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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7

Ivanna

La escritura de la Casona Solís no hizo que Valentina perdonara a Héctor.

Pero sí le hizo imposible seguir fingiendo que él solo sabía destruir.

Pasó la mañana sentada frente a los documentos, leyendo una y otra vez su nombre impreso junto a la palabra propietaria. Consuelo entró con café, vio las hojas sobre la cama y no dijo nada. Solo dejó una concha tibia en la charola y le tocó el hombro con una suavidad que Valentina no supo rechazar.

—¿Quiere que le traiga algo más, señorita?

Valentina cerró la carpeta.

—Mi teléfono.

Consuelo hizo una pausa mínima.

—Rodrigo trajo uno nuevo. Dice que el anterior quedó inservible.

—Qué conveniente.

—También dijo que este tiene línea segura.

—Más conveniente todavía.

El aparato llegó diez minutos después en manos de Rodrigo. Negro, nuevo, sin una sola marca. Valentina lo encendió con desconfianza y encontró sus contactos recuperados, sus fotos, sus notas, incluso el grupo silenciado de antiguas compañeras de diseño.

—No revisamos sus conversaciones personales —dijo Rodrigo.

—¿Quiere que le crea?

—No especialmente. Solo informo.

Valentina lo miró.

—¿Puedo llamar a quien quiera?

—Puede intentarlo.

—Qué generoso.

Rodrigo no sonrió, pero casi.

Cuando se fue, Valentina abrió WhatsApp con los dedos tensos. Había mensajes atrasados, promociones, una clienta preguntando por un arreglo, tres llamadas perdidas de un número desconocido y una notificación de Instagram: Ivanna había subido una historia.

El nombre le apretó el pecho.

Ivanna.

Antes de CDMX, antes de los alquileres imposibles y de los trabajos mal pagados, Ivanna había sido la única persona que sabía cuándo Valentina mentía con una sonrisa. Se habían conocido en Oaxaca, en un curso barato de patronaje donde ambas fingían entender a la maestra y luego se iban por tlayudas con el dinero justo. Ivanna era ruidosa, bonita, dramática. Valentina era más callada. Juntas funcionaban.

Después de la muerte de sus padres, la amistad se había adelgazado.

No por una pelea grande. Por hambre, distancia, trabajos, vergüenza. Por esas cosas que no rompen de golpe, pero abren huecos.

Valentina tocó la historia.

La pantalla mostró a Ivanna en un restaurante de Polanco, con un vestido verde esmeralda que costaba más que tres meses de renta del taller. El cabello perfecto, labios brillantes, una copa de champán en la mano. A su lado, apenas dentro del encuadre, había una mano masculina cerrada sobre su muñeca.

No sobre su mano.

Sobre su muñeca.

Valentina pausó la imagen.

Los ojos de Ivanna no combinaban con la sonrisa.

Buscó el nombre del lugar, tomó una captura y salió del cuarto con el teléfono en la mano. Héctor estaba en la sala, hablando con Rodrigo junto al ventanal. Se calló en cuanto la vio.

La noche anterior quedó entre los dos como una mesa puesta que nadie se atrevía a recoger.

Valentina no bajó la mirada.

—Necesito salir.

Héctor miró el teléfono.

—No.

—Ni siquiera preguntó a dónde.

—No hace falta.

—Mi amiga está en CDMX.

—No.

La rapidez de la negativa le encendió la rabia.

—Se llama Ivanna. La conozco desde antes de que usted decidiera que mi vida era una carpeta. No le estoy pidiendo ir de fiesta. Necesito verla.

Héctor tomó el teléfono que ella le extendía, vio la imagen y su expresión se cerró.

—¿Quién es el hombre?

—No sé. Por eso quiero ir.

Rodrigo miró la pantalla desde un ángulo discreto.

—Diego Coronado —dijo.

Héctor le devolvió el teléfono a Valentina.

—Definitivamente no.

—¿Quién es?

—Problema.

—Todo para usted es problema.

—Algunas personas lo son más que otras.

Valentina dio un paso hacia él.

—Usted dejó una escritura sobre mi almohada y espera que eso signifique algo. Pues signifique esto: no soy una mujer que se queda mirando una pantalla mientras alguien que quiso está en peligro.

Héctor la observó con esa quietud que la desesperaba.

—No sabes si está en peligro.

—Sé cómo se ve una mujer sonriendo con miedo.

Esa frase sí lo tocó.

No lo ablandó. Lo tocó.

—Vas con Rodrigo —dijo al fin—. Entras, hablas con ella y sales. Si Diego Coronado se acerca, te vas.

—No soy un paquete.

—Hoy sí.

Valentina abrió la boca para insultarlo, pero Rodrigo intervino con su calma seca.

