Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 18
Capítulo 18: El rosario
Valentina volvió al hospital dos días después.
No fue con Santiago. Esa fue la primera sorpresa.
Doña Mariana le mandó un mensaje desde el teléfono de la enfermera, dictado con una formalidad adorable:
"Mija, si tienes tiempo, ven a tomar un té conmigo. Santiago está en junta y este cuarto se pone muy aburrido."
Valentina leyó el mensaje tres veces en la cocineta de CDV. Lucía, que estaba calentando comida en un recipiente de plástico, se asomó.
—¿Tu suegra enferma ya te dice mija?
—No es mi suegra.
—Aja. ¿Y yo soy la reina de España?
Valentina le lanzó una servilleta.
—Es la mamá de Santiago.
—Y te escribió para tomar té. Eso en México ya es acta notarial emocional.
Valentina intentó no sonreír. No lo logró.
Esa tarde llevó flores pequeñas, no el arreglo enorme que Santiago habría comprado, sino un ramo de margaritas blancas de una florería cerca del hospital. También llevó una libreta porque Doña Mariana había dicho por teléfono que quería enseñarle "algo útil y nada complicado".
Lo útil y nada complicado era rezar el rosario.
—No tienes que ser devota para aprender —dijo Doña Mariana, acomodada contra las almohadas—. A veces una no reza porque entiende. Reza porque necesita que las manos hagan algo mientras el corazón se acomoda.
Valentina sostuvo las cuentas claras entre los dedos. El rosario estaba tibio por la mano de Doña Mariana.
—Mi abuela rezaba cuando había tormenta.
—Las abuelas saben cosas que una entiende tarde.
Doña Mariana le enseñó despacio: las cuentas, las pausas, las oraciones que Valentina recordaba a medias de misas familiares en Puebla. No la corrigió con severidad. Cuando Valentina se equivocó, solo sonrió.
—Dios no lleva contador de errores de pronunciación, mija.
Valentina se rió.
La enfermera entró a revisar la vía y Doña Mariana dejó de hablar un momento. Valentina notó el gesto mínimo de dolor cuando le movieron el brazo. No hizo comentario. Solo acercó el vaso de agua cuando la enfermera salió.
—Gracias —dijo Doña Mariana.
—¿Le duele mucho?
La mujer miró la ventana.
—Hay días. Hoy es un día tolerable.
Valentina entendió que esa era una respuesta generosa, no completa.
Las visitas se volvieron costumbre.
Al principio, Valentina iba dos veces por semana. Luego tres. A veces coincidía con Santiago; a veces no. Cuando él llegaba y la encontraba sentada junto a la cama de su madre, con el rosario entre las manos o una revista abierta sobre las rodillas, se quedaba un segundo en la puerta como si no quisiera romper la escena.
—Deja de espiarnos —decía Doña Mariana sin mirarlo.
—No espío.
—Mijo, te oía respirar así desde que tenías cinco años y escondías galletas en el cuarto.
Valentina levantaba la vista.
—¿Escondías galletas?
Santiago cerraba los ojos.
—Mamá.
—Debajo de la cama. Se le llenó de hormigas una vez y culpó al jardinero.
—Tenía seis años.
—Y mucha imaginación para la mentira.
Valentina lo miraba con una sonrisa lenta.
—Eso explica cosas.
Santiago apuntaba a su madre.
—Esto es traición.
—Esto es justicia histórica —respondía Doña Mariana.
Esas tardes hicieron algo raro con Valentina. La enfermedad seguía ahí, en la piel pálida de Doña Mariana, en los medicamentos, en la fatiga que a veces la obligaba a cerrar los ojos a media frase. Pero también había vida: anécdotas, té tibio, bromas sobre Santiago, silencios cómodos.
Una tarde de lluvia, Doña Mariana le pidió que abriera el cajón de la mesita.
—Hay una foto. La de la camisa roja.
Valentina encontró un sobre con fotografías impresas. En la primera, Santiago tendría unos ocho años, serio hasta la exageración, sosteniendo un diploma escolar. En otra, estaba cubierto de lodo junto a un perro enorme.
