Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 23
Capítulo 23
La puerta
El viernes por la tarde, Mariana llamó.
Valentina estaba en el estudio, traduciendo un contrato de licencia mientras Alejandro revisaba presupuestos al otro lado de la mesa de caoba. Habían trabajado juntos toda la semana sin que la rutina perdiera intensidad: cada mañana, la lámpara de su mesa auxiliar encendida, una carpeta nueva, el silencio denso que se había convertido en una forma de conversación. Cuando sonó el teléfono de Valentina, Alejandro levantó la vista.
—¿Necesitas contestar?
—Es mi hermana.
—Contesta.
Valentina salió al pasillo y cerró la puerta del estudio. La voz de Mariana entró en su oído como un alfiler.
—Voy mañana a la residencia. Necesito hablar con la abuela sobre el evento del mes que viene. Tú vas a ser Lucero durante mi visita. ¿Tienes la marca de nacimiento lista?
—Sí.
—Bien. Y necesito que me digas exactamente qué ha pasado con Alejandro esta semana. Todo. Los horarios, las rutinas, lo que dice, lo que no dice. ¿Entendiste?
—Entendí.
Colgó. Se recargó contra la pared del pasillo. Mariana venía mañana. Eso significaba que Valentina tenía que volver a ser Lucero: la empleada, la sombra, la mujer del delantal y la marca de nacimiento falsa. Tenía que dejar la habitación principal y bajar al cuarto de servicio, abandonar la mesa auxiliar del estudio y volver a servir café en charola. Tenía que dejar de tocar el arpa a las once y convertirse en la mujer que nunca tocaba nada.
Entró al estudio. Alejandro seguía en su lugar.
—¿Todo bien? —preguntó sin levantar la vista.
—Sí. Mi madre viene mañana a visitar a la abuela.
Alejandro dejó de teclear. Levantó la vista. Algo le cambió en la mandíbula: un endurecimiento sutil, como si hubiera apretado los dientes una fracción de segundo antes de relajarlos.
—¿Cuánto tiempo se queda?
—No sé. Un par de días, creo.
—Bien.
Volvió a teclear. Valentina se sentó en su mesa y retomó la traducción, pero las letras le bailaban en la pantalla. "Bien." Una sola palabra que no significaba que le pareciera bien, porque Alejandro Quirós decía "bien" cuando algo le desagradaba lo suficiente para no querer discutirlo.
…
El sábado a las once de la mañana, un auto negro se detuvo frente a la residencia.
Valentina ya estaba lista. Se había levantado a las seis, había quitado sus cosas de la habitación principal —la ropa, el cepillo de dientes, el frasco de ácido fólico, la cobija de cachemira doblada con cuidado—, y las había bajado al cuarto de servicio. Se pintó la marca de nacimiento falsa en la mejilla derecha con el maquillaje de teatro que Mariana le había dado, se recogió el pelo en un chongo bajo, y se puso el mandil gris de Lucero Vargas.
El espejo del cuarto de servicio le devolvió una versión de sí misma que ya le resultaba ajena. Llevaba seis semanas siendo la señora Quirós. Seis semanas comiendo en la barra de la cocina, durmiendo en sábanas de algodón egipcio, trabajando en el estudio de Alejandro con una mesa que él mandó poner para ella. Volver a ser Lucero se sentía como ponerse un zapato que le quedaba chico.
Mariana entró a la residencia con un vestido blanco y tacones altos, el pelo suelto, el perfume caro que Valentina reconocía desde la puerta. Detrás de ella venía Elena Navarro, la madrastra, con su bolsa de Chanel y la sonrisa filosa que reservaba para las visitas sociales.
—Lucero, lleva las maletas a la habitación principal —dijo Mariana sin mirarla.
—Sí, señora.