—Podemos discutir la metáfora en la camioneta, señorita. El restaurante está a veinte minutos si el tráfico coopera, cosa que nunca hace.

Valentina apretó el teléfono.

—Voy por mi bolsa.

—Valentina —llamó Héctor.

Ella se detuvo.

—Si algo se siente mal, me llamas.

—No necesito que me rescate.

Los ojos de él bajaron a su boca, luego volvieron a sus ojos.

—Eso ya lo sé.

El restaurante en Polanco tenía paredes de piedra clara, árboles dentro de macetas gigantes y meseros que sonreían como si no hubieran escuchado nunca una mala noticia. Rodrigo se quedó dos mesas atrás, con una taza de café y la postura de alguien que podía romperle el brazo a un hombre antes de que tocara el azúcar.

Ivanna estaba en la terraza.

Valentina la reconoció al instante y, al mismo tiempo, no.

El vestido verde era real. También los aretes largos, el bolso de diseñador, las uñas perfectas. Pero debajo de todo eso, Ivanna parecía más delgada. No de cuerpo. De presencia. Como si alguien hubiera bajado el volumen de la persona que había sido.

—¿Vale? —dijo Ivanna.

La voz le salió demasiado aguda.

Valentina sintió que el apodo le dolía.

—Ivanna.

Se abrazaron con cuidado, sin saber dónde poner los brazos entre tanto pasado roto. Ivanna olía a perfume caro y cigarro ajeno.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, mirando de reojo hacia adentro del restaurante—. Pensé que seguías en tu tallercito.

La palabra diminuta salió con una sonrisa, pero Valentina oyó el filo defensivo.

—Te vi en Instagram.

—Ay, sí. He estado ocupadísima. Ya sabes, eventos, cenas, gente importante.

—¿Estás bien?

Ivanna rió demasiado rápido.

—Obvio. ¿No me ves?

Valentina la miró.

Sí la veía.

Vio el moretón amarillo apenas cubierto por maquillaje cerca de la muñeca. Vio cómo Ivanna acomodaba el brazalete encima cada vez que la manga se movía. Vio la copa de champán intacta frente a ella, las ojeras bajo el corrector, la forma en que revisaba el celular cada pocos segundos.

—Vente conmigo —dijo Valentina.

La sonrisa de Ivanna se congeló.

—No empieces.

—No tienes que explicarme nada. Solo vente.

—¿A dónde? ¿A tu taller de renta vencida? —Ivanna bajó la voz, y el golpe fue más triste que cruel—. Vale, yo ya no vivo así.

—Esto no es vivir.

Ivanna la miró con una mezcla de vergüenza y rabia.

—Tú no sabes nada.

—Entonces cuéntame.

—No puedo.

La respuesta salió antes de que pudiera maquillarla.

Valentina tomó su mano.

Ivanna se estremeció.

En ese momento, una sombra cayó sobre la mesa.

—Qué escena tan conmovedora.

Diego Coronado tenía una sonrisa diseñada para encantar a quien no supiera mirar los ojos. Era guapo de una forma pulida, con reloj caro, camisa abierta en el cuello y una seguridad pegajosa que invadía antes de tocar. Sus dedos se cerraron sobre el hombro de Ivanna.

Ella se enderezó al instante.

—Diego, ella es Valentina. Mi amiga de Oaxaca.

—¿La diseñadora? —Él dejó que la palabra bajara despacio, como si la saboreara—. He oído hablar de ti.

Valentina no apartó la mano de Ivanna.

—Yo no de usted.

Diego soltó una risa suave.

—Eso se arregla.

Su mirada descendió por el rostro de Valentina, el cuello, las manos, la bolsa sencilla. No fue una mirada de curiosidad. Fue de hambre educada.

Rodrigo ya estaba de pie.

Valentina lo vio por el reflejo del ventanal. Diego también.

—¿Trajiste escolta? —preguntó, divertido—. Qué interesante.

—Traje prisa —dijo Valentina.

Se levantó, jalando a Ivanna con ella.

Ivanna no se movió.

Diego apretó un poco más su hombro.

—Ivanna se queda.

—Ivanna puede decidir.

Los ojos de Ivanna se llenaron de lágrimas que no cayeron.

—Vale...

Diego inclinó la cabeza hacia Valentina.

—Mejor no te metas en cosas que no entiendes, preciosa. A veces, querer salvar a alguien solo la hunde más.

Valentina sintió que la piel se le enfriaba.

No discutió.

Sacó el teléfono, llamó a Héctor y esperó los dos tonos más largos de su vida.

—¿Qué pasó? —contestó él.

Valentina miró a Ivanna. Luego a la mano de Diego sobre su hombro.

—Sácame de aquí —dijo—. Y trae a Ivanna también.

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