Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.
Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.
Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.
¿O de salvarlo?
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Capítulo 18
Capítulo 18
Lecciones
—Significa que alguien no sabe vivir sin otra persona —respondió Valentina.
Héctor dejó de mirar las estrellas.
—Eso suena poco práctico.
—El amor casi nunca es práctico.
—¿Y es bueno?
Valentina lo miró de reojo. El hombre que había comprado un collar de sesenta millones, destruido una familia en cuarenta y ocho horas y amenazado a medio mundo sin levantar la voz, parecía preocupado por reprobar una clase invisible de romance.
—Depende de quién lo diga —contestó.
—¿Y si lo digo yo?
La risa se le atoró en la garganta.
No porque fuera gracioso.
Porque sonó demasiado serio.
Valentina desvió la mirada hacia los cerros oscuros.
—Entonces tendría que creerle.
Héctor no respondió. Pero al día siguiente, cuando la llevó al campo de tiro del rancho, ya no parecía un hombre practicando frases románticas. Parecía el patriarca Elizondo otra vez: camisa negra, lentes dorados, guantes en el bolsillo y una calma que convertía cualquier espacio en sala de operaciones.
—No me gusta esto —dijo Valentina, mirando la mesa donde descansaban las armas descargadas.
—No tiene que gustarte.
—Excelente inicio pedagógico.
Sofía, desde una banca cercana, levantó una botella de agua.
—Yo vine a animarte moralmente, no a disparar. Mi puntería es un insulto a mi apellido.
Dolores estaba a su lado, sombrero bajo, expresión tranquila.
—Yo vine porque si Héctor te asusta demasiado, puedo hacer comentarios elegantes sobre su falta de tacto.
Cascabel revisaba cargadores con una eficiencia que no necesitaba espectáculo. Fantasma, que había llegado esa mañana con equipo de Halcón, intentó acercarle unos protectores auditivos.
—Permíteme, Cascabel.
Ella se los quitó de la mano sin mirarlo.
—Permítete respirar lejos de mí.
Sofía susurró:
—Amo este rancho.
Valentina habría reído si no tuviera el estómago cerrado.
Héctor le mostró primero el arma descargada. Le hizo revisar la recámara, el seguro, el cargador, el peso. No permitió que tocara munición hasta que pudo repetir las reglas sin equivocarse.
—Nunca apuntas a algo que no estás dispuesta a destruir —dijo.
Valentina sostuvo el arma con ambas manos.
—Entonces no debería apuntar a nada.
—Ojalá eso bastara.
Ella lo miró.
—¿Por qué necesito aprender esto?
Héctor se colocó detrás de ella, sin tocarla todavía.
—Porque en mi mundo, confiar no basta. Necesitas defenderte.
La frase le cayó pesada.
No como amenaza.
Como herencia que nadie le había pedido cargar.
—No quiero volverme como usted.
—No te estoy enseñando a ser yo.
—¿Entonces?
—A sobrevivirme.
Valentina giró apenas la cabeza.
Héctor corrigió la postura de sus brazos con dos dedos, mínimo contacto, máximo efecto.
—Y a sobrevivir a cualquiera que venga después.
La primera bala se fue a la tierra.
Valentina cerró los ojos por reflejo.
—No cierres los ojos —dijo Cascabel desde atrás—. El blanco no desaparece por educación.
—Gracias por la ternura.
—De nada.
La segunda bala dio en el borde del papel.
La tercera, más cerca del centro.
Valentina sintió el retroceso subirle por las muñecas, el olor seco de la pólvora, el golpe del sonido incluso con protectores. No le gustó. No le gustó nada. Pero cuando bajó el arma, vio el agujero en el blanco y entendió algo que la incomodó: su mano podía temblar y aun así acertar.
Héctor lo vio también.
—Tienes buen pulso.
—Tengo miedo.
—El miedo no arruina la puntería. La mentira sí.
Héctor cambió el blanco por uno nuevo y lo colocó más lejos.
—Otra serie.
Valentina lo miró como si acabara de insultarla.
—Acabo de decir que tengo miedo.
—Y yo acabo de oírte decir la verdad.
Cascabel se apoyó contra una mesa plegable.
