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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15

La palabra normal

—¿Normal? —preguntó Emilio.

Su voz sonó tranquila.

Eso asustó a Lucía más que si hubiera gritado.

Gloria apartó la mirada primero.

—No empieces a torcer mis palabras.

—¿Cuáles?

—Sabes a qué me refiero. Siempre fuiste difícil.

—Era un bebé.

La sala entera se quedó sin aire.

Ramón bajó el control remoto. Bruno frunció el ceño como si la conversación hubiera entrado en un territorio que no le convenía. Lucía cubrió su boca con una mano.

Gloria se puso pálida.

—No sabes de lo que hablas.

Emilio tampoco estaba seguro de saberlo completo. Ese era el daño de los recuerdos de infancia: no llegaban como películas, sino como objetos sueltos. Una almohada blanca. El olor a talco. La garganta cerrada. Una voz diciendo "no salió bien" con cansancio, no con horror.

Durante años había pensado que era una pesadilla fabricada por fiebre.

Pero nadie en esa sala parecía confundido.

—¿Qué pasó? —preguntó Lucía, apenas audible.

—Nada —dijo Ramón de inmediato.

Demasiado rápido.

Emilio lo miró.

—Papá.

Ramón envejeció diez años en un segundo.

—Tu mamá estaba mal. Estaba agotada. El doctor había dicho que tu diferenciación venía débil, que quizá nunca ibas a... —se detuvo, mirando a Lucía—. Eran otros tiempos.

—No —dijo Emilio—. No uses el calendario para lavar eso.

Ramón abrió la boca y la cerró otra vez.

Ese gesto le dijo a Emilio más que cualquier confesión. Su padre no había sido un monstruo con las manos sobre la almohada. Había sido algo más común y, por eso, más cobarde: el hombre en la puerta, el que vio suficiente para saber y no hizo suficiente para impedir.

—Yo la detuve —murmuró Ramón, como si eso pudiera salvarlo.

—¿Después de cuánto?

Ramón no respondió.

Lucía soltó un sonido pequeño.

Emilio no la miró. Si la miraba, tal vez sí se rompía.

Gloria se llevó una mano al pecho.

—¡Yo sufrí! Nadie habla de lo que sufre una madre cuando le entregan un hijo defectuoso. Todos esperaban un Alfa fuerte, o por lo menos un Omega normal. Pero tú no reaccionabas, no tenías feromonas, llorabas todo el día, los médicos me miraban como si yo hubiera hecho algo mal.

Lucía empezó a llorar en silencio.

Bruno se levantó.

—Mamá, cállate.

Fue la primera vez en la tarde que sonó incómodo de verdad.

Gloria no lo escuchó.

—Una se desespera. Una no piensa. Fue un segundo.

Un segundo.

Emilio casi se rió.

No porque fuera gracioso. Porque el cuerpo a veces buscaba cualquier salida antes de romperse.

—Para ti fue un segundo —dijo—. Para mí fue una vida entera aprendiendo que respirar era mi problema.

Gloria lo miró como si él la hubiera golpeado.

—Siempre tan dramático.

La palabra cerró algo.

No con estruendo. Con llave.

Emilio tomó la guía de estudio de Lucía, la acomodó con cuidado y sacó su celular. Hizo una transferencia frente a todos.

Lucía recibió la notificación y abrió los ojos.

—Emi, es mucho.

—Es para tu curso, materiales y transporte. Nada de esto pasa por Bruno. Nada de esto pasa por Mamá.

—No puedo guardar tanto en mi cuenta —susurró Lucía—. Mamá revisa mi aplicación cuando dice que quiere "ayudarme".

Emilio sintió una rabia fría, práctica.

—Entonces mañana te abro otra. Una digital, con contraseña nueva. Y vamos a comprar tus guías juntos.

—Emi...

—No es favor. Es inversión. Tú sí vas a usarla.

Gloria reaccionó al fin.

—¿Ves? Humillándome en mi propia casa.

—No. Poniendo límites en la casa donde nunca los hubo.

