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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Cambió primero en la agenda.

A las nueve con diez, Emilio tenía que revisar con Compras el calendario de entrega de Laboratorios Farías. A las nueve con doce, Andrés apareció con la carpeta en la mano, la corbata perfecta y una expresión de hombre que había visto demasiadas cosas antes del primer café.

—La reunión será en la oficina del señor Luján.

Emilio no movió la mano del teclado.

—Compras está en el piso cuarenta y nueve.

—El señor Luján considera ineficiente bajar cuarenta y nueve pisos.

—Estamos en el cincuenta y ocho.

Andrés parpadeó una sola vez.

—También considera ineficiente discutir matemáticas antes de una reunión.

Desde la oficina de cristal, Sebastián no levantó la vista de su documento. Bolita, en cambio, estaba pegada al vidrio con las dos patitas delanteras extendidas, como si la palabra "reunión" fuera una invitación personal a vigilar a Emilio.

Dos analistas de Compras pasaron por el pasillo, vieron a Bolita, vieron a Emilio, vieron a Sebastián fingiendo leer y bajaron la voz al mismo tiempo.

Emilio cerró la laptop.

—Entendido.

La reunión duró treinta y cuatro minutos. Debía durar quince.

Sebastián no intervino cuando Compras presentó fechas, ni cuando Emilio corrigió una cláusula de penalización, ni cuando Andrés proyectó el cuadro de entregas. Pero cada vez que alguien decía "el asistente Reyes", Sebastián giraba la pluma entre los dedos y miraba al responsable como si acabara de escuchar una falta administrativa grave.

Al tercer "asistente Reyes", el jefe de Compras tragó saliva.

—El señor Reyes, perdón, tiene razón en ese punto.

Emilio sintió el calor subirle por la nuca.

—No hace falta corregir el tratamiento.

—Sí hace falta —dijo Sebastián, sin alzar la voz.

La sala se quedó quieta.

Emilio giró apenas la cabeza.

—Señor Luján.

Era una advertencia suave, de esas que antes habrían bastado para que Sebastián se burlara. Esta vez, él sostuvo su mirada dos segundos de más y luego cerró la carpeta.

—Continúen.

Andrés miró la pantalla con la misma concentración de alguien que prefería meterse a revisar cuarenta contratos vencidos antes que presenciar eso.

A las once, la segunda reunión también se movió.

A las doce, la tercera.

A la una menos cuarto, alguien de Operaciones dejó sobre el escritorio de Emilio una caja larga, blanca, sin moño. No era lujosa. Peor: era útil.

Emilio levantó la tapa y encontró un soporte ergonómico para laptop, un descansamuñecas, gotas lubricantes para ojos, analgésicos aprobados para Betas y una manta gris doblada al tamaño exacto de un cajón.

Encima venía una nota escrita con letra seca:

"Prevención de fatiga. No es regalo."

Emilio la leyó dos veces.

Luego levantó la vista hacia la oficina de cristal.

Sebastián estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono. No miró hacia él. Bolita sí. Bolita golpeó el vidrio con la cola y se escondió detrás de una maceta, como cómplice pésima.

—Qué discreto —murmuró Emilio.

—No lo es —dijo Andrés desde el otro lado del escritorio.

Emilio volteó.

Andrés dejó otra carpeta.

—Solo lo cree.

No había burla en su tono. Eso lo hizo peor.

—¿Esto pasó antes?

—No con equipo ergonómico.

—¿Con qué?

Andrés miró la caja blanca.

—Una vez compró una empresa de logística porque el proveedor llegó tarde con café.

Emilio se quedó con la mano sobre la manta.

—Eso no me tranquiliza.

—No procedía tranquilizarte.

A la una con cinco, llegó el depósito.

El celular vibró sobre la mesa con una notificación del banco. Emilio la abrió pensando en el movimiento automático de su aportación al fondo de Valentín. En lugar de eso, la pantalla mostró una transferencia de Grupo Cénit por un monto que le apretó el estómago.

Concepto: disponibilidad estratégica en evento institucional.

Emilio no necesitó preguntar quién había autorizado eso.

Tomó el celular, la nota de "no es regalo" y caminó directo a la oficina de Sebastián.

La puerta se abrió antes de que tocara. Bolita salió disparada, trepó por su pantalón y se acomodó en su antebrazo con descaro absoluto.

—Necesito hablar contigo —dijo Emilio.

Sebastián cortó la llamada sin despedirse.

—Si es por el soporte, el modelo anterior te obligaba a bajar la cabeza doce grados de más.

—Es por el depósito.

La escarcha en el aire cambió apenas. No se volvió fría. Se quedó atenta.

Sebastián apoyó el celular boca abajo sobre el escritorio.

