Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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La última cena.
La víspera de la partida de Álix —porque a pesar de sus promesas, el visado de turista tenía fecha de caducidad y la burocracia no entendía de amores—, Marina decidió organizar una cena especial. No en el restaurante del hotel, abarrotado de turistas y animadores, sino en la azotea del centro de conservación, un espacio al que solo ella tenía acceso y que ofrecía las mejores vistas de toda la península.
—Es mi rincón secreto —explicó mientras subían por una escalera de caracol—. Ni siquiera Javier y Ernesto saben que subo aquí. Es donde vengo cuando necesito pensar.
La azotea era una terraza modesta, con el suelo de baldosas desgastadas por la sal y una pérgola de madera cubierta de buganvilias. Desde allí se veía toda la playa de Varadero, una curva interminable de arena blanca y agua turquesa que se perdía en la oscuridad del horizonte. Marina había montado una mesa baja con un mantel blanco, velas en frascos de vidrio, y un equipo de música portátil del que salían, en volumen bajo, los acordes de un bolero.
—¿Has hecho todo esto tú sola? —preguntó Álix, admirado.
—Con ayuda de la cocinera del hotel. Le debo varios favores. Pero la decoración es mía. ¿Te gusta?
—Me encanta. Me encantas tú.
Se sentaron en cojines sobre el suelo, uno frente al otro, y destaparon los platos que Marina había preparado: langosta a la parrilla con mantequilla de ajo, yuca con mojo, ensalada de aguacate y mango, y una botella de vino blanco que Álix había comprado en la tienda del hotel.
—Es la primera vez que ceno con una mujer en una azotea —comentó él, sirviendo el vino en las copas.
—¿La primera vez en Varadero o la primera vez en tu vida?
—En mi vida. Mis anteriores citas eran en restaurantes con estrellas Michelin. Muy elegantes, pero muy fríos. Esto... esto tiene alma.
—Es el Caribe. Aquí todo tiene alma. Hasta las piedras.
Brindaron por la noche, por el mar, por el amor que habían encontrado y que ahora se enfrentaba a su prueba más difícil. Comieron en silencio, saboreando cada bocado, prolongando cada gesto, como si ambos quisieran detener el tiempo.
—Mañana a las diez sale tu avión —dijo Marina, cuando ya no pudo evitar mencionarlo.
—Lo sé.
—¿Has pensado en lo que vas a hacer?
—He pensado en muchas cosas. He pensado en quedarme ilegalmente, pero no quiero meterte en problemas. He pensado en pedir una prórroga en migración, pero me han dicho que no es fácil. He pensado en volver a París, arreglar mis asuntos y regresar en un par de meses con un visado de trabajo o algo que me permita estar aquí legalmente.
—¿Y crees que funcionará?
—No lo sé. Pero voy a intentarlo. Porque no quiero que esto sea una despedida. Quiero que sea un hasta luego.
Marina dejó el tenedor sobre el plato. Sus ojos turquesa reflejaban la luz de las velas, creando un efecto hipnótico que a Álix le oprimía el pecho.
—Mi abuelo siempre decía que el amor verdadero se mide en las despedidas. Si después de separarte, sigues sintiendo lo mismo, es que es real. Si al volver a encontrarte, el tiempo no ha apagado la llama, es que es para siempre.
—Entonces esto es para siempre —afirmó Álix—. Porque yo voy a seguir sintiendo lo mismo cada día que pase lejos de ti.
—Yo también.
Se inclinaron sobre la mesa y se besaron, un beso que sabía a vino blanco, a mantequilla de ajo y a lágrimas contenidas. La música seguía sonando, un bolero antiguo que hablaba de amores imposibles y de noches sin luna, y Marina apoyó la cabeza en el hombro de Álix, dejándose mecer por la melodía.
—¿Bailamos? —preguntó él.
—Aquí no hay espacio.
—El amor no necesita espacio.
Se pusieron de pie y bailaron abrazados en la pequeña azotea, moviéndose apenas, más mecidos que bailados. El mar susurraba abajo, las velas parpadeaban, y el mundo entero parecía haberse reducido a aquel abrazo, a aquel instante suspendido en el tiempo.
—No quiero que amanezca —murmuró Marina contra su pecho.
—Ni yo.
—¿Te quedarás conmigo esta noche?
—Toda la noche. Y todas las noches que quieras.
Bajaron al bungalow cogidos de la mano, atravesando los jardines del hotel en silencio, esquivando a los últimos turistas que volvían de la discoteca. Aquella noche hicieron el amor con una ternura casi dolorosa, sabiendo que cada caricia era una despedida en potencia, que cada beso podía ser el último. Marina se grabó en la memoria la textura de la piel de Álix, el olor de su cuello, el sonido de su respiración cuando se quedaba dormido. Álix hizo lo mismo con ella, con sus ojos turquesa, con su risa, con la forma en que decía su nombre como si fuera una oración.
Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol se filtraron por las cortinas, ninguno de los dos se había movido. Seguían abrazados, con las piernas entrelazadas y las frentes juntas, como si la fuerza de su amor pudiera detener el avance inexorable del reloj.
—Te quiero —dijo Álix, sin abrir los ojos.
—Te quiero —respondió Marina, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla hasta estrellarse contra la almohada.