Antes de seguir viendo fotos, Doña Mariana señaló la pulsera de Valentina.
—Esa mariposa tiene historia.
Valentina tocó el dije.
—Mi mamá me la dio cuando me vine a CDMX. La compró en Puebla, cerca del zócalo. Dijo que si las mariposas podían cruzar continentes, yo podía cruzar una ciudad sin deshacerme.
—Tu mamá parece una mujer sabia.
—Lo es. También es experta en preguntar si ya comí aunque acabe de decirle que sí.
Doña Mariana sonrió con nostalgia.
—Eso viene en el contrato secreto de las madres.
Valentina se rió, pero la risa se le hizo suave.
—A veces me da culpa no contarle todo.
—¿Sobre Santiago?
—Sobre lo difícil que es estar aquí. Sobre sentir que una siempre tiene que demostrar que merece el lugar que ocupa.
Doña Mariana acomodó el rosario sobre la sábana.
—Entonces no olvides algo, mija: merecer no es lo mismo que pedir permiso.
Valentina bajó la mirada. Esa frase no sonó a consuelo. Sonó a herramienta que podía guardar para cuando le faltara valor, estuviera sola y necesitara seguir sin pedir permiso.
—Ese era Capitán —dijo Doña Mariana—. Fernando decía que no entraba a la casa. Santiago lo metía por la ventana.
Valentina tocó la foto con cuidado.
—Se ve feliz.
—Lo era. Antes de aprender a comportarse como Montero todo el tiempo.
La frase quedó suspendida.
—¿Don Fernando era muy estricto?
Doña Mariana no contestó enseguida. Pasó una cuenta del rosario entre los dedos.
—Fernando ama a su manera. El problema es que su manera se parece demasiado al control.
Valentina pensó en portones, llamadas, frases incompletas.
—Santiago le tiene miedo.
—No a él. A convertirse en él.
Esa respuesta se le quedó clavada.
Cuando Santiago llegó esa tarde, traía el saco sobre un brazo y cara de haber discutido con media ciudad. Se detuvo al ver las fotos abiertas.
—No.
Valentina levantó una.
—Capitán era lindo.
—Capitán era un criminal con pelo.
—Capitán tenía mejor juicio que muchos adultos —dijo Doña Mariana.
Santiago se sentó al borde de la cama y le besó la mano a su madre. Ese gesto, repetido, nunca dejaba de tocar a Valentina. Él podía entrar a una sala y cambiar la temperatura con una mirada, pero frente a Doña Mariana inclinaba la cabeza como un niño que todavía buscaba permiso para respirar tranquilo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Cansada de que todos me pregunten eso.
—Mamá.
—Estoy bien, dentro de lo posible. Y Valentina ya aprendió el rosario mejor que tú.
—Eso no era difícil.
—No, porque tú hacías trampa y movías las cuentas de dos en dos.
Valentina soltó una carcajada que se tapó tarde.
Santiago la miró, fingiendo ofensa.
—Te estás divirtiendo demasiado con mi humillación.
—Un poco.
La sonrisa de él apareció, suave, y Doña Mariana los miró a ambos con una tristeza dulce que Valentina no supo nombrar.
Al salir del hospital, Santiago la acompañó hasta el estacionamiento. La lluvia había limpiado un poco el aire. Antes de abrirle la puerta del coche, él se quedó quieto.
—Gracias por venir cuando yo no puedo.
—Vengo porque quiero verla.
—Lo sé. Por eso gracias.
Valentina le apretó la mano.
—No tienes que cargar esto solo.
Santiago miró hacia las ventanas del hospital.
—Ojalá mi padre entendiera eso.
El celular de él vibró en ese momento.
Santiago leyó la pantalla y toda la suavidad se le cerró.
—¿Él? —preguntó Valentina.
—Sí.
No contestó.
Pero en la pantalla, antes de que se apagara, Valentina alcanzó a leer el nombre:
Don Fernando.