Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 19
La frase cayó sobre la mesa como un cubetazo de agua fría.
Santiago no parpadeó. Solo bajó la mirada a las manos de Valentina, a esos dedos que antes sabían apuntar defectos en sus cuadernos y ahora tenían marcas de detergente, aguja y trapeador.
—Ese muerto de hambre —dijo al fin— no te merece ese tono.
Valentina soltó una risa seca.
—¿Vas a defenderlo? Qué noble. Casi conmovedor.
—Voy a decirte que no hables de ti como si hubieras cometido un crimen por quererlo.
El aire entre ellos cambió.
Valentina apretó la servilleta bajo la mesa. Un mesero pasó cerca, notó la tensión y fingió no mirar. En la mesa de al lado, dos mujeres bajaron la voz con esa curiosidad educada de Polanco que nunca parecía chisme hasta que una sacaba el celular.
—No empieces con frases bonitas, Santiago. Te quedan peor que la corbata.
Él miró su plato intacto.
—Come.
—No soy tu hija.
—No. Si fueras mi hija, ya habría demandado a media ciudad por dejarte andar con esa rodilla así.
Valentina quiso contestar, pero el comentario le pegó justo donde todavía dolía. Bajó la vista al mantel blanco, al pan partido, a la copa de agua que no había tocado. Tenía hambre. También tenía orgullo. Por desgracia, el orgullo no llenaba el estómago.
—No te emociones —murmuró, tomando el tenedor—. Estoy comiendo porque tu show espantó a mi cita y alguien tiene que pagar esta comida absurda.
Santiago no sonrió, pero algo se aflojó en su boca.
Pidió que retiraran el platillo frío y ordenó otra vez, sin consultarle: caldo de tortilla sin cilantro, pescado a la plancha, verduras suaves. Valentina levantó la ceja.
—¿También vas a decidir cuántas veces mastico?
—Treinta y dos sería ideal.
—Eres insoportable.
—Y tú no has cambiado.
Ella pinchó un pedazo de pescado con demasiada fuerza.
—Sí cambié. Antes no sabía cuánto cuesta sobrevivir una semana sin sueldo.
Santiago dejó el vaso sobre la mesa. El golpe fue suave, pero el sonido cortó la conversación.
—Tu suspensión no debió ocurrir.
—Pero ocurrió. Y tú no moviste un dedo.
—Porque si lo hacía, te iban a odiar más en el hotel.
Valentina lo miró de frente.
—Qué considerado. Me dejaste sin salario para proteger mi popularidad.
Él no respondió. Esa ausencia de defensa la molestó más que una excusa. Comieron con una paz falsa, atravesada por miradas que se apartaban tarde. Cuando Santiago pagó, Valentina se levantó antes de que pudiera acercarle la silla.
—Gracias por el almuerzo. La próxima vez secuestras a mi cita después del postre, ¿va?
—Ven conmigo.
—No.
Santiago tomó su bolsa del respaldo de la silla y se la entregó.
—Entonces camina delante de mí y finge que no vienes conmigo.
Valentina abrió la boca. La cerró. Se odiaba un poco por salir primero.
La joyería quedaba a dos cuadras, sobre una avenida donde los escaparates brillaban aunque fuera mediodía. Valentina se detuvo frente a la puerta de cristal en cuanto vio el nombre en letras doradas.
—Ni de broma.
Santiago abrió la puerta.
—Cinco minutos.
—Con cinco minutos aquí me cobran hasta por respirar.
La vendedora apareció con una sonrisa perfecta.
—Buenas tardes. Bienvenidos.
Santiago no miró el mostrador completo. Señaló una vitrina donde descansaban piezas de oro blanco.
—Ese.
Valentina siguió su dedo. Un collar delgado, con una gota de zafiro azul rodeada de pequeños diamantes, parecía demasiado fino para el cuello de alguien que por la mañana lavaba sábanas ajenas.
—No —dijo ella.
—¿No te gusta?
—No me interesa.
La vendedora, entrenada para ignorar guerras domésticas caras, sacó la pieza con guantes negros.
—Es oro blanco de dieciocho quilates, zafiro natural y diamantes. Precio final, cincuenta y siete mil pesos.
Valentina sintió que el estómago se le apretaba. Cincuenta y siete mil. Casi dos meses de clínica, medicamentos aparte. Una cantidad que a él le salía de la tarjeta sin pestañear y a ella le doblaba la espalda.