Valentina cargó las dos maletas escaleras arriba. En la habitación principal, las sábanas ya estaban cambiadas —Nana Carmela era eficiente— y no quedaba rastro de que Valentina hubiera dormido ahí. Pero cuando abrió el clóset para colgar el vestido de Mariana, notó que la nota del ácido fólico —"Una diaria. Con el desayuno"— seguía pegada en el espejo del baño.
La arrancó y se la guardó en el bolsillo del mandil.
Abajo, Mariana ya estaba sentada en la sala con Doña Carmen, hablando del evento de caridad que la familia organizaba cada año. Elena tomaba café en un sillón aparte, con las piernas cruzadas y la mirada recorriendo la habitación como si estuviera tasándola.
Alejandro no estaba. Se había ido a la oficina a las ocho, dos horas antes de lo habitual. Bruno lo había llevado sin decir nada, pero la hora de salida era un mensaje que Valentina supo leer: Alejandro no quería estar en la casa cuando Mariana llegara.
A la una, Valentina llevó el almuerzo al comedor. Mole con arroz rojo, tortillas hechas a mano, agua de jamaica. Sirvió los platos con las manos firmes y la mirada baja, como Lucero, como la mujer que no tiene opinión ni presencia. Doña Carmen le sonrió. Elena no la miró. Mariana le lanzó una orden entre bocados:
—Lucero, prepárale un café al señor para cuando llegue. Como a él le gusta.
—Sí, señora.
Valentina fue a la cocina y preparó el café. Negro. Sin crema. Porque el café de Alejandro Quirós era negro cuando Mariana estaba en la casa, y con crema era cosa de ella, de Valentina, de la mujer que él no sabía que existía.
O que sí sabía. La carpeta en el cajón.
Le tembló la mano sobre la cafetera. La firmó.
A las cuatro, Alejandro regresó. Valentina escuchó la puerta desde la cocina, los pasos de Bruno, y después la voz de Mariana:
—Mi amor, qué bueno que llegas. La abuela quiere que cenemos todos juntos.
—De acuerdo.
Dos palabras. Secas. Sin la inflexión que usaba cuando hablaba con Valentina en el estudio, cuando decía "esa tiene algo más" o "tócame una diferente cada noche." La voz de Alejandro con Mariana era la de un hombre cumpliendo un contrato. La voz de Alejandro con ella era otra cosa.
Valentina llevó el café al estudio. Alejandro estaba sentado en su silla, con la laptop abierta, la corbata aflojada, y la puerta entreabierta. Ella tocó dos veces.
—Pase.
Entró con la charola. Le dejó el café en el escritorio. Estaba a punto de dar media vuelta cuando él dijo:
—Lucero.
El nombre le cayó encima con un peso distinto al de siempre. Lucero, la empleada, la sombra. Valentina se detuvo.
—¿Señor?
—Cierra la puerta.
Valentina cerró la puerta. El clic de la cerradura le resonó en la columna vertebral. Se volvió hacia él. Alejandro la miraba con los ojos duros, como si estuviera analizando algo que no encajaba.
—¿Necesita algo más?
—Sí. —Se recargó en la silla—. Necesito que mañana a las nueve pases por el estudio a recoger unos documentos que tienen que traducirse antes del lunes.
Valentina asintió.
—Sí, señor.
—Y Lucero.
—¿Señor?
—No te olvides de ponerle crema al café la próxima vez.
Valentina se quedó inmóvil un segundo. Crema. La próxima vez. Alejandro Quirós le estaba diciendo a "Lucero" que preparara el café como lo hacía "Mariana," como si supiera que las dos manos que preparaban el café eran las mismas.
—El señor toma el café negro —dijo Valentina, con la voz de Lucero: plana, neutra, sin bordes.
—Lo sé. Pero me acostumbré.
Valentina salió del estudio con la charola vacía y las piernas firmes hasta que llegó a la escalera. En el primer escalón, se apoyó contra la pared y cerró los ojos.
"Me acostumbré."
Tres palabras que le arrancaron la máscara sin quitársela.