Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 2
Capítulo 2: Pasos en la sombra
El otoño en la CDMX siempre llegaba sin avisar, pero durante los días siguientes Santiago empezó a sentir que no era lo único que aparecía de golpe.
Primero fue la camioneta negra.
La vio estacionada frente a la entrada de Filosofía un lunes por la mañana, tan limpia y oscura que parecía fuera de lugar entre los puestos de tamales, las bicicletas amarradas a los barandales y los estudiantes corriendo con vasos de café. Santiago la miró apenas un segundo. No era raro que algún funcionario o invitado se perdiera en Ciudad Universitaria.
El martes volvió a verla cerca de la biblioteca.
El miércoles, junto al estacionamiento donde él nunca pasaba si no era para cortar camino.
Para el jueves, Santiago ya no pudo convencerse de que era casualidad.
—Te ves de la fregada —dijo Diego Herrera Soto, dejando una charola frente a él en la cafetería—. Y antes de que digas "estoy bien", te aviso que tienes cara de fantasma con beca.
Santiago levantó la vista de su cuaderno.
—Gracias por la descripción tan poética.
—Para eso estudio comunicación, no para conseguir trabajo.
Diego se dejó caer en la silla de enfrente y empujó hacia él un plato con chilaquiles.
—Come.
—No tengo hambre.
—No te pregunté. Te ordené. Y mira que yo no soy autoritario porque me da flojera, pero contigo toca.
Santiago soltó una risa breve, tomó el tenedor y picó un totopo cubierto de salsa verde. Diego lo observó con los ojos entrecerrados. Tenía esa expresión de amigo que hacía chistes para no mostrar que estaba preocupado.
—Ahora sí —dijo—. ¿Qué traes?
—Nada.
—Santi.
El tono cambió. Una sola palabra, menos broma, más preocupación.
Santiago bajó la mirada al plato. Quería decirle que era cansancio. Que se había desvelado corrigiendo textos. Que el semestre estaba pesado. Cualquier cosa normal, algo que no sonara como el inicio de una película mala.
—Creo que alguien me está siguiendo —murmuró.
Diego dejó de mover su lata de refresco.
—¿Cómo que crees?
—No sé. Hay una camioneta. Negra. Vidrios polarizados. La he visto varios días.
—¿Placas?
—No las alcancé a ver.
—¿La misma camioneta?
—Creo que sí.
—¿Y por qué no me dijiste antes, güey?
Santiago se encogió de hombros.
—Porque suena ridículo.
—Ridículo es que tú creas que café cuenta como desayuno. Esto no.
Diego sacó el celular de inmediato.
—¿Quieres que llamemos a seguridad de la UNAM?
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque ni siquiera estoy seguro.
—Pues nos aseguramos.
La respuesta salió tan rápida que Santiago sintió una punzada de culpa. Diego siempre hacía eso: convertir los problemas de los demás en asuntos personales. No preguntaba si podía ayudar; simplemente se metía hasta el cuello y luego se quejaba de que el agua estaba fría.
—Si la vuelvo a ver, te aviso —prometió Santiago.
—No. Si la vuelves a ver, me llamas. No me mandas mensajito de "creo que". Me llamas.
—Está bien.
—Y hoy no te vas solo a tu cuarto.
Santiago frunció el ceño.
—Diego...
—Ni empieces. Vives en una residencia toda vieja cerca de Copilco, sales tarde de la biblioteca y pareces personaje secundario antes de que lo desaparezcan. Hoy te acompaño.
—Tienes taller en la tarde.
—Me da igual.
Santiago quiso discutir, pero el alivio le aflojó los hombros antes de que pudiera fingir molestia.
—Eres intenso.
—Soy precioso y responsable. Come.
Santiago comió.
A unos metros de la cafetería, detrás de un árbol ancho y una fila de estudiantes que esperaban tacos de canasta, un hombre con gorra habló en voz baja por teléfono.
—Está con un amigo. Diego Herrera Soto, según la información.
Del otro lado de la línea, León no respondió al instante.
