voz en off mientras caminaban.
—Estamos en el Distrito Medio, cuatro días después de la llegada del contingente vaticano. Los síntomas de lo que muchos llaman “la Respiración del Abismo” son visibles en cada esquina. La gente habla de pesadillas colectivas, de ira que surge sin motivo, de una sensación constante de ser observados.
Mateo y Elena los esperaban en una zona acordonada. Sofia los reconoció inmediatamente: el cazador eclesiástico de mirada firme y la líder independiente con el relicario visible.
—Señor Ruiz, señora Vargas, gracias por aceptar esta entrevista —dijo Sofia tras presentarse—. ¿Cómo describirían la situación actual?
Mateo habló primero, con voz calmada pero seria.
—Esto no es solo una invasión física. Es psicológico. Estamos conteniendo brotes de posesión menor y purificando áreas afectadas. La alianza entre la Orden de San Miguel y los grupos independientes ha sido clave. Sin ella, la situación sería mucho peor.
Elena intervino con su franqueza característica:
—La gente está asustada. Y con razón. Las corporaciones siguen peleándose por culpas mientras nosotros limpiamos el desastre que ellas ayudaron a crear. Pero hay esperanza. La gente se está uniendo. Eso es lo que los demonios no entienden.
Sofia hizo preguntas profundas. Preguntó sobre los informes de Verónica, sobre la efectividad de los rituales vaticanos y sobre el miedo a una segunda oleada mayor. Tanto Mateo como Elena respondieron con honestidad. La entrevista duró casi veinticinco minutos y fue cruda pero esperanzadora.
Mientras grababan tomas de ambiente, Alex alertó a Sofia en voz baja:
—Hay una anomalía. Tres personas en la esquina están teniendo la misma pesadilla despiertos. Sus ojos…
Sofia capturó las imágenes discretamente. Era material poderoso.
Su siguiente parada fue uno de los refugios más grandes. Allí entrevistaron a familias desplazadas. Una madre de tres niños, con ojeras profundas, habló frente a la cámara:
—Sueño todas las noches con un caballero alto, con cuernos. Me dice que mis hijos le pertenecen. Me despierto gritando. Y no soy la única.
Un anciano añadió:
—Las corporaciones dicen que la Iglesia falló. Pero la Iglesia está aquí, alimentándonos y curándonos. ¿Dónde están las torres cuando realmente las necesitamos?
Sofia sintió el peso de cada testimonio. Grabó todo con respeto, haciendo preguntas suaves pero directas. Alex manejaba los drones para captar imágenes generales del refugio: gente cansada pero unida, niños dibujando figuras oscuras, voluntarios de la Iglesia repartiendo comida.
En un momento, mientras caminaban entre las camas, Sofia sintió un escalofrío repentino. Por un segundo, le pareció ver una sombra alta y cornuda en un rincón oscuro. Parpadeó y desapareció. Alex la miró preocupado.
—¿Estás bien?
—Sigamos —respondió ella, aunque su pulso se había acelerado.
La última parte del día la dedicaron a acercarse al Convento de la Sagrada Misericordia. No les permitieron entrar completamente, pero el Cardenal Rossi accedió a una breve declaración en la entrada.
—Las acusaciones corporativas son intentos desesperados de desviar responsabilidad —dijo Rossi con autoridad—. La Iglesia no solo reza. Actúa. Y gracias a informes detallados como los de Sor Verónica, estamos mejor preparados que nunca.
Sofia intentó preguntar sobre Verónica específicamente, pero Rossi fue cauteloso.
—Sor Verónica es un ejemplo de dedicación. Su trabajo analítico ha sido invaluable.
Mientras grababan tomas exteriores del convento, Sofia sintió una presencia. Por un instante, en una ventana alta, le pareció ver una figura alta con cabello rubio y mechas rojas. La figura desapareció antes de que pudiera enfocar la cámara.
—¿Viste eso? —le preguntó a Alex.
—No. ¿Qué?
—Nada… sigamos.
De regreso en el apartamento, Sofia y Alex revisaron todo el material. Habían grabado más de cuatro horas de contenido crudo. Mientras editaban un avance para transmitir esa misma noche, Sofia escribió su guion de introducción:
«Hoy no traemos respuestas fáciles. Traemos la verdad incómoda: algo se está despertando bajo nuestra ciudad. No es solo un ataque demoníaco. Es una invasión lenta a nuestras mentes y almas. Pero también mostramos resistencia. Gente común y extraordinaria uniéndose. Porque si algo hemos aprendido, es que ni las corporaciones ni los demonios pueden destruir la voluntad humana cuando decide permanecer unida.»
Alex levantó la vista de la edición.
—Esto va a generar mucho ruido. ¿Estás lista para las consecuencias?
Sofia miró por la ventana hacia la ciudad que se oscurecía. El cielo tenía ese tinte rojizo más pronunciado.
—Alguien tiene que hacerlo.
Transmitieron el avance a las 21:00 horas. En menos de una hora, ya tenía cientos de miles de vistas. Comentarios de apoyo, de miedo, de ira contra las corporaciones y de esperanza en la Iglesia.
Sofia se permitió un momento de cansancio. Se sentó en el sofá y cerró los ojos. Mañana continuarían. Había más historias que contar, más síntomas que documentar, más verdades que sacar a la luz.
El Abismo susurraba.
Pero la luz de la verdad también ardía.
**Escenas extendidas de preparación y grabación**
Durante la preparación, Sofia repasó informes anteriores, incluyendo extractos filtrados de los documentos de Verónica. Discutió con Alex sobre ética periodística: cómo mostrar el horror sin explotarlo, cómo dar voz a los afectados sin ponerlos en peligro.
En el refugio, entrevistaron a un niño de diez años que dibujaba al “caballero malo”. El dibujo era sorprendentemente detallado: armadura de obsidiana, ojos violetas, cuernos curvados. Sofia guardó una copia digital del dibujo.
Cerca del convento, capturaron imágenes de patrullas mixtas: eclesiásticos con independientes. La alianza era real y visible. Sofia entrevistó brevemente a Carla, del grupo de Elena, quien habló con pasión sobre cómo la unión había salvado vidas.
La jornada completa estuvo llena de pequeños momentos de tensión: un perro gruñendo a nada, una mujer llorando sin motivo aparente, un farol que parpadeaba en código morse extraño.
Al final del día, Sofia escribió en su diario personal:
«Hoy vi miedo, pero también vi fuerza. Si esta es realmente la antesala de algo peor, quiero que quede registrado que no nos rendimos en silencio.»
La joven reportera había comenzado su trabajo. Y el mundo, poco a poco, comenzaba a escuchar.