Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 22
Capítulo 22: Es mi vida
—¿Dónde estás? —preguntó Santiago.
Valentina miró por la ventana del coche. La residencia de Pedregal ya quedaba atrás, pero el cuerpo aún seguía dentro de aquel estudio oscuro.
—En el auto. Voy de regreso.
—¿Qué te dijo?
La pregunta era simple. La voz no. Santiago sonaba como si estuviera sujetando algo con las dos manos para que no se rompiera.
—Santiago...
—Valentina, dime qué te dijo.
Ella cerró los ojos. Podía suavizarlo. Podía decir "lo normal", "nada que no esperara", "estoy bien". No quería empezar a mentir por protegerlo justo después de haberle exigido lo contrario.
—Investigó mi vida. Mi trabajo, mis papás, mi sueldo. Dijo que soy una distracción costosa. Que no formo parte de tu futuro.
El silencio al otro lado fue peor que un grito.
—¿Dónde te deja el coche?
—En mi edificio.
—Voy para allá.
—No necesitas...
—Sí necesito.
Colgó.
Santiago llegó antes que ella terminara de quitarse los zapatos.
Valentina abrió la puerta y él entró sin su calma habitual. La miró de arriba abajo, como si buscara heridas visibles. No las había. Eso pareció enfurecerlo más.
—Estoy bien —dijo ella.
—No digas eso.
La voz se le quebró apenas en la última palabra.
Valentina dejó de fingir. Se acercó y él la abrazó con una fuerza desesperada, pero cuidando no aplastarla. Ella sintió por fin que el cuerpo le temblaba. No había llorado frente a Don Fernando, no en el coche, no al abrir la puerta. Lloró contra la camisa de Santiago, en silencio, con rabia.
—Perdón —dijo él contra su cabello—. Perdón, Val. No debí dejarte ir sola.
—No fue tu culpa.
—Sí lo fue. Es mi padre.
—Y yo decidí ir.
Santiago se apartó lo suficiente para mirarla.
—¿Te ofreció algo?
Valentina recordó la tarjeta sobre el escritorio.
—Un trabajo. En otra empresa. Lejos de Grupo Montero.
La expresión de Santiago cambió de dolor a una furia tan fría que le dio miedo.
—Voy a verlo.
—No.
—Sí.
—Santiago, estás enojado.
—Por supuesto que estoy enojado.
—Entonces no manejes así.
Él tomó las llaves, se detuvo, respiró una vez.
—Tienes razón. Pido chofer.
—Ese no era el punto.
—No voy a quedarme aquí fingiendo que esto se arregla con respirar.
Valentina lo sujetó del brazo.
—No dejes que convierta esto en una guerra donde yo soy el pretexto.
Santiago la miró. La furia seguía ahí, pero debajo había algo más: culpa.
—Tú no eres pretexto. Eres el límite.
Se soltó con cuidado y salió.
Valentina no lo siguió.
Pero tampoco pudo quedarse quieta.
Santiago llegó a Pedregal veinte minutos después. No esperó a que lo anunciaran. Cruzó el vestíbulo con el rostro cerrado, ignoró a la empleada que intentó detenerlo y empujó la puerta del estudio.
Don Fernando estaba donde Valentina lo había dejado: detrás del escritorio, revisando documentos como si nada hubiera ocurrido.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Santiago.
Don Fernando levantó la vista.
—Buenas tardes, Santiago.
—¿Qué le dijiste?
—Si vas a entrar a mi estudio como un adolescente, al menos cierra la puerta.
Santiago la cerró de golpe.
—Te dije que no te acercaras a ella.
—Y yo te dije que mientras lleves el apellido Montero, tus decisiones no son solo tuyas.
Santiago avanzó hasta el escritorio.
—Es mi vida, papá.
Don Fernando se puso de pie.
—Mientras lleves el apellido Montero, es mi asunto.
La frase quedó entre ellos como una vieja sentencia.
Santiago soltó una risa breve, sin alegría.
—Ahí está. Eso es todo para ti, ¿verdad? El apellido. La estructura. El fideicomiso. Las alianzas. ¿En qué parte queda la gente?