—No voy a usar eso —dijo, más bajo.
Santiago tomó el collar.
—Voltea.
—¿Me escuchaste?
—Sí.
—Entonces respeta.
Él alzó la vista. La vendedora dejó de sonreír por un segundo.
—No estoy comprándote, Valentina.
—Claro que sí. Solo que lo haces con mejor iluminación.
Santiago cerró la caja con cuidado.
—Si quisiera comprarte, pondría una cifra sobre una mesa. Esto es un collar.
—Para ti. Para mí es una factura con diamantes.
Él pagó de todos modos. No insistió en ponérselo. Eso fue lo peor. Porque la dejó con el estuche en las manos, con la decisión entera sobre la piel.
Al salir, Valentina levantó el brazo al primer taxi libre.
—Marco puede llevarte —dijo Santiago.
—Marco ya le hizo suficiente daño a mi vida social por hoy.
—Valentina.
Ella abrió la puerta del taxi y lo miró desde el borde.
—No soy una vitrina vacía para que pongas cosas bonitas y digas que ahora ya se ve mejor.
Subió antes de que él contestara.
En el trayecto, el estuche pesó sobre sus piernas como si adentro llevara una piedra. Al llegar a su departamento, Canela olfateó la bolsa, maulló y se subió al sillón con la dignidad de una inspectora.
—Ni tú me juzgues —le dijo Valentina.
Tomó fotos del collar sobre una toalla blanca, cuidando que no se viera la grieta de la mesa. Abrió Mercado Libre y escribió con dedos rápidos: "Collar de oro blanco con zafiro natural. Nuevo, con certificado. Entrega en CDMX. Precio negociable".
Puso cuarenta y nueve mil pesos.
Miró el número unos segundos. Después bajó a cuarenta y siete.
—Que se venda rápido —murmuró.
No era orgullo. No era rendición. Era Isabel respirando en una cama que costaba dinero cada día.
El lunes volvió al Hotel Castellano con el uniforme planchado, la rodilla vendada bajo el pantalón y la cara de quien no le debía disculpas a nadie. Karla la vio entrar desde el área de blancos y sonrió con una dulzura venenosa.
—Mira nada más. La suspendida resucitó.
Valentina tomó su gafete del mostrador.
—Sí. Qué milagro tan incómodo para ti.
Patricia apareció desde el pasillo de servicio, la jaló del brazo y bajó la voz.
—Aguas. La jefa anda de malas y Karla está insoportable desde que le dieron la 1801.
—Que la disfrute.
Patricia la miró raro.
—No hay nada que disfrutar.
—¿Por?
—Porque el señor Reyes no vino.
Valentina creyó haber oído mal.
—¿Cómo que no vino?
—Eso. Ni un día. Desde que te suspendieron, canceló servicio, comidas, lavandería, todo. La suite estuvo cerrada. Karla se la pasó maquillada a las siete de la mañana para nada.
Karla fingió acomodar toallas, pero el color en sus mejillas la delató.
—Seguro tenía asuntos más importantes —dijo, cortante.
Patricia chasqueó la lengua.
—Pues qué casualidad que sus asuntos importantes terminaron justo el día que volvió Valentina.
Valentina no contestó. El pasillo siguió igual: olor a cloro, carritos metálicos, radios internos. Pero algo dentro de ella se movió con una incomodidad tibia.
No era el hotel.
Era ella.
Antes de que pudiera odiar esa conclusión, un botones entró por la puerta de servicio con un arreglo de rosas blancas enorme y una caja larga envuelta en papel gris.
—¿Valentina Estrada?
Karla abrió los ojos.
—¿Ahora también recibes regalos en horario laboral?
Valentina tomó la tarjeta.
"No acostumbro rendirme por órdenes de desconocidos. Café pendiente. Fabián."
Dentro de la caja había una pulsera de plata, sencilla, bonita, demasiado correcta. Patricia soltó un silbido bajito.
—Ay, comadre. El de la cita no se asustó.
Valentina apenas alcanzó a cerrar la caja.
El elevador privado sonó al fondo del pasillo.
Las puertas se abrieron.
Santiago Reyes salió con Marco detrás, impecable, frío, como si no hubiera desaparecido una semana entera. Sus ojos bajaron primero a las rosas, luego a la pulsera en las manos de Valentina.
Y el pasillo se quedó sin aire.