Estaba en su oficina de Paseo de la Reforma, de pie frente al ventanal. Abajo, la ciudad se movía con su ruido habitual: cláxones, edificios de vidrio, gente que corría de un punto a otro creyendo que controlaba su vida. Sobre su escritorio había documentos abiertos, una taza de café intacta y una carpeta con el nombre de Santiago escrito en la etiqueta.
Santiago Reyes Mendoza.
Veinte años.
Estudiante de Literatura en la UNAM.
Beca parcial.
Sin familiares registrados en la ciudad.
Trabajos ocasionales de corrección.
Residencia privada cerca de Copilco, cuarto pequeño, renta mensual pagada con retrasos frecuentes.
León había leído la carpeta tres veces.
Nada de eso explicaba por qué el muchacho ocupaba tanto espacio en su cabeza.
—¿Qué tan cercano es ese amigo? —preguntó al fin.
—Comparten varias clases, comen juntos, se escriben todo el día. Parece de confianza.
León apoyó una mano sobre el vidrio.
—No se acerque demasiado.
—Sí, señor.
—Y no lo asuste.
La orden salió más baja. Casi cuidadosa. Eso lo irritó.
¿Desde cuándo le importaba asustar a alguien?
Cortó la llamada antes de escuchar otra respuesta.
En la cafetería, Santiago no sabía nada de carpetas, ni de hombres con gorra, ni de llamadas desde Reforma. Lo único que sabía era que Diego había logrado hacerlo terminar medio plato y que, por primera vez en días, la presión en la nuca parecía menos fuerte.
Por la tarde se refugió en la Biblioteca Central. Se sentó junto a una ventana, abrió su computadora y trabajó en una corrección que debía entregar esa misma noche. Afuera, el mural de la biblioteca recibía la luz dorada del atardecer. Dentro, el aire olía a papel, polvo y café escondido en termos.
Santiago intentó concentrarse.
No pudo.
Cada vez que alguien pasaba detrás de su silla, los dedos se le quedaban quietos sobre el teclado. Cada vez que una sombra cruzaba el reflejo de la ventana, levantaba la vista. Se sintió tonto. Paranoico. Cansado de sí mismo.
A las siete, Diego le mandó un mensaje.
Diego:
Salgo del taller. Espérame ahí.
Santiago:
No hace falta.
Diego:
No era pregunta.
Santiago sonrió apenas.
Guardó sus cosas, devolvió dos libros y salió al pasillo principal. El cielo ya estaba oscuro, aunque todavía quedaban estudiantes caminando en grupos, riéndose demasiado fuerte para espantar el cansancio. Santiago se quedó junto a la entrada, con la mochila pegada al pecho y el celular en la mano.
Entonces la vio.
La camioneta negra estaba al otro lado de la calle interna, detenida bajo un árbol. Las luces apagadas. Los vidrios cerrados.
El estómago se le apretó.
No estaba imaginando cosas.
Dio un paso atrás y chocó con alguien.
—Perdón —dijo, girándose.
Era un estudiante cargando una pila de libros, no una amenaza. Aun así, Santiago sintió que el corazón se le subía a la garganta.
Miró de nuevo hacia la calle.
La camioneta arrancó despacio.
No se fue. Solo avanzó unos metros, como si esperara que él caminara primero.
El celular vibró en su mano.
Diego:
Ya casi llego. No te muevas.
Santiago quiso obedecer. De verdad quiso. Pero una parte de él, más orgullosa que prudente, se negó a quedarse ahí como si fuera una presa esperando que alguien decidiera por dónde podía caminar.
Guardó el celular y tomó el camino hacia Copilco.
Iba a paso rápido, con los dedos cerrados alrededor de las llaves de su cuarto. Detrás de él, la vida del campus seguía: risas, motores, voces, música lejana de alguien tocando guitarra.
Luego escuchó otros pasos.
No eran rápidos.
No eran torpes.
Solo estaban ahí, a la misma distancia, doblando cada vez que él doblaba.
Santiago cruzó la calle sin mirar atrás. El frío le raspó la garganta. Apretó más las llaves entre los dedos y, por primera vez desde que llegó a la CDMX, el camino a su cuarto le pareció demasiado largo.