En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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La Sacerdotisa del Lago
"No todos los encuentros cambian el destino. Algunos simplemente revelan la verdad que el corazón llevaba siglos intentando recordar."
El sonido de la campana se extiende sobre el lago como una onda invisible.
No fue un ruido fuerte.
Ni siquiera desagradable.
Pero en cuanto atravesó el aire, todo quedó inmóvil.
El viento dejó de soplar.
Los insectos dejaron de cantar.
Las ramas de los árboles dejaron de moverse.
Era como si la propia naturaleza hubiera contenido la respiración.
Akira sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Jamás había experimentado un silencio tan absoluto.
Frente a él, la mujer de blanco permanecía suspendida sobre el agua.
Su kimono, completamente empapado, parecía no pesarle.
El lago sostenía cada uno de sus pasos.
No caminaba.
Simplemente se deslizaba.
La campana plateada seguía colgando de sus delicados dedos.
Sus ojos, completamente plateados, observaban únicamente la cabaña.
Como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
—Entra —ordenó Kuro sin apartar la vista de la mujer.
Akira no se movió.
—¿Quién es?
—Ahora.
Su voz sonó más severa que nunca.
Akira comprendió que no era momento de discutir.
Corrió hasta la puerta de la cabaña y la abrió de golpe.
Hana seguía profundamente dormida sobre las mantas.
Su respiración era tranquila.
No parecía haber escuchado el sonido de la campana.
—¡Hana!
Ella abrió lentamente los ojos.
Tardó unos segundos en comprender dónde estaba.
—¿Qué sucede?
Antes de que Akira pudiera responder, Kuro entró rápidamente.
Cerró la puerta con fuerza.
Luego colocó la palma de la mano sobre la madera.
Extraños símbolos comenzaron a iluminarse alrededor del marco.
Uno tras otro.
Como raíces de luz extendiéndose por toda la pared.
Hana observó sorprendida.
—¿Qué estás haciendo?
—Sellando la casa.
Un segundo después...
Algo presionando suavemente la puerta.
Índice.
Solo una vez.
Nadie habló.
Otro golpe.
Índice.
Era delicado.
Casi educado.
Pero Akira sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que parecía querer salir de su pecho.
La voz de la mujer atravesó la madera.
Era dulce.
Serena.
Como el murmullo del agua.
—Sé que estás ahí...
Hija del cerezo.
Hana sintió que todo su cuerpo se tensaba.
Nunca había escuchado aquella voz.
Y, sin embargo...
Le resultaba extrañamente familiar.
Como una canción olvidada de la infancia.
La mujer continuó.
—No temas.
No he venido a hacerte daño.
He esperado demasiado tiempo para este encuentro.
Kuro desenfundó nuevamente su espada.
—No abras la puerta.
Bajo ninguna circunstancia.
Akira lo miró confundido.
—Pero dijiste que no quería hacernos daño.
—No lo sé.
Y precisamente por eso no correremos el riesgo.
Del otro lado volvió a escucharse la campana.
Estaño...
La madera de la cabaña vibró.
Las llamas de la chimenea comenzaron a moverse violentamente.
Las ventanas se cubrieron de una fina capa de hielo.
La temperatura descendió de golpe.
Hana llevó ambas manos a sus brazos.
—Hace frío...
Akira le colocó la manta sobre los hombros.
—Quédate detrás de mí.
Ella sonrió apenas.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Intentar protegerme.
Él respondió sin dejar de mirar la puerta.
—Y seguiré haciendo.
La mujer guardó silencio durante varios segundos.
Después habló nuevamente.
—Akira Hayato...
Esta vez fue él quien quedó inmóvil.
¿Cómo conocía su nombre?
—No puedes protegerla de aquello que ya ocurrió.
Pero sí puedes decidir lo que ocurrirá después.
Akira dio un paso hacia la puerta.
Kuro interpuso inmediatamente la espada.
-No.
—Solo quiero hablar con ella.
—Precisamente por eso no lo permitiré.
Del exterior llegó un leve risa.
No era burlona.
Parecía más bien cargada de nostalgia.
—Sigues siendo igual de obstinado...
Kuro.
El joven cerró los ojos durante un instante.
Aquella mujer también conocía su nombre.
Y eso significaba algo que no quería aceptar.
—¿Quién eres? —preguntó finalmente.
La respuesta tardó unos segundos.
