Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Capítulo 18
La chica del Olvido
Lucía se miró en el espejo del baño y no se reconoció.
El pelo corto le cambiaba la forma de la cara. La base de maquillaje le borraba las ojeras, el delineador negro le alargaba los ojos, y el labial oscuro le daba un aspecto de cinco años más. Llevaba el uniforme del Club El Olvido: blusa negra ajustada, falda corta, zapatos de piso con suela de goma para no resbalar en el piso mojado de la barra. El gafete de plástico decía "MÓNICA GARCÍA — PERSONAL DE BARRA".
"Mónica" había nacido una semana atrás en una papelería de la colonia Centro, donde Lucía pagó quinientos pesos por un acta de nacimiento falsa con datos inventados. Mónica García Ruiz, diecinueve años, originaria de Celaya, Guanajuato. Sin familia en Miravalle. Sin historial. Sin pasado.
La entrevista con Doña Marisol había durado diez minutos.
La mujer la había recibido en una oficina trasera del Club, sentada detrás de un escritorio cubierto de facturas y servilletas con números. Marisol era como Lucía la recordaba de las historias de su abuela: pelo teñido de rubio, aretes largos, blusa escotada, y unos ojos que parecían capaces de calcular el peso de una persona en centavos.
—Eres muy joven. ¿Segura que puedes con este trabajo? —Marisol la miró de arriba a abajo.
—Necesito el dinero, Señora. Vengo de fuera. No me asusto con los horarios.
—¿Experiencia en barra?
—Dos años en un restaurante-bar en Celaya. Sé preparar cócteles, servir mesas, y no hacer preguntas.
La última frase fue la que selló el trato. Marisol levantó una ceja, casi sonrió, y le dio el uniforme.
En su primera semana, Lucía aprendió rápido. El Club El Olvido funcionaba como un reloj: los VIP llegaban después de las diez, los guardias rotaban cada cuatro horas, la cocina cerraba a la una, y a las tres de la mañana los últimos clientes salían en camionetas con vidrios polarizados. Los nombres que importaban eran pocos: el Jefe —Dante— aparecía dos o tres noches por semana; Marcos venía casi todas; Pelón manejaba la seguridad de la puerta; y Santos era el guardaespaldas que se plantaba en las esquinas como si fuera parte de la pared.
Lucía los catalogó a todos. Memorizó las salidas de emergencia, la ubicación de las cámaras de seguridad, los horarios del turno nocturno. Y notó algo que la sorprendió: Santos. El que todos llamaban "el Santo". Era el único de los hombres de arriba que decía "gracias" cuando le servían un vaso de agua y que miraba a las meseras a los ojos como si fueran personas y no muebles.
---
El jueves de la segunda semana, Renata vino al Club.
Lucía la vio entrar del brazo de Dante: vestido oscuro, pelo recogido, la expresión serena de alguien que ha aprendido a usar la calma como armadura. Detrás de ellos, Joaquín y Santos. Se sentaron en la mesa del reservado principal, con un grupo de empresarios que hablaban demasiado fuerte y pedían botellas caras.
Lucía estaba en la barra, preparando gin-tonics. Cuando Renata se acercó a pedir una copa de vino tinto, sus ojos se encontraron. Un segundo. Nada más. Ni un parpadeo de reconocimiento, ni un gesto, ni una tensión en la boca. Dos desconocidas.
—Un tinto de la casa, por favor —dijo Renata.
—Enseguida.
Lucía sirvió el vino, lo puso sobre un portavasos de cartón con el logo del Club, y deslizó el conjunto hacia Renata. Debajo del portavasos había un papel doblado dos veces: un trozo de servilleta con tres líneas escritas a lápiz.
Renata tomó la copa, el portavasos, y volvió a la mesa sin mirar atrás.