—Respire antes de apretar. No dispare para quitarse el miedo. Dispare cuando el miedo esté quieto.
Valentina quiso decirle que el miedo nunca estaba quieto.
Pero levantó el arma.
Esta vez no cerró los ojos. Inhaló, sostuvo el aire un segundo y soltó despacio. La primera bala pegó en el borde negro. La segunda entró más cerca del centro. La tercera rompió la línea interior.
Sofía dejó escapar un silbido.
—Retiro lo de energía de protagonista. Esto ya es energía de villana elegante.
—No ayudes —dijo Dolores.
—Estoy ayudando a mi manera.
Valentina bajó el arma con las manos calientes y las muñecas tensas. No se sintió poderosa. Se sintió responsable. Esa diferencia le importó.
—Otra vez —dijo ella antes de que Héctor hablara.
Él la miró.
No sonrió.
Pero el orgullo le pasó por los ojos como un relámpago bajo llave.
Dolores se acercó durante el descanso con una botella de agua.
—Consejo social y de tiro: nunca dejes que alguien note cuál mano te tiembla.
Valentina bebió, mirando el blanco.
—¿Tú sabes disparar?
Dolores sonrió poco.
—Sé hacer muchas cosas que mi padre prefiere ignorar.
Por un segundo, algo pasó detrás de sus ojos.
Valentina no preguntó.
Aprendía.
Dolores bebió un trago de agua y miró hacia las caballerizas, donde Sofía discutía con Fantasma sobre quién había perdido una apuesta.
—En mi casa creen que una mujer elegante solo observa —dijo—. Es una idea cómoda para los hombres. Los hace descuidados.
—¿Y usted observa?
Dolores volvió a sonreír.
—Todo.
Valentina recordó esa palabra mucho más tarde, todavía con una claridad incómoda.
La práctica terminó al mediodía. Sofía declaró que Valentina tenía "energía de protagonista peligrosa" y pidió comida antes de que Héctor convirtiera el fin de semana en campamento militar. Valentina dejó el arma sobre la mesa descargada, con respeto y alivio.
—Voy a aprender —dijo a Héctor cuando estuvieron solos un momento—. Pero no voy a fingir que me gusta.
—No te lo pediría.
—Usted pide muchas cosas imposibles.
—Esa no.
Regresaron a CDMX al anochecer.
El descanso terminó en cuanto entraron al penthouse.
Rodrigo esperaba en la sala con una tableta, Cascabel a su lado y Fantasma detrás, inusualmente serio. Dolores y Sofía, que habían pasado a dejar unas cajas de ropa y despedirse antes de volver a sus respectivos compromisos, se detuvieron al sentir el cambio de aire.
—Tenemos un problema —dijo Rodrigo.
Héctor no se quitó los lentes.
—Habla.
Rodrigo puso la tableta sobre la mesa. En la pantalla había la imagen ampliada de un objeto negro, pequeño, con micrófono y transmisor.
—Lo encontramos en el forro del bolso de la señorita Navarro. No estaba activo cuando lo detectamos, pero sí transmitió desde la subasta.
Valentina miró a Dolores.
La heredera no palideció.
Eso fue lo extraño.
Solo dejó la bolsa sobre la mesa con un cuidado casi elegante.
—¿Quién? —preguntó Sofía, furiosa.
Rodrigo cambió la pantalla.
Dos fotografías aparecieron: Leonardo Navarro y Xavier Navarro.
—Leo y Xavier Navarro —dijo—. La señal conecta con una ruta usada por gente de Nicolás.
Dolores bajó la mirada a las fotos.
Su rostro no se rompió.
Pero Valentina, que ya había aprendido a mirar grietas, vio cómo sus dedos se cerraron una vez sobre el borde de la mesa.
—Son de mi familia —dijo Dolores.
—Sí —respondió Héctor.
Sofía soltó una maldición.
—Lola...
—No aquí —dijo Dolores, suave.
Esa suavidad sonó más peligrosa que un grito.
Héctor tomó la tableta y la apagó.
Luego miró a Valentina.
Todo el aire del rancho, el mezcal, las estrellas y los caballos quedaron atrás.
—Nos vamos a Monterrey —dijo—. Esta ciudad ya no es segura.