—Hace quinientos años...
Fui quien unió las manos de Hayato y Aoi bajo el Cerezo de las Mil Primaveras.
La respiración de Hana se detuvo.
Akira sintió que un nuevo recuerdo intentaba abrirse paso.
Vio un antiguo templo.
Velas iluminando un enorme salón de madera.
Dos adolescentes arrodillados frente a una sacerdotisa vestida de blanco.
La misma mujer.
Solo que entonces parecía mucho más joven.
Ella sonreía mientras ataba una cinta roja alrededor de las manos de ambos.
—Mientras sus almas permanecerán sinceras...
Siempre volverán a encontrarse.
El recuerdo desapareció.
Akira cayó de rodillas.
—La recuerdo...
susurró.
Hana también llevaba una mano sobre su pecho.
—Yo también...
La voz de la mujer se quebró ligeramente.
—Entonces...
Mi tarea aún no ha terminado.
Kuro bajó lentamente la espada.
Algo en su expresión había cambiado.
La desconfianza seguía allí.
Pero ahora estaba acompañada por una profunda tristeza.
Abrió la puerta.
Akira intentó detenerlo.
—¡¿Qué haces?!
—Si realmente es ella...
No podrá entrar sin nuestro permiso.
La puerta se abrió lentamente.
La sacerdotisa permanecía inmóvil sobre el agua, a pocos metros del muelle.
No intente acercarse.
Solo inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias.
A la luz de la luna podría apreciarse mejor sus rasgos.
Su belleza era serena.
No llamativa.
Transmisión paz.
Sus largos cabellos negros caían hasta la cintura.
El kimono blanco llevaba bordados pequeños pétalos plateados.
Pero lo que más llamó la atención de Hana fue su mirada.
No era la mirada de un espíritu.
Era la mirada de alguien que había llorado demasiado.
La sacerdotisa observó a Hana durante un largo rato.
Después sonrió.
Una sonrisa llena de alivio.
—Has crecido.
Hana respondió casi sin pensar.
—Creo que... no.
Las dos rieron suavemente.
La tensión desapareció por un instante.
— ¿Quién eres realmente? —preguntó Akira.
La mujer sostuvo la pequeña campana entre sus manos.
—Mi nombre es Mizuki.
Fui la última Sacerdotisa del Templo del Cerezo Eterno.
Durante siglos protegí el Árbol de las Almas.
Hasta el día en que fue destruido.
Akira frunció el fruncido.
—Pero nos dijeron que el árbol aún existe.
Mizuki levantó lentamente la vista hacia la luna.
—Existe.
Pero solo una parte de él.
Las raíces siguen vivas.
El tronco permanece.
Sin embargo...
El corazón del árbol fue robado.
El silencio volvió a caer sobre el lago.
—¿Robado? —preguntó Hana.
Mizuki.
—Hace quinientos años.
La misma noche en que ustedes murieron.
Akira sintió un vuelco en el estómago.
Todas las piezas comenzaban a encajar lentamente.
Aquella tragedia no había sido un accidente.
Había sido un plan.
—¿Quién lo hizo?
preguntó.
La sacerdotisa cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, una lágrima descendía por su mejilla.
—Alguien en quien todos confiábamos.
Alguien que juró proteger el árbol...
Y terminó traicionándolo.
En ese momento, Kuro bajó lentamente la cabeza.
Sus manos comenzaron a temblar.
Akira lo observó.
Nunca lo había visto perder la compostura.
Mizuki lo miró con infinita tristeza.
—Ha llegado el momento de que dejes de cargar ese peso tú solo.
Kuro no respondió.
Su respiración se volvió irregular.
—Durante quinientos años...
Has vivido creyendo que fue culpa tuya.
Pero ya no puedes seguir ocultando la verdad.
Akira sintió que el corazón se aceleraba.
Miró a Kuro.
—¿Qué verdad?
Él levantó lentamente la vista.
Sus ojos, siempre serenos, estaban llenos de culpa.
Y por primera vez desde que lo conoció...
Kuro lloró.
—Yo estaba allí...
La noche en que ustedes murieron.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Hana sintió que el mundo daba un vuelco.
Akira apenas podía respirar.
Pero lo peor aún estaba por llegar.
Kuro dio un paso hacia ellos.
Su voz era apenas un susurro.
—Y si hubiera tomado una decisión diferente...
Ustedes jamás habrían muerto.