Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Palabras de advertencia
Yo sonreí, porque si algo había aprendido en mi familia era a no retroceder solo porque alguien me cerrara una puerta en la cara. Si tocaba domarlo lo haría. Además no tengo nada mejor que hacer. Soy solitario, me deprimo con facilidad, tengo inseguridades y encima soy un alfa recesivo.
—No sabía que estuviéramos jugando.
—Yo sí.
—Y aun así sigues aquí aceptandome como cliente.
—Porque esto es mi trabajo. Y el negocio debe seguir.
—Qué mala noticia para mi ego.
—Tu ego va a sobrevivir.
—No tienes pruebas.
—Tengo ojos.
Mireya se aclaró la garganta.
—Puedo ponerlo el jueves a las siete y media.
—Perfecto —dije sin apartar la vista de Trébol.
—Perfecto —repitió él, pero su tono decía algo muy distinto.
Decía: te veo venir. Decía: no me impresionan ni tu apellido ni tu dinero ni tu sonrisa de abogado que cree que puede ganar cualquier discusión. Decía, sobre todo: si vas a meterte aquí, entra sabiendo que no vas a marcar el ritmo.
Y como si eso no fuera suficiente, terminó de rematarme con una frase dicha en voz baja, solo para mí, mientras Mireya imprimía el recibo.
—Te voy a ahorrar tiempo, Dante.
—Qué generoso.
—No lo hago por generosidad.
—Entonces, ¿por qué?
Se inclinó apenas. No demasiado. Lo justo para que su voz grave me llegara limpia y privada entre el murmullo del gimnasio.
Maldita sea, era la primera vez que escuchaba a un Omega con esa voz. Las demás eran molestas, melosas y empalagosas.
—Porque tienes la clase de cara que me dice que estás acostumbrado a mandar.
Lo miré sin pestañear.
—Y a veces funciona.
—Conmigo no.
—Eso está por verse.
—No —dijo, sereno, firme, con una seguridad tan rotunda que casi me arrancó una sonrisa—. Eso ya está visto. Solo, acate las reglas del gym y no será expulsado.
Mis pensamientos aceleraron a mil por hora: "Jajajajaja, ¿expulsado yo? ¿Yo que puedo comprar el maldito edificio si quisiera?"
Se enderezó antes de que pudiera responder.
—Nos vemos el jueves. Por hoy estamos llenos y hasta entonces, a menos que quieras entrenar por tu cuenta. Trae ropa cómoda, agua y la voluntad de dejar de comportarte como si todo el mundo fuera a obedecerte.
Y se alejó con esa tranquilidad insultante de hombre que no necesitaba mirar atrás para saber que yo lo estaba mirando.
Ese culo será mío y se lo voy a partir como me plazca hasta pedir cacao — pensé
Rafael dejó caer la frente sobre mi hombro.
—Acabo de presenciar cómo te rechazaron con elegancia terapéutica.
—No me rechazó. Solo se hace el interesante. No tengo experiencia en hombres, pero esto será un buen reto.
—Dante. Literalmente te dijo que contigo no funciona la autoridad, el coqueteo ni el intento de sumisión ajena. Ese no será la mamá de tus hijos... más bien tú pareces la mamá de sus hijos.
Maldito auguro del que no me dicuenta. Fue mi sentencia obsesionarme.
—No mencionó la palabra sumisión.
Rafael levantó la cabeza.
—No hacía falta. Lo dijo con el cuerpo, con la cara y con esa forma de hablarte como si supiera exactamente qué clase de hombre eres.
Tomé el recibo que me extendía Mireya y lo guardé en la cartera.
—No sabe nada de mí.
—Yo no estaría tan seguro.
—Nos conocemos hace una hora.
—Y aun así ya logró hacerte una radiografía del ego y echarte a la basura como papel reciclado. Definitivamente eres malo para conquistar hombres.
Me puse el abrigo.
—Exageras.
—No, cariño. Tú estás acostumbrado a ser el segundo hijo de una familia de alfas, pero aun así sigues comportándote como si nadie pudiera ponerte en su sitio. Y ese hombre te acaba de dejar clarísimo algo.
Lo miré.
—¿Qué?
Rafael sonrió con malicia.
—Que si algún día lo llevas a una cama, no vas a estar arriba.
Le di un golpe en el brazo.
—Eres insoportable. Soy alfa a pesar de mis defectos.
—Y sabes que tengo razón.
No respondí.
Porque, lamentablemente, no estaba del todo seguro de que se equivocara.
El jueves regresé solo. Mi amigo tuvo una crisis existencial porque su pareja estaba enojado y no pudo salir.
Intenté convencerme durante todo el día de que mi distracción por Trébol no tenía nada que ver con ese omega y todo que ver con mi espalda, mis hombros, mi rutina mal organizada del pasado y el hecho de que, según su diagnóstico infame, mis glúteos necesitaban intervención urgente.
Llegué al gimnasio a las siete y veinte de la noche, cambié el traje por ropa de entrenamiento en el vestidor y salí con la intención de parecer un hombre funcional, equilibrado y completamente inmune al efecto que cierto omega producía en mi sistema circulatorio.
Trébol me esperaba en una zona privada de fuerza y movilidad al fondo del gimnasio.
Llevaba una camiseta gris oscura, pantalón negro y una botella de agua en la mano. Tenía el cabello un poco más desordenado que el otro día, como si hubiera pasado horas trabajando sin preocuparse demasiado por él. Había una toalla sobre su hombro y un reloj deportivo marcándole la muñeca.
Dios, esos brazos tan suculentos.
