Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
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Capítulo 6
Damien
Era nuestro segundo encuentro.
O al menos el segundo encuentro oficial.
Según la historia que Victoria Sterling había inventado para nuestras familias, aquel era exactamente el mismo café donde nos habíamos conocido meses atrás.
Un lugar tradicional del centro de la ciudad.
Elegante.
Discreto.
Perfecto para una mentira.
Rosalind estaba sentada frente a mí.
Comía una porción de pastel de vainilla mientras observaba a las personas pasar por la ventana.
Yo bebía té negro.
La conversación llevaba casi una hora.
Y durante esa hora habíamos discutido prácticamente por todo.
—El azúcar arruina el sabor del té.
Rosalind levantó la vista.
—Eso lo dice alguien que bebe una infusión con sabor a corteza de árbol.
—Es té de primera calidad.
—Sigue sabiendo a árbol.
Tomé otro sorbo.
—Su refinado paladar me impresiona.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
Sonrió.
Y por alguna razón eso me irritó.
—No entiendo cómo puede comer tantos postres.
—No entiendo cómo puede vivir sin ellos.
—Disciplina.
—Aburrimiento.
—Madurez.
—Amargura.
La miré.
Ella sonrió inocentemente.
Definitivamente lo hacía a propósito.
—¿Siempre eres tan insoportable?
—Solo con las personas que me agradan un poco.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Y usted siempre es tan seco?
Levanté una ceja.
—¿Te molesta?
—No.
Mentira.
Era evidente que sí le molestaba.
Y descubrirlo me resultó curiosamente divertido.
Porque cada vez que se enfadaba, sus ojos verdes parecían brillar.
Y porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien se atrevía a discutir conmigo sin miedo.
La mayoría de las personas se esforzaban demasiado por agradarme.
Rosalind no.
Rosalind parecía disfrutar llevándome la contraria.
---
Estaba a punto de responder cuando vi movimiento detrás de ella.
Un hombre avanzaba hacia nuestra mesa.
Lo reconocí inmediatamente a Viktor Wordwood.
Su expresión era cualquier cosa menos amistosa.
Bebí tranquilamente el último sorbo de té.
—Tenemos compañía.
Rosalind giró la cabeza.
Y su expresión se tensó.
Claramente no estaba feliz de verlo.
Wordwood llegó hasta nuestra mesa.
—Blackwood.
Me puse de pie.
—Señor Wordwood.
Extendí la mano.
No la estrechó.
Como esperaba.
—¿Cómo pudo?
—¿A qué se refiere?
Aunque ambos sabíamos perfectamente a qué se refería.
—Me quitó a mi prometida.
Tomé asiento nuevamente.
—Técnicamente nunca fue su prometida.
Aquello no mejoró su humor.
—Rosalind iba a casarse conmigo.
—Rosalind iba a ser obligada a casarse con usted.
Vi cómo Rosalind intentaba contener una sonrisa.
Mala señal.
Significaba que probablemente yo estaba disfrutando demasiado aquella conversación.
—Lo invito a sentarse —dije.
—No quiero sentarme.
—Perfecto. Entonces será una conversación breve.
Sus mejillas se pusieron rojas.
Rosalind fingió estudiar su pastel.
—Usted no entiende, Blackwood.
—Quizás no.
—Ella era mi futura esposa.
—Entonces debió convencerla.
Wordwood apretó los puños.
—¿Qué quiere decir?
—Que una mujer como Rosalind no es un premio que se coloca en una vitrina.
Rosalind me miró sorprendida.
Continué:
—Si la perdió tan fácilmente, tal vez nunca la tuvo realmente.
Aquello fue suficiente.
—¡Esto no se quedará así!
Me puse de pie.
La diferencia de altura hizo que tuviera que levantar ligeramente la barbilla para sostener mi mirada.
—Lamento escuchar eso.
Entonces ocurrió.
Wordwood señaló a Rosalind.
—¡Y tú, zorrita...!
Mi expresión cambió.
Por primera vez desde que llegó.
El silencio cayó sobre la cafetería.
—Modérese.
Mi voz sonó peligrosamente tranquila.
—¿Qué?
—No volverá a dirigirse a mi prometida de esa manera.
Wordwood retrocedió.
Apenas un paso.
Pero lo hizo.
—O tendremos un problema.
Nadie habló durante varios segundos.
Finalmente extendí mi mano hacia Rosalind.
Ella la tomó.
Sin vacilar.
—Nos retiramos.
Y salimos de allí.
---
Durante el trayecto en automóvil, Rosalind permaneció en silencio.
Miraba por la ventana.
Pensativa.
—No debías hacer eso.
—Claro que debía hacerlo.
—Podías ignorarlo.
—Insultó a mi prometida.
—Nuestra relación es falsa.
—Para él no.
Rosalind permaneció callada.
Y desde que la conocía, no tuvo una respuesta sarcástica preparada.
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Al llegar a la residencia Blackwood encontré a mi madre y a mi hermano en el salón principal.
Algo estaba mal.
Lo noté inmediatamente.
Stefan Blackwood tenía el ceño fruncido.
Sus ojos grises reflejaban un evidente mal humor.
—¿Qué sucede?
Mi madre suspiró.
—Tu hermano está molesto.
—Ya lo veo.
—Quería pedir la mano de Rosalind Lancaster.
Me detuve.
Interesante.
Muy interesante.
Miré a Stefan.
—¿Y qué ocurrió?
—Que ya está comprometida.
Su tono era cualquier cosa menos amistoso.
—Qué mala suerte.
—No estoy de humor para tus bromas.
—Nunca lo estás.
Mi madre intervino antes de que la conversación empeorara.
—¿Ella aceptó? La chica que nos dijiste.
—Sí.
Los dos me observaron.
—¿Quién es? —preguntó Stefan.
Tomé mi abrigo.
—La conocerán pronto.
—Damien.
—La boda será dentro de dos meses.
Mi madre sonrió satisfecha.
Stefan no.
Ni un poco.
Y mientras subía las escaleras hacia mi despacho, una extraña sensación se instaló en mi pecho.
Porque por primera vez desde que todo aquello había comenzado...
Sentía que las cosas estaban complicándose demasiado rápido.
Y no sabía si la causa era el testamento.
La herencia.
O Rosalind Lancaster.
---
Esa misma noche, a varios kilómetros de allí, Rosalind volvió a quedarse dormida.
Y por primera vez en diez años...
El hombre de sus pesadillas se volvió hacia ella.
Lo suficiente para que pudiera distinguir una parte de su rostro.
Solo una parte.
Pero fue suficiente.
Porque al despertar, sobresaltada y cubierta de sudor, una pregunta aterradora cruzó su mente:
—¿Por qué ese hombre se parece tanto a alguien que conozco?
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