—La gente se protege con estructura.
—No. Tú te proteges con estructura. A los demás los encierras con ella.
Don Fernando apoyó las manos en el escritorio.
—Esa mujer no entiende el mundo al que quieres meterla.
—Tiene nombre.
—Señorita Herrera.
—Valentina —corrigió Santiago, la voz baja—. Se llama Valentina.
—Una empleada de un proveedor.
—Mi novia.
Don Fernando endureció la mirada.
—Una distracción.
Santiago golpeó el escritorio con la palma. No lo había hecho nunca frente a su padre. El sonido rebotó contra la madera y los cuadros.
—No vuelvas a llamarla así.
Don Fernando no se movió, pero algo en sus ojos cambió.
—Te estás dejando arrastrar por una emoción de temporada.
—No hables de emociones como si no hubieras usado la enfermedad de Mamá para empujarme a obedecerte.
El rostro de Don Fernando se cerró.
—No metas a tu madre.
—Tú la metiste primero.
—Tu madre quiere verte estable.
—Mi madre quiere verme feliz. Tú quieres verme útil.
Don Fernando rodeó el escritorio con lentitud.
—La hija de los Solís es una mujer de tu mundo. Educada, preparada, entiende lo que implica una familia como la nuestra.
Por primera vez, la alianza quedó dicha sin disfraz.
Santiago sintió una vieja fatiga mezclarse con la rabia.
—No la amo.
—El amor no sostiene un grupo empresarial.
—Tampoco un matrimonio.
—No seas ingenuo.
—No soy ingenuo. Estoy cansado. Cansado de que confundas herencia con obediencia. Cansado de que cada vez que algo no cabe en tu plan, lo llames amenaza.
Don Fernando se acercó un paso.
—¿Estás dispuesto a perder tu posición por ella?
Santiago sostuvo su mirada.
—Estoy dispuesto a no perderme a mí por ti.
El silencio que siguió fue distinto. Más peligroso.
—Mide tus palabras —dijo Don Fernando.
—Las estoy midiendo por primera vez.
Don Fernando respiró despacio.
—Esa muchacha no va a soportar este mundo.
—No le digas muchacha como si no mereciera nombre.
—No va a soportarlo.
—Entonces mi trabajo es estar con ella, no empujarla lejos para que tú estés cómodo.
Don Fernando miró hacia la ventana, como si necesitara recuperar el control del cuarto.
—Estás cometiendo un error.
—Puede ser. Pero será mío.
Santiago giró hacia la puerta.
—Y si vuelves a citar a Valentina sin decírmelo, si vuelves a tocar su trabajo o a mencionar a sus padres para asustarla, no vas a tener que preocuparte por los Solís, ni por alianzas, ni por apariencias.
Don Fernando habló detrás de él:
—¿Eso es una amenaza?
Santiago se detuvo.
—Es una consecuencia. Tú me enseñaste la diferencia.
Salió sin esperar respuesta.
En el vestíbulo, la empleada que había intentado detenerlo bajó la mirada. Santiago se obligó a no descargar la furia en quien no tenía culpa. Afuera, el aire de Pedregal estaba demasiado limpio, demasiado quieto. Se apoyó un segundo contra el coche antes de subir.
No había ganado. No se ganaba contra Don Fernando en una conversación. Pero por primera vez no había cedido terreno para mantener intacta la paz falsa de aquella casa.
Sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Emilio preguntando por una junta y tres llamadas perdidas de la oficina. Las ignoró todas. Solo abrió el chat de Valentina.
En el estudio, Don Fernando permaneció inmóvil. La puerta cerrada frente a él parecía una insolencia nueva.
En Narvarte, Valentina seguía con el celular en la mano cuando entró el mensaje de Santiago.
"Ya hablé con él."
Luego otro:
"Voy contigo."
Valentina leyó esas dos palabras y apoyó la frente en la pantalla.
Por primera vez desde el estudio de Pedregal, pudo respirar sin sentir que le estaban midiendo el valor.