---
Una hora después, Renata le dijo a Dante que le dolía la cabeza y necesitaba aire. Él le indicó a Joaquín que la acompañara a la puerta, pero Renata le dijo que solo caminaría una cuadra y volvería. Joaquín la dejó ir —las órdenes de Dante no incluían seguirla a todos lados, al menos no todavía—.
Renata dobló la esquina y caminó media cuadra por una calle secundaria del centro histórico de Miravalle. Paredes de cantera con grafiti, un poste con un foco que parpadeaba, una taquería cerrada con la cortina metálica bajada. El olor era a humedad y a aceite de fritanga vieja.
Lucía estaba esperando en el hueco de una puerta, con una chamarra encima del uniforme y un cigarro sin encender entre los dedos.
—Rápido —dijo Lucía—. Tengo quince minutos de descanso.
Renata desdobló la servilleta. Decía: "Sótano. Archivo con llave electrónica. Solo D. y Fermín tienen acceso."
—¿Fermín? —preguntó Renata.
—El administrador del Club. Tipo flaco, bigote, lentes. Llega a las siete de la noche y se va a las dos. Siempre trae la tarjeta en el bolsillo derecho de la camisa.
Renata guardó la información en su cabeza.
—¿Te han hecho preguntas?
—Marisol me vigila, pero creo que es por costumbre, no por sospecha. Los demás me ignoran. —Lucía hizo una pausa—. Menos Marcos. Marcos me mira mucho.
—Ten cuidado con él.
—Lo sé.
Renata dudó un momento. Después sacó de su bolsa una fotografía impresa en papel común: la portada del folder negro que Dante le había dado, donde se veían claramente las huellas de unos dedos sobre la superficie oscura.
—Necesito comparar estas huellas con las de la ficha de tu padre —dijo—. Pero no soy perito. Necesito a alguien que sepa.
Lucía miró la foto. Sus ojos se endurecieron.
—Mi abuela tiene un contacto. Un forense retirado. Vive en Guadalajara. Pero hay que mandarle las muestras físicas, no fotos. Y eso toma tiempo.
—¿Cuánto?
—Quizá dos semanas. Quizá tres. El correo no es seguro; habría que llevarlas en persona o mandarlas con alguien de confianza.
Renata asintió. Dos semanas. Podía esperar dos semanas.
—Una cosa más —dijo Renata—. Necesitamos un sistema para comunicarnos sin que se note. Si tienes algo urgente...
—Pongo un especial de la casa en la esquina izquierda de la barra, junto a la caja. Es un trago que nadie pide. Si lo ves ahí, hay mensaje. Tú me confirmas pidiendo un mango con chile la próxima vez que vengas.
—¿Mango con chile?
—Nadie de los VIP pide eso. Es de turistas.
A pesar de todo, Renata casi sonrió.
Se despidieron sin abrazarse, sin tocarse, sin nada que pudiera parecer más que dos desconocidas coincidiendo en un callejón. Lucía volvió a El Olvido por la puerta de servicio. Renata caminó de regreso a la entrada principal, donde Joaquín la esperaba con la puerta de la camioneta abierta.
---
A las once de la noche, cuando el último turno terminó y las luces del Club empezaron a apagarse, Doña Marisol encontró a Lucía trapeando el piso de la barra.
—Mónica.
Lucía levantó la cabeza.
—Mañana vas a servir en el reservado del Jefe. —Marisol la miraba con una expresión que mezclaba instrucción y advertencia—. Es un privilegio. No lo arruines.
Lucía apretó el trapeador con las dos manos.
—No lo haré, Señora.
Marisol asintió y se fue. Lucía se quedó sola en la barra, con el olor a cloro del trapeador y el pulso latiéndole en las sienes.
Mañana iba a servir en el reservado de Dante. Iba a estar a un metro del hombre que probablemente había ordenado la muerte de su padre. Un metro. La distancia de un brazo extendido. La distancia de un cuchillo.
Siguió trapeando. Las manos le temblaban, pero el piso quedó impecable.