—Fue un pago por disponibilidad.

—No soy proveedor de horas extra emocionales.

Bolita levantó la cabeza.

Sebastián también.

—No lo redacté así.

—Pero lo pensaste así.

La frase cayó entre los dos con una claridad incómoda.

Sebastián se recargó contra el borde del escritorio. Traía el traje impecable, la camisa sin una arruga y la expresión de un hombre capaz de negociar con un Consejo entero sin mover un párpado. Aun así, ante Emilio, parecía haber perdido el manual.

—Trabajaste en Nochevieja —dijo.

—Fui porque me invitaste.

—También hablaste con miembros del Consejo Regulador Alfa.

—Porque me preguntaron.

—Eso genera valor.

—Entonces Recursos Humanos puede calcularlo con un concepto real, un monto proporcional y un recibo transparente. No esto.

Emilio le mostró la pantalla.

Sebastián miró el número como si el problema fuera que no tenía suficientes ceros para cerrar la discusión.

—Es compensación.

—Es una forma de comprar tranquilidad.

La mandíbula de Sebastián se tensó.

—No estoy intentando comprarte.

—Lo sé.

Esa respuesta lo desarmó más que cualquier reproche.

Emilio bajó el celular. Bolita le lamió el pulgar, y él tuvo que hacer un esfuerzo absurdo para no sonreír en medio de una conversación seria.

—Sé que no estás intentando comprarme —repitió—. Por eso vine a decirlo antes de que lo conviertas en costumbre. Si quieres darme algo, dilo. Si es pago laboral, que sea laboral. Si es cuidado, no lo disfraces de contabilidad.

Sebastián guardó silencio.

En la sala exterior, alguien dejó de teclear.

Emilio miró hacia el cristal.

Tres personas de Legal bajaron la cabeza al mismo tiempo, tarde.

Sebastián siguió su mirada y el piso completo recordó que tenía trabajo urgente.

—No era para que todos escucharan —dijo Emilio en voz baja.

—Entonces no debiste traerme una verdad incómoda en horario laboral.

El tono era seco, pero no hiriente.

Emilio apretó los labios.

—Voy a devolver el depósito.

—No.

—Sebastián.

El nombre cayó sin "señor". La oficina pareció registrar el cambio aunque nadie se atreviera a levantar la vista.

Sebastián respiró por la nariz.

—Haré que Finanzas lo recalcule como bono por participación en evento institucional, con soporte de minuta y aprobación de Recursos Humanos.

—Y por un monto razonable.

—Define razonable.

—No el equivalente a tres meses de renta.

Sebastián abrió la boca.

Emilio alzó una ceja.

Sebastián la cerró.

—Un mes.

—Una semana.

—Dos.

—Una semana y comida.

El silencio cambió de textura.

Bolita dejó de lamerle el pulgar y miró a Sebastián como si acabaran de pronunciar una cláusula sagrada.

—¿Comida? —preguntó Sebastián.

—Sin tarjeta corporativa.

—Iba a invitarte.

—Entonces invítame.

Sebastián sostuvo su mirada. La escarcha olía limpia, menos cortante que en las juntas, como aire de sierra cuando todavía no amanece.

—Hoy —dijo.

—Hoy tengo pendientes.

—Los moví.

Emilio cerró los ojos un segundo.

—Eso no ayuda a tu caso.

—Los moveré de vuelta.

—Eso sí.

Andrés tocó la puerta abierta con dos nudillos.

—Perdón. Finanzas pregunta si cancela el depósito, lo ajusta o renuncia en bloque.

Emilio no pudo evitarlo. Se le escapó una risa breve.

Sebastián miró a Andrés.

—Nadie renuncia.

—Por ahora —dijo Andrés.

—Lara.

—Entendido.

Andrés se fue con la mirada fija al frente.

Emilio dejó a Bolita sobre el escritorio. La criatura se negó, se pegó a su camisa y soltó un ronroneo tan fuerte que el cristal vibró apenas.

—También tienes que dejar de usarlo como mensajero emocional —dijo Emilio.

Sebastián miró a Bolita.

—Él se ofrece.

—Él se delata.

—No es mi mejor empleado.

—Es el más honesto.

La frase los dejó demasiado cerca de algo que ninguno había planeado decir.

El celular de Emilio vibró otra vez.

Esta vez no era el banco. Era una invitación de calendario.

Asunto: Comida. Negociación de límites.

Lugar: oficina del señor Luján.

Notas: Pescado a la veracruzana. Sin tarjeta corporativa. Sin depósitos sorpresa.

Emilio levantó la vista.

Sebastián no sonrió.

Pero Bolita sí enseñó los dientecitos, feliz como si hubiera ganado una guerra.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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