Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Capítulo 20
¡Necesito un estratega!
Cuando el sol terminó de salir sobre el Valle de México, entendí que el vértigo no venía de la altura.
Venía de querer besar a mi esposo.
La conclusión me golpeó tres horas después, en el estudio, con un pincel en la mano y una mancha roja extendiéndose donde debía ir una sombra suave.
Rojo.
Por supuesto.
Hasta mi acuarela estaba burlándose de mí.
Dejé el pincel, abrí Reddit y busqué mi publicación anónima. Tenía más respuestas de las que esperaba.
"Actualización, por favor. ¿Ya lo besaste?"
"Amiga, el esposo del Metro merece mínimo una confesión decente."
"No lo asustes, pero tampoco actúes como monja de telenovela."
Me tapé la cara con las manos.
Yo ya había besado a Sebastián.
Técnicamente.
Borracha, en el hotel, antes de morderlo, lo cual invalidaba cualquier intento de verme sofisticada.
Escribí una actualización:
"Situación: me di cuenta de que quiero acercarme a mi esposo. Él es paciente, respetuoso y demasiado bueno leyendo límites. Problema: si espero a que él dé el primer paso, tal vez envejezcamos juntos mirando tazas de atole."
Las respuestas llegaron en minutos.
"Necesitas un plan."
"Vino, cena, vestido bonito."
"Lencería. No negociable."
"Primero asegúrate de que tú quieres y de que puedes decir que no si cambias de opinión."
Ese último comentario me hizo respirar mejor.
Otra usuaria escribió:
"Si él ha sido cuidadoso contigo, no lo castigues por ser respetuoso. Dale una señal clara. Los hombres decentes no leen mentes, y eso es bueno."
Me quedé mirando esa respuesta más tiempo del necesario.
Sebastián había sido exactamente eso: decente. Tan decente que a veces yo confundía su paciencia con distancia, cuando en realidad estaba dejándome elegir el ritmo. Si quería acercarme, no podía esperar que él adivinara sin una sola señal mía.
Sí quería.
Y con Sebastián, por primera vez, sabía que podía decir que no.
Eso hacía que querer decir sí se sintiera menos peligroso.
Abrí un chat conmigo misma y escribí:
Plan de seducción responsable:
1. Cena.
2. Vino.
3. Algo bonito debajo de la ropa.
4. No beber demasiado.
5. No morder a nadie.
El punto cinco me pareció prudente.
Llamé a Lucía.
—¡Necesito un estratega!
—¿Legal, mediático o de asesinato?
—Romántico.
Silencio.
—Por fin.
—No digas "por fin" como si llevaras esperando con cronómetro.
—Llevo esperando con cronómetro.
—Lucía.
—Está bien. ¿Nivel de objetivo?
Me acosté boca abajo sobre la alfombra del estudio.
—No sé.
—Vale.
—Quiero... acercarme.
—Eso puede significar tomarle la mano o arrancarle la camisa.
Me ahogué con mi propia saliva.
—¡Lucía!
—Necesito parámetros.
—Algo intermedio.
—Perfecto. Boutique en Polanco. Te mando dirección. Compra algo que te haga sentir poderosa, no disfrazada. Vino: tinto suave, no tres botellas de despecho. Cena: pide, no cocines, porque queremos romance, no bomberos.
—No fue tan grave.
—Sebastián publicó "sobrevivimos". Fue grave.
La boutique era demasiado elegante para mi estado emocional.
Una asesora de cabello perfecto me preguntó qué buscaba. Yo respondí:
—Algo... bonito.
Ella, profesional de guerra, no parpadeó.
—¿Para usted o para alguien más?
—Para mí.
Decirlo me acomodó algo en la espalda.
Me mostró encaje negro. Satén color vino. Un conjunto verde oscuro que hacía juego de forma absurda con el anillo de esmeralda de Doña Catalina. Me quedé mirando ese último demasiado tiempo.
—Ese —dije.
En el probador, me vi al espejo y casi salí corriendo.
No porque me quedara mal.
Porque me quedaba bien.
