Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Se atrevió a enamorarse
Miedo de lo rápido que estaba empezando a importarle.
Valentina durmió mal.
No porque la cama de Adrián fuera incómoda. Todo lo contrario. Era demasiado grande, demasiado limpia, demasiado silenciosa. Las sábanas olían a algodón fresco y a una versión de Adrián sin humo, sin whisky, sin amenazas, lo cual resultaba más peligroso.
Se despertó antes de las siete con la lluvia todavía golpeando los ventanales.
Por un segundo no recordó dónde estaba.
Luego vio el teléfono de Adrián sobre la mesa de noche, la caja negra en la repisa y el techo alto de una habitación que no era la suya.
—Ay, Dios —murmuró.
Se levantó con cuidado. Llevaba una camiseta blanca que Doña Rosa le había dejado la noche anterior y unos pantalones suaves que, según la nota, "el señor pidió tener disponibles". En ese momento, medio dormida, Valentina no había pensado demasiado en la frase.
Ahora sí.
El señor pidió tener disponibles.
Abrió la primera puerta que encontró creyendo que era el baño.
No era el baño.
Era un vestidor.
Valentina se quedó en el umbral con la mano en la manija.
La mitad derecha pertenecía a Adrián: trajes oscuros, camisas blancas, corbatas ordenadas por tonos que para cualquier persona normal eran el mismo gris. La mitad izquierda...
La mitad izquierda era de ella.
No simbólicamente.
De ella.
Vestidos en su talla. Pantalones. Blusas. Ropa interior en cajas cerradas. Zapatos bajos y tacones. Suéteres de cuello alto, porque claro, el hombre que dejaba marcas también preparaba formas de esconderlas. Había prendas con etiquetas de diseñadores que Valentina solo tocaba cuando clientas ricas las llevaban a arreglar. Otras eran de marcas mexicanas pequeñas, de buen corte, elegidas por alguien que había observado su estilo más de lo que ella quería aceptar.
En un cajón abierto descansaban broches para el cabello.
Ninguno era su peineta.
Valentina soltó la manija como si quemara.
No era una improvisación de lluvia.
No era "te quedas esta noche porque Periférico está imposible".
Adrián Castellán había preparado espacio para ella antes de que ella aceptara siquiera ser su novia.
El corazón le dio un golpe torpe.
—No, no, no.
Retrocedió y chocó con alguien.
Doña Rosa sostenía una bandeja con café, pan tostado y una taza de manzanilla.
—Buenos días, señorita.
Valentina se llevó una mano al pecho.
—Casi me mata.
—Perdón. El señor dijo que quizá despertaría temprano.
Claro. El señor decía muchas cosas.
Valentina miró hacia el vestidor.
—¿Desde cuándo está eso?
Doña Rosa siguió su mirada y tuvo la decencia de no fingir confusión.
—Algunas prendas llegaron hace semanas. Otras ayer.
—¿Semanas?
—Sí, señorita.
La palabra le cayó como una piedra en el estómago.
Semanas.
Antes de Panamá. Antes del contrato. Antes de que ella dijera trato. Tal vez incluso antes de que entendiera que estaba jugando con fuego.
—¿Adrián está en casa?
—En el estudio. Trabajó toda la noche.
Valentina tomó la taza de manzanilla porque necesitaba ocupar las manos.
—Gracias, Doña Rosa.
La mujer asintió.
—El desayuno puede servirse aquí o abajo.
—Aquí no.
La respuesta salió demasiado rápido.
Doña Rosa no preguntó.
—Abajo, entonces.
Valentina se vistió con ropa del vestidor porque su otra opción era salir en pijama a reclamar. Eligió lo más sencillo: pantalón beige, blusa blanca, un suéter gris. Todo le quedaba perfecto.
Eso la puso de peor humor.
Bajó a la cocina privada de la planta baja y encontró a Adrián junto a la barra, hablando con Joaquín sobre una adquisición en Querétaro. Llevaba la camisa arremangada, el cabello apenas húmedo, como si trabajar toda la noche no tuviera consecuencias en su cara.
Valentina dejó la taza sobre la barra.