Me acerqué con la calma del hombre que sabe que se dirige a una decisión pésima y aun así piensa tomarla.
—Puntual —comentó, mirándome llegar.
—Siempre.
—Eso ya me lo imaginaba.
—¿También diagnosticado en un minuto?
—No hizo falta tanto.
—Empiezo a preocuparme por mi nivel de transparencia.
—No deberías. La mayoría de la gente no te mira lo suficiente como para notarlo.
La frase me tomó por sorpresa.
No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Sin lástima. Sin doble intención. Como si acabara de hacer una observación simple sobre el clima.
Lo miré con más atención.
Trébol dejó la botella a un lado y señaló la colchoneta.
—Vamos a empezar con movilidad de cadera, activación de glúteo y estabilidad de tronco. Si te quejas demasiado, añado burpees por castigo.
—Eso suena autoritario.
—Y eso suena a que vas a ganarte los burpees.
Sonreí apenas.
—Te gusta mandar.
Él ni se molestó en negar.
—Me gusta que la gente haga bien las cosas.
—No es lo mismo.
—En un gimnasio, sí.
—¿Y fuera de un gimnasio?
Trébol tomó una banda elástica y me la lanzó al pecho. La atrapé por reflejo.
—Fuera del gimnasio también me gusta la gente funcional.
—Qué decepción. Yo esperaba una respuesta más sugerente. ¿Qué te llevo a entrenar tanto como para verte como un alfa? Extrañamente me atraes.
—Ya te dije que no confundas entrenamiento con flirteo.
Me coloqué la banda alrededor de las piernas, obedeciendo la indicación a regañadientes.
—¿Y si no lo estoy confundiendo?
—Entonces te estás esforzando demasiado por alguien que te acaba de pedir sentadillas laterales.
—Todos tenemos nuestros métodos.
Trébol se acercó para corregir la posición de mis pies.
—Y el tuyo, claramente, consiste en ignorar el contexto.
—El contexto me parece flexible.
—No tanto como tus aductores. Baja más.
Solté una risa breve y obedecí.
La sesión fue un suplicio glorioso.
Trébol era exigente, minucioso y completamente inmune a mi encanto, o al menos eso aparentaba. Me hizo sudar de verdad. Corrigió mi respiración, mi postura, la forma en que apoyaba el peso, el ángulo de mis rodillas, la activación del abdomen, la posición de mis escápulas. Cada vez que me tocaba para ajustarme algo, lo hacía con una seguridad limpia, profesional, sin el menor titubeo.
Y yo derritiendome por dentro e imaginandolo en cuatro.
Lo peor no era eso.
Lo peor era que yo empezaba a disfrutar obedecerle.
No de una forma evidente. No como una revelación pornográfica salida de la nada. Era más sutil, más peligrosa. La tranquilidad absurda que me producía dejar de pensar por un momento y seguir sus indicaciones. El modo en que mi cuerpo respondía mejor cuando él decía “otra vez”, “más abajo”, “mantén la pelvis neutra”, “no te apresures”, “respira”.
Nadie en mi vida me daba órdenes sin que yo quisiera discutir. Con Trébol, en cambio, la discusión empezaba a sentirse opcional.
Eso me irritaba. Parecía perrito faldero y obediente.
Y me excitaba de una manera profundamente inconveniente. Por suerte mi ropa deportiva ocultaba bastante.
Al cabo de cuarenta minutos, estaba en el suelo, boca arriba sobre una colchoneta, con una pierna flexionada y el orgullo goteando por la frente. Y definitivamente la excitación se fue al carajo.
Trébol estaba de pie a mi lado, bebiendo agua con una tranquilidad ofensiva.
—¿Sigues vivo? —preguntó.
—Todavía no lo decido.
—Buena señal. Si pudieras decidirlo, estarías peor.
Giré la cabeza para mirarlo.
—Tienes una forma muy extraña de motivar a la gente.
—Y aun así aquí estás.
—Tal vez me gustan los malos tratos.
—No —dijo, bajando la botella—. A ti te gusta creer que eliges el terreno en el que te derrotan.
Lo miré fijo.
Él me devolvió la mirada sin un solo titubeo.
Demonios. Volví a mirar esos labios y me apetecían besarlos.
Me incorporé despacio, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—Voy a hacerte una pregunta —dije.
—Eso ya me preocupa.
—Si te invitara a cenar, ¿también me responderías con una rutina correctiva?
Trébol exhaló por la nariz, como conteniendo una risa que no pensaba regalarme completa.
—Depende.
—¿De qué?
—De si la cena incluye tu costumbre de pensar que por usar un buen reloj y hablar como si estuvieras negociando un tratado internacional vas a conseguir lo que quieres.
—A veces funciona— mentí. Cómo si antes había podido coquetear con más hombres Omegas.
Ni siquiera sabía que era gay. Hasta ahora solo había pasado por un compromiso arreglado. Antes mi padre había arreglado otros, pero me negaba alegando que debía estudiar. Todo porque en la primaria un niño dijo que mis feromonas olían horribles.
—Ya lo sé. Y te repito: conmigo no.
Me puse de pie, acortando un poco la distancia entre los dos.
No demasiado. Lo justo como para olerlo más cerca.
—¿Y si no quisiera conseguir? —pregunté—. ¿Y si solo quisiera conocerte?
Trébol sostuvo mi mirada y eso me enamoró aún más.
Dios... Esos ojos. Mis hijos tendrían sus ojos definitivamente.
(Y nosotras le decimos: sigue soñandoooooo 🤫🫣🤣 porque está historia no es normal)
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(人*´∀`)。*゚+
(。♡‿♡。)