Bruno tragó saliva.

—¿Y mi curso?

Emilio lo miró.

—Trabaja.

La palabra cayó simple, sin rabia. Tal vez por eso dolió más.

Ramón se levantó a medias.

—Hijo, no te vayas así.

—¿Cómo quiere que me vaya?

Ramón no supo responder.

Emilio dobló la bolsa vacía del pan dulce, más por darle algo que hacer a las manos que por orden. Lucía lo siguió hasta la puerta.

—Perdón —susurró.

—Tú no hiciste nada.

—Pero te llamé.

—Y yo vine por ti. Eso no cambia.

Lucía lo abrazó con fuerza. Emilio apoyó la mano en su cabello y sintió lo pequeña que todavía era frente a esa casa.

—No les des el dinero —dijo.

—No.

—Si te presionan, me llamas.

—Mamá va a llorar.

—Que se hidrate.

Lucía soltó una risa rota contra su camisa.

Emilio la abrazó un segundo más.

—No eres mala hija por querer irte —le dijo al oído.

Lucía se quedó rígida.

—¿Y si no puedo?

—Vas a poder. No mañana, quizá no este mes. Pero vas a poder. Y cuando pase, no mires atrás para pedir permiso.

Ella asintió contra su pecho. No parecía convencida todavía, pero guardó la frase como quien guarda una llave.

Cuando salió, Gloria estaba de pie en el pasillo, los ojos rojos, la boca apretada.

—Algún día vas a entender lo que es tener hijos ingratos.

Emilio se detuvo junto a la reja.

—No, Mamá. Si algún día tengo familia, no va a parecerse a esto.

No esperó respuesta.

Entró al auto, cerró la puerta y apoyó ambas manos en el volante.

No lloró.

Ese era el problema: no lloró.

Sus manos empezaron a temblar con una violencia silenciosa, como si el cuerpo hubiera esperado a estar solo para pasarle la factura. La glándula también latía, pero lejos, detrás de algo más viejo. Emilio apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

La casa seguía frente a él. Beige, descascarada, pequeña. Durante años había parecido enorme porque él era niño y no tenía a dónde ir.

Ahora tenía llaves en la mano.

Podía irse.

Lo hizo.

Manejó varias cuadras antes de estacionarse junto a una tienda cerrada. Necesitaba respirar sin ver esa reja. Bajó la ventana. El aire de la tarde olía a tortillas calientes de algún puesto cercano y a lluvia que todavía no caía.

Entonces el cuerpo empezó a devolverle detalles.

La mesa pegajosa bajo los dedos. La voz de Gloria diciendo "defectuoso" como si hablara de un aparato. El silencio de Ramón. La cara de Lucía descubriendo que la historia familiar tenía un agujero donde debería haber cuidado.

Emilio abrió y cerró las manos sobre el volante.

Una parte de él quería volver, recoger a Lucía y no dejar ni las macetas. Otra parte, más vieja, sabía que rescatar a alguien de una casa así no era solo abrir una puerta. Había que preparar dinero, documentos, escuela, valor. Había que construir salida.

Como siempre, tocaba construir.

El celular vibró.

Por un segundo pensó que era Lucía.

No.

Sebastián Luján: ¿Estás cenando?

Emilio miró el mensaje hasta que las letras dejaron de moverse.

Otro mensaje llegó antes de que pudiera responder.

Sebastián Luján: Guardé mole. No lo voy a recalentar dos veces.

Era una orden. Una queja. Una amenaza culinaria absurda de un hombre que probablemente no sabía pedir "ven" sin convertirlo en logística.

Emilio apoyó la frente en el volante.

Escribió: No tengo hambre.

Lo borró.

Escribió: Estoy ocupado.

También lo borró.

La verdad era más simple y más vergonzosa: no quería volver a un departamento vacío con la voz de Gloria pegada a la piel.

Las manos seguían temblando.

Pero esta vez, por alguna razón estúpida y precisa, los ojos le ardieron.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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