—Tenemos que hablar.
Joaquín cerró la carpeta de inmediato.
—Con permiso.
—No, quédese —dijo Valentina—. Tal vez necesito testigo.
Adrián la miró.
—¿De qué me acusas ahora?
—De premeditación textil.
Joaquín parpadeó una vez.
Adrián no.
—El vestidor —dijo ella—. Doña Rosa dijo semanas.
—Algunas prendas necesitaban ajustes.
—¡Eso no mejora nada!
—No iba a dejar que durmieras en mi casa sin ropa.
—No dormía en su casa hace semanas.
—Todavía no.
Valentina abrió la boca. La cerró. Joaquín decidió, sabiamente, que quizá sí necesitaba sobrevivir fuera de la cocina.
—Ahora sí, con permiso.
Se fue.
Valentina esperó a que la puerta se cerrara.
—¿Usted planeó esto?
—Planeé posibilidades.
—Eso es lo que dice la gente peligrosa para sonar organizada.
Adrián tomó su café.
—¿Te quedó bien la ropa?
—No cambie el tema.
—Te quedó bien.
—Adrián.
Él dejó la taza.
—Valentina, no puse una jaula. Puse ropa.
La palabra jaula le tocó un nervio.
—No use esa comparación conmigo.
Adrián sostuvo su mirada. Esta vez no respondió con arrogancia inmediata.
—Está bien.
Valentina respiró.
Quería seguir peleando. Debía seguir peleando. Una parte de ella estaba realmente molesta: por la premeditación, por la facilidad con que él convertía su vida en una habitación preparada, por lo cómodo que resultaba tener justo la ropa correcta cuando ella no había pedido nada.
Pero otra parte, más baja, más tonta, más honesta, pensaba en él trabajando toda la noche en el estudio para no invadir la cama donde ella dormía. En la manzanilla. En los zapatos cómodos. En las prendas de diseñadores mexicanos, no solo marcas extranjeras caras. En que había elegido su estilo, no el de una muñeca.
Ese era el problema.
No estaba cayendo por los excesos.
Estaba cayendo por los detalles.
—Esto me asusta —dijo al fin.
Adrián se quedó quieto.
—¿Yo?
Valentina miró la taza entre sus manos.
—No solo tú.
El silencio cambió.
Adrián se acercó un paso, pero se detuvo antes de tocarla.
—Dime qué hago con el vestidor.
Era una pregunta real.
Valentina lo notó. Y esa pregunta, más que cualquier collar, más que cualquier beso, le movió algo en el pecho.
—No lo quite —dijo, odiándose un poco—. Pero no vuelva a llenar espacios de mi vida sin decirme.
—Hecho.
—Y no piense que porque algo me queda bien, ya le pertenece.
—No pienso eso.
Valentina alzó la vista.
Adrián la miró como si hubiera muchas respuestas que no podía decir sin arruinar la tregua.
—¿Qué piensa?
—Que debiste tener cosas cómodas aquí.
—¿Por qué?
—Porque quería que volvieras.
La frase fue simple.
Demasiado simple.
Valentina sintió que el corazón le bajaba la guardia.
No por completo. No era tan tonta.
Pero sí lo suficiente para asustarla.
—Tengo que ir a trabajar —dijo.
—Te llevo.
—No. Hoy no.
Adrián aceptó con un movimiento mínimo.
—El coche estará disponible si cambias de opinión.
—Eso cuenta como insistir.
—Eso cuenta como recurso.
Valentina tomó su bolso.
Adrián no la siguió hasta la puerta. Se quedó junto a la barra, manos quietas, mirada fija en ella. Esa obediencia mínima le pesó más que cualquier imposición.
Antes de salir, miró hacia las escaleras que llevaban al cuarto de Adrián. Arriba estaba el vestidor, la caja negra, la cama donde había dormido demasiado bien.
Y abajo estaba él, mirándola sin tocarla porque ella se lo había pedido.
Valentina salió de La Hacienda con la lluvia convertida en llovizna y una certeza que no quería admitir.
Se atrevió a enamorarse.
Y eso le dio más miedo que cualquier amenaza.
excelente
Gracias.