Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?
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CAPITULO 8. LA PROMESA DEL SOLSTICIO
La primavera llegó al fin, vistiendo de verde los campos que rodeaban el orfanato de Santa María, pero trayendo consigo una atmósfera de contenida melancolía. El calendario avanzaba sin piedad y el día marcado con fuego en el destino de los muchachos se hizo presente. Tom cumplió los dieciocho años de edad. Legalmente, su tiempo bajo la tutela del Estado y el amparo de las religiosas había llegado a su fin. Su fisonomía era ya la de un hombre en toda la regla: alto, de espaldas anchas y facciones decididas. Sus ojos verdes reflejaban la resolución de quien se dispone a conquistar un entorno hostil. A su lado, Alie sumaba ya los catorce años recién cumplidos; una jovencita esbelta y de mirada azul cobalto que contenía con una madurez asombrosa el dolor de la inminente despedida.
Aquella mañana, el pabellón administrativo de Santa María bullía con el papeleo final. Sor Elena, con los ojos empañados por la emoción, extendió sobre el escritorio los certificados académicos de Tom y el finiquito de su estancia en el centro. El joven firmó cada documento con pulso firme y caligrafía impecable. Los directivos de la firma de consultoría financiera de la capital ya lo esperaban al día siguiente para formalizar su contrato como analista júnior de mercados. Su mente superdotada había cumplido la primera parte del plan; ahora tocaba ejecutar la más difícil: sobrevivir en la gran ciudad y prosperar para regresar por Alie.
Tras despedirse con respeto de las monjas que lo habían cobijado durante ocho años, Tom buscó a la muchacha para su último encuentro en la intimidad de su refugio. Subió los peldaños de madera del desván de las caballerizas con el corazón encogido por una tensión que ninguna fórmula matemática podía aliviar. Al abrir la puerta carcomida, encontró a Alie de pie junto al tragaluz circular, contemplando el horizonte donde las vías del tren se perdían entre las colinas del norte.
—Ya está —dijo Tom en voz baja, dejando su maleta de lona en el suelo—. He firmado la baja del registro. El coche de la firma financiera viene a buscarme a la plaza del pueblo dentro de una hora.
Alie se giró despacio. A pesar de sus catorce años, su postura destilaba una dignidad serena. Cruzó el desván a pasos lentos y se detuvo a escasos centímetros de él. Sus ojos azules buscaron la mirada verde del joven con una intensidad que parecía congelar el tiempo.
—No llores, Alie —pidió Tom en un hilo de voz, acariciándole el rostro con dedos temblorosos—. Si te veo llorar, temo que no tendré las fuerzas necesarias para cruzar esa puerta grande.
—No voy a llorar, Tom —respondió ella, forzando una sonrisa valiente aunque sus labios vibraran por el esfuerzo—. Te prometí que sería tu ancla, no tu freno. Sé perfectamente por qué te vas y sé el imperio que vas a construir allí fuera.
Tom asintió, conmovido por la entereza de la muchacha. Desabrochó con cuidado el viejo reloj de correa de cuero gastada que había pertenecido a su madre y que tanto había defendido en su infancia. Tomó la mano izquierda de Alie y colocó la joya sobre su palma, cerrándole los dedos con delicadeza.
—Es lo único valioso que me queda de mi pasado, Alie —susurró el joven con una solemnidad inquebrantable—. Consérvalo contigo. Cada vez que mires las manecillas avanzar, recuerda que es el tiempo que se resta para nuestro reencuentro. Te prometo que volveré a buscarte en cuanto esté establecido y tenga mi propia empresa financiera. Te buscaré y te haré mi esposa. Cumpliremos el pacto que sellamos de niños en este mismo suelo.
Alie apretó el reloj contra su pecho, sintiendo el metal frío contra su piel como un juramento sagrado. La propuesta, cargada de una madurez prematura forjada en el desamparo común, no sonaba a fantasía infantil, sino a un decreto del destino escrito con tinta indeleble.
—Te esperaré el tiempo que haga falta, Tom —afirmó la joven con firmeza—. Estudiaré los libros de la biblioteca, puliré mis relatos de amor y mantendré vivo nuestro desván. Cuando regreses por mí, seré la mujer que mereces tener a tu lado.
Tom la envolvió en un abrazo desesperado, hundiendo el rostro en su cabello castaño. Fue un contacto breve pero de una intensidad sísmica, un intento de fundir sus almas para soportar la distancia física que los separaría a partir de ese instante. El joven tomó su maleta, dedicó una última mirada profunda a los ojos azules de Alie y giró sobre sus talones, bajando las escaleras de madera con paso firme, sin mirar atrás para no quebrar su determinación.
Alie corrió hacia el tragaluz del desván. Desde allí, vio la silueta alta de Tom cruzar el patio principal, traspasar el imponente portón de hierro de Santa María y subir al vehículo oscuro que lo esperaba en la vereda. El coche arrancó, perdiéndose en la distancia de la carretera del norte bajo el sol radiante de la primavera.
La muchacha regresó al centro de la estancia, acariciando la correa de cuero del reloj de Tom. Sabía que venían años difíciles de soledad y rutina en el orfanato, pero su corazón albergaba una certeza absoluta: Tom cumpliría su palabra. El especialista de los números ganaría su batalla en la capital y regresaría a rescatarla de los muros de piedra de Santa María para iniciar, al fin, la vida que el destino les había prometido desde el primer día en que sus miradas se cruzaron.