El encaje verde oscuro no gritaba. No parecía disfraz de alguien más. Me sujetaba el cuerpo con una delicadeza que me hizo enderezar los hombros. La cicatriz pequeña de mi muslo, esa que casi nadie veía, seguía ahí. Mis caderas, mi cintura, mis nervios también.
No había nada que corregir.
Eso fue lo que me asustó.
La mujer del espejo no parecía la asistente que esperaba fuera de juntas, ni la niña adoptada que medía cuánto espacio ocupaba en una mesa. Parecía una esposa que podía querer y ser querida sin pedir disculpas por tener cuerpo.
Compré el conjunto.
También compré una bata de seda porque la asesora dijo "para completar" y yo estaba demasiado vulnerable para discutir con una experta.
Después compré vino.
Uno.
Solo uno.
Le mandé foto a Lucía.
Lucía:
"Aprobado. Recuerda: seducir no es emborracharse y atacar. Es invitar."
Yo:
"Gracias por mencionar mi antecedente criminal."
Lucía:
"Historial clínico, no criminal."
Llegué a Villa Montero antes que Sebastián. Don Tomás me vio entrar con bolsas y tuvo la decencia de no preguntar.
—¿Necesita algo, señora Valentina?
—Privacidad.
Don Tomás inclinó la cabeza como si acabara de recibir una instrucción diplomática.
—Entendido.
Preparé el comedor pequeño junto al jardín. Velas, dos copas, la cena que pedí de un restaurante de autor mexicano porque Lucía tenía razón, nada de bomberos. Puse música baja. Me bañé. Me maquillé poco. Me puse un vestido negro encima del conjunto verde y me miré al espejo.
Probé tres formas de entrar al comedor.
La primera parecía entrevista de trabajo.
La segunda parecía villana de telenovela.
La tercera consistió en caminar normal y no tropezar con la alfombra. La elegí por supervivencia.
También practiqué frases.
"Sebastián, me gustas."
Demasiado adolescente.
"Quiero avanzar en nuestra relación."
Demasiado contrato.
"Puedes besarme si quieres."
Esa me hizo quedarme quieta.
Porque era clara.
Porque no pedía disculpas.
Porque me daba miedo de verdad.
—Puedes decir que no —me dije.
Luego sonreí.
—Pero quieres decir que sí.
El mensaje de Sebastián llegó a las ocho.
"Voy saliendo. ¿Cenaste?"
Respondí:
"Te espero."
Tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
"¿Todo bien?"
Miré las velas, el vino, mi reflejo en la ventana.
"Todo bien."
Abrí la botella para que respirara, como decía la etiqueta. Me serví media copa para calmar los nervios.
Media copa se volvió una copa cuando el reloj marcó ocho treinta.
No por tristeza.
Por valor mal administrado.
Me repetí que no iba a cometer el mismo error del hotel.
Así que puse un vaso de agua junto a la copa.
Luego otro en el lugar de Sebastián, como si la hidratación pudiera convertir mi plan en una operación seria. Miré la botella, la alejé diez centímetros, la volví a acercar porque se veía mejor junto a las velas y terminé riéndome sola.
La risa me ayudó.
Hasta que imaginé a Sebastián entrando, mirando la mesa, entendiendo la intención.
Entonces bebí otro sorbo.
Pequeño.
Eso me dije.
A las ocho cuarenta, escuché la puerta principal.
Me puse de pie tan rápido que casi tiré la copa.
Sebastián apareció en el umbral del comedor, sin corbata, con el saco en la mano y el cabello ligeramente revuelto por el día.
Sus ojos recorrieron las velas, la mesa, la botella de vino.
Luego a mí.
La mirada se detuvo un segundo de más en el vestido negro.
No fue una mirada vulgar.
Eso habría sido más fácil de manejar.
Fue una mirada contenida, lenta, como si hubiera entendido demasiado y estuviera decidiendo, con un cuidado insoportable, qué parte de ese entendimiento podía mostrarme sin asustarme en ese instante exacto, delicado, nuestro.
—Valentina —dijo, más bajo de lo normal—. ¿Qué estás haciendo?
El plan completo, hermoso y responsable, se me cayó de las manos.
Sonreí con demasiada valentía y demasiado vino.
—Estoy intentando seducirte.