En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 18: La Estrategia del Puerto
Luis llegó a la mansión al caer la tarde, todavía con la marca de las esposas en las muñecas y el olor a cal y a salitre pegado a la ropa. Lo recibió la Condesa en el umbral, y por primera vez en su vida adulta, la vio llorar: no un llanto ruidoso, no un llanto de plañidera, sino un llanto de una lágrima sola, que le resbaló por la mejilla izquierda, le cruzó la barbilla, y le cayó en el pecho del vestido de seda negra. Luis se detuvo, le tomó la mano, se la besó, y le dijo, con la voz suave de un hijo que por fin entiende a su madre:
—Perdone usted, Condesa, todos los años que la he odiado sin conocerla. Y perdone, sobre todo, las noches que me pasé maldiciendo su nombre en la cubierta de los barcos, sin saber que usted, mientras tanto, estaba maldiciendo el día en que me dejaron en este mundo.
La Condesa le apretó la mano, le limpió la lágrima con la punta del guante, y le respondió, con la voz entera de una mujer que ya no tiene nada que perder:
—Yo no te odié nunca, hijo. A quien odié fue a tu padre, por haberme mentido, y a mí misma, por haberme dejado engañar. Pero eso, muchacho, eso te lo cuento mañana. Hoy tienes cosas más importantes que hacer que escuchar las quejas de una vieja.
Cenaron los tres juntos, en el comedor grande, con la mesa puesta con la vajilla de los Villalobos, la de los bordes dorados y las iniciales grabadas. Comieron poco, porque ninguno tenía hambre, y hablaron mucho, porque tenían mucho que hablar. La Condesa les contó los detalles de la audiencia con el gobernador, Luis les contó los detalles de la conversación con don Evaristo, y Clara, que no había abierto la boca en toda la cena, terminó por decir, con la voz firme de una mujer que por fin ha encontrado su lugar en el mundo:
—Escuchen, los dos. Tenemos tres días, tal vez cuatro, antes de que llegue ese juez de Caracas. Tres días para preparar la defensa, para conseguir testigos, para reconstruir lo que pasó la noche en que mataron a mi padre. Y tenemos que hacerlo, no por mí, no por Luis, ni siquiera por la justicia, sino por el pueblo, que se lo merece. Porque un pueblo que deja que un asesino herede una casa y un nombre, es un pueblo que ha perdido el alma.
La Condesa la miró con los ojos muy abiertos, porque no reconocía a su hija, y Luis la miró con los ojos muy abiertos, porque la reconocía perfectamente, y los dos, a la vez, le dijeron:
—Tienes razón.
Esa noche, mientras la Condesa se retiraba a sus aposentos, Luis y Clara se quedaron en el salón, sentados uno al lado del otro en el sofá de terciopelo rojo, con las manos entrelazadas, y empezaron a hacer la lista de las cosas que tenían que hacer. La lista era larga, y la empezaron por la cabeza, como hacen los generales antes de una batalla:
Primero: hablar con los pescadores del muelle. Eran los únicos que habían visto a Adrián aquella noche, los únicos que sabían que Rodrigo no había muerto en el mar, y los únicos, también, que habían guardado silencio durante veinticinco años por miedo a las represalias. Ahora, con un juez de Caracas y con un gobernador que los protegía, tal vez se atrevieran a hablar.
Segundo: buscar a la comadrona que había atendido a la madre de Luis la noche en que lo dio a luz. Si vivía todavía, era la única persona que podía confirmar, sin género de dudas, que Luis era hijo de Rodrigo. Si no vivía, habría que buscar a las mujeres que la habían acompañado, que sabían el secreto, y que lo habían callado por miedo, y que tal vez, ahora, también se atrevieran a hablar.
Tercero: buscar el barco. El barco en el que Rodrigo había salido a pescar aquella noche y en el que, según la Condesa, no había regresado porque Adrián lo había hundido. Si el barco estaba todavía en el fondo del mar, había formas de sacarlo, y de sacarlo, sacarían la prueba definitiva: el boquete que le habían abierto en el casco, y que ningún temporal del mundo podía explicar.
Cuarto: encontrar a la mujer que había amado a Rodrigo en secreto, la madre de Luis. Si vivía todavía, su testimonio era el más importante de todos. Si no vivía, habría que encontrar a sus amigas, a sus vecinas, a las mujeres del mercado que la habían visto parir y que la habían visto llorar y que la habían visto despedirse, con un bebé en los brazos, de la única casa que había conocido en su vida.
Luis escribía la lista en una libreta, con una caligrafía apretada y torcida, y Clara se la dictaba, de pie, con los brazos cruzados, con esa autoridad que da saberse en el lugar correcto. Cuando terminaron, Luis cerró la libreta, se la metió en el bolsillo interior de la casaca, y le dijo a Clara, con la voz ronca de un hombre que lleva todo el día sin llorar y que todavía no ha llorado:
—Mi amor, lo que vamos a hacer es muy peligroso. Y lo voy a hacer yo solo. Tú te vas a quedar en esta casa, con tu madre, hasta que el juez llegue. No te voy a pedir que me entiendas, te lo voy a pedir que me obedezcas. Y no te lo voy a pedir como un marido, te lo voy a pedir como un hombre que sabe que sin ti, no tiene sentido ganar esta pelea.
Clara lo miró, lo midió de arriba abajo, y le respondió, con la voz de una mujer que ha decidido que ya no va a obedecer a nadie sin discutir:
—Luis Villalobos, escúchame bien. Yo no me voy a quedar en esta casa. Yo me voy a ir contigo al muelle, a hablar con los pescadores, a buscar a la comadrona, a buscar a la madre, a buscar todo lo que haya que buscar. Y si me dejas aquí, te juro, por la memoria de mi padre, que me escapo por la ventana. Así que más te vale llevarme contigo, y más te vale, además, no volver a decirme en tu vida que me quede en casa mientras tú te vas a pelear. Porque en esta casa, mi amor, no se queda nadie solo.
Luis la miró, y a pesar de la seriedad del momento, a pesar del peso de todo lo que acababan de hablar, a pesar de las marcas de las esposas en las muñecas y de la amenaza de Adrián y del juez que estaba en camino, soltó una carcajada, una carcajada limpia, de hombre que lleva mucho tiempo sin reír, y le dijo:
—Está bien, mi amor. Vamos juntos. Pero como te pongas en peligro, te juro que te llevo de las orejas a casa.
—Llevarme de las orejas —respondió Clara, con una sonrisa torcida que Luis le había visto solo una vez en la vida y que le había robado el corazón—. Llevarme de las orejas, Luis Villalobos, a mí, que tengo más arrestos que tú y más lengua que todos los Villalobos juntos.
—Por eso te quiero —respondió Luis, y le dio un beso en la frente, y la abrazó, y los dos se quedaron así, abrazados en el salón vacío, mientras afuera, en el puerto, el mar seguía cantando la misma canción de siempre, esa canción que es la única verdad que conocen los que viven en la costa: que las cosas se acaban, que las cosas vuelven, y que las cosas, mientras tanto, no dejan